Unen canto con lágrimas

Lo que necesita un musical para convertirse en un clásico es una dosis de magia.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Matilda

La tiza blanca vuela sobre el pizarrón verde y, aun sin mano que la sostenga, escribe sola las palabras que piensa la alumna prodigio: es la escena culminante de la comedia musical Matilda y aunque alguna vez vi volar un helicóptero sobre el escenario (en Miss Saigon), caer una lámpara gigante sobre el público (en El fantasma de la ópera) y construir de la nada una barricada popular (en Los miserables), esta vez tampoco puedo evitar preguntarme lo mismo de siempre: ¿cómo lo hacen? Salgo del teatro Shubert de Broadway con los ojos inflamados y el espíritu hinchado: aunque mi frío cinismo se ría de la comedia musical como la expresión más kitsch de la cultura popular, debo reconocer que aflojé una lagrimita cuando la pequeña Matilda se rebela ante la directora despótica. ¡Bravo! ¡Bravo! En épocas de consumo espasmódico y fugaz, multitudes se agolpan en las ventanillas de los teatros para sacar sus tickets: cien dólares promedio por ver y oír un dramita cantado que dura no menos de tres horas (con intervalo). El flamante libro The Secret Life of the American Musical, recién publicado en los Estados Unidos, promete develar el gran truco: lo más importante que necesita un musical para convertirse en un clásico es una dosis de magia. 

¿Cada obra tiene su propia química? ¿Existe una receta para el éxito? Éstas son las dos preguntas que se hizo Jack Viertel, legendario mandamás de cinco teatros en Broadway y autor de este ensayo definitivo sobre uno de los géneros más exitosos y menos comprendidos: los estudios culturales se deben un análisis profundo sobre la comedia musical como expresión de su época y objeto de adoración para una pequeña pero irreductible legión de fanáticos capaces de recitar elencos, temporadas y repertorios completos. Con la precisión de un entomólogo de los escenarios, Viertel reconstruye el canon de obras clásicas, como A Chorus Line o El violinista en el tejado, y actuales, como Hairspray o The Book of Mormon, para definir una taxonomía de la taquilla, siempre anhelante de las palabras mágicas: “Localidades agotadas”.

Si el arma de Chéjov es uno de los principios básicos del teatro serio (“si en el primer acto hay un rifle colgado en la pared, en el segundo o el tercero éste debe ser descolgado o disparado; si no, no debería haber sido puesto ahí”), en la comedia musical también existen convenciones obligatorias: el primer acto debe tener una canción en la que el héroe exponga sus objetivos, un villano reconocible, una pareja secundaria que aligere la trama, un obstáculo a superar y un final con una crisis que exija una resolución inmediata después del intervalo. Pero cualquiera que haya salido del teatro tarareando la melodía de Memory después de haber visto Cats o de Don’t Cry For Me Argentina después de Evita sabe que lo más importante son las canciones: la obra se organiza alrededor de temas soporte que funcionan como “los postes de una carpa” y un leit motiv que retumbará en la cabeza del espectador cuando el telón haya caído.

Camino por Broadway silbando bajito la melodía de Revolting Children, el tema en que finalmente Matilda y otros niños revoltosos se levantan ante la tiranía escolar: la canción es más pegadiza que un chicle. Y si no lloré con The Wall, y mucho menos con Señorita maestra, ¿por qué me emociona esta épica de una nena incomprendida por padres y docentes? “Los grandes musicales no hablan de la vida común”, responde Viertel desde el libro: “Siempre son sobre el romance que no puede ser controlado, el mundo especial en el que amamos vivir por un rato, el tiempo y el lugar lejanos que anhelamos y la fuerza natural que raramente encontramos en la vida real”. Para el final, sonrisas y lágrimas.

Publicado en La Nación

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2 pensamientos en “Unen canto con lágrimas

  1. Nico, soy un entusiasta oyente de suatención y siempre que puedo te leo…Te escribo por aca ya que no encontré otra forma de hacerlo (DM en tw, etc)

    El año pasado despues de estar mucho tiempo subestimando NYC, e influenciado por tus comentarios y anecdotas en el programa, y en un momento de crisis, me compre un pasaje y me fui tres semanas a la fuckin’ capital del mundo!!. Me cambio la vida y volvi sin pensar en otra cosa que en como podía hacer para lograr vivir un añito en New York. Soy ing. Agronomo y por lo tanto no encontre aun la forma por las vias ortodoxas, pero no me doy por vencido..
    Pensar que siempre decía, “NY debe ser como BSAS pero un poco mas grande”….

    Casi todas las noches los escucho a vos y a Shumi. Logran mantener vivo en mi, el instinto explorador y viajero. Estoy, paso a paso, haciendo “los deberes” para salirme del sistema de trabajo actual (estructurado, basado en el dinero, etc), e irme (Si todo sale bien un año a Dinamarca), y esto si lo logro, en parte se lo debo a Uds. aunque ni nos conocemos…

    Siempre me pregunte también porque no vivis en NYC…me encantaría escuchar eso…y pense que quizás estos días en los que no esta Shumi, sería una buena oportunidad para que lo cuentes…El tipo mas fan de NYC del mundo y vive en BsAs. Representa todo un misterio para mi.

    Gracias por tomarte unos minutos para leer esto si es que lo haces.

    Mis mas sinceras felicitaciones por tu trabajo.

    Saludos!
    Nicolas.

    • Nico,
      gracias por compartir todas estas impresiones conmigo. Me alienta muchísimo que un modesto programa de radio te acompañe en este proceso… Seguramente vas a lograr lo que te proponés.
      Muchas veces me pregunté por qué no vivo en NYC y aunque no tenga una respuesta definitiva, creo que es porque amo mucho más Buenos Aires: todas las personas que quiero están acá. Y porque me gusta tener un lugar mental al que puedo volver antes de dormir y cuando puedo pagarme un pasaje…
      Un abrazo grande!
      Nico

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