Poder decir adiós es crecer

Las crisis existenciales de los de treinta y pico, en un libro que pinta a una generación.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Bon Iver, Calgaryjpg

El frío que corta como un cuchillo, los días demasiado breves, la nieve, la nieve y la nieve: el pueblito se llama Little Wing, queda en lo más remoto de Wisconsin y allí nacieron cuatro amigos que crecieron juntos pero cuyas vidas tomaron rumbos distintos. Uno se convirtió en rockstar de fama internacional, otro se hizo vaquero de rodeo pero tuvo un accidente que lo dejó alelado, uno más fue agente de bolsa en Chicago y el último se quedó, para casarse con su novia de toda la vida, la chica más admirada de la secundaria. Entre la ambición y el conformismo, los cuatro personajes de la novela Canciones de amor a quemarropa pintan una generación, la de aquellos que fuimos adolescentes en los 90, la década del hedonismo de los Guns N’ Roses y el pesimismo de Nirvana. Recién publicado en la Argentina, y siguiendo la estela de un rutilante éxito mundial que pronto lo convertirá en una película, el libro de Nickolas Butler consagra en letras de imprenta un fenómeno de época: el mumblecore literario, que según la fría definición clínica es un subgénero de diálogos naturalistas que explora las crisis existenciales de personas que están en sus treinta y pico. 

“Qué bien estar en casa”, dice el rockstar Lee, inspirado en la vida real de Justin Vernon, el líder de la banda Bon Iver, hijo más célebre de Little Wings y excompañero de secundaria de Butler: “Los eché muchísimo de menos”. Él es un músico que sale de gira por el mundo pero siempre vuelve al pueblo. Los interiores, en contraste con el paisaje rural áspero, son los ámbitos donde se desarrolla el bromance, o romance fraternal, de estos cuatro amigos que más que amigos ya son hermanos. Entre huevos revueltos y litros de cerveza barata, ellos se reencuentran para un casamiento pero las viejas rivalidades y los secretos antiguos amenazan con pudrir el estofado o arruinar el american pie: como la canción homónima de Don McLean, el libro es una oda a las costumbres simples de la Norteamérica profunda, una extensión infinita de tractores, montañas, autopistas y diners donde te rellenan gratis el tazón de café americano.

La parábola yanqui del ascenso social derivado únicamente del esfuerzo y la convicción se materializa en la vida del propio autor: nacido en 1979 en un pueblito modesto, Butler trabajó en el área de mantenimiento de Burger King, de vendedor de hot dogs, en una empresa de telemarketing, en un frigorífico, en una licorería y ahora escribe a jornada completa. Cada capítulo de Canciones de amor a quemarropa está narrado en primera persona por los distintos amigos: si el objetivo era que el lector pudiera abrazar el punto de vista de cada uno, el riesgo es que todos terminen hablando con una voz demasiado parecida. Y ahí donde la novela se proponga responder una pregunta difícil (“¿podemos llegar a sentirnos alguna vez de verdad en casa?”), la lectura evocará ese ánimo dulce y melancólico del indie norteamericano típico, como las películas de los hermanos Duplass o las canciones de Bon Iver: tristeza para chicos ricos.

La banda de sonido de esta generación toca la cuerda de guitarras abúlicas y voces rasposas: junto con la publicación del libro se lanzó una lista de Spotify para acompañar la lectura, plagada de canciones de amor y letras agridulces de Nick Drake, The Band, Miles Davis, The Black Keys y Johnny Cash, entre muchos otros. Una historia pequeña, ambientada en un espacio y un tiempo muy concretos, puede hacerte reflexionar sobre lo más universal de la condición humana, aunque Buenos Aires esté a una galaxia de Wisconsin y aquí o allá existan treintañeros con las mismas angustias existenciales: esta rara novela es perfecta si ponés canciones tristes para sentirte mejor.

Publicado en La Nación

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2 pensamientos en “Poder decir adiós es crecer

  1. Hola Nicola Sartusi, ¿Se podría crear un paralelismo entre esta historia y la de “papeles en el viento” de sacheri o nada que ver?

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