Las vueltas del vinilo

Vinilos

Una disquería vintage, un barrio emblemático -el Greenwich Village- y una serie que retoma sus buenos viejos tiempos.

Souvenir: recuerdos de Nueva York

Con mis rutinas y rituales, soy un tipo de alta fidelidad: cada vez que vengo a Nueva York, me pierdo en la disquería donde encuentro mi lugar en el mundo. En la calle Bleecker del Greenwich Village, asordinados pero aún presentes los espíritus libertarios de los sesenta, la tiendita es un amasijo de vinilos originales, desparramados en un caos sin orden ni concierto. Las letras azul eléctrico estampadas en la vidriera anuncian su nombre y declaran sus principios: Rebel Rebel. Y cuando todavía se mantiene encendida la llama del duelo por David Bowie, que vivió y murió a pocas cuadras de acá, el disco que más se deja ver es el último compilado de sus éxitos, donde él mira en un espejo el reflejo de su rostro de los años setenta, bajo el título sardónico: Nothing Has Changed. Estoy en Nueva York para el estreno de Vinyl, la sensacional serie de Martin Scorsese y Mick Jagger, que se emite los domingos por HBO y que cuenta la saga épica y miserable, gloriosa y grotesca, de la industria discográfica en aquella década maldita y, cuando el consumo irónico o la retromanía hoy ponen de moda los vinilos (¡y los casetes!), fantaseo con cruzarme a aquellos antihéroes legendarios para que vean en qué se convirtió su barrio y si podrían afirmar que nada ha cambiado. 

En 1973, Richie Finestra necesita un éxito para salvar su discográfica. Es el personaje central de Vinyl, una cruza televisiva de Sérpico con Velvet Goldmine o de Taxi Driver con Cruising. En el Greenwich Village de la serie se organizan fiestas memorables y orgías multitudinarias; hoy el vecindario es un muestrario de boutiques de diseñador o bistrós de autor, pero entonces y ahora se escuchan vinilos. Acaso como una reacción a la época de consumos líquidos, donde todo lo que nos gusta está guardado en “la nube” (tan etérea como intangible), los vinilos son al MP3 lo que la slow food a la comida chatarra: un placer que recupera la escala de la velocidad humana, sea a 33, 45 o 78 revoluciones. En el tocadiscos resulta poco práctico adelantar los temas y, cuando un lado se termina, no queda más remedio que levantarse, ir hasta el aparato y darlo vuelta. Y escuchar. Tan cierto como que “disco es cultura”, según promovía la leyenda impresa en los vinilos de manufactura argentina, para mí es la vuelta de un hábito analógico, una módica rebelión ante el mandato digital.

“El vinilo jamás desaparecerá”, piensa Richie y aunque estuvo herido casi de muerte hoy resiste con buena salud, siempre que no salte la púa o se agranden los surcos. En otro de mis alucinados cruces de realidad con fantasía, en los que me pierdo seguido durante el viaje, me gusta pensar que el dueño de esta disquería del Village es el personaje de Vinyl cuarenta años después, más allá de la quiebra y de regreso a la esencia. Detrás del mostrador, su atalaya: la sabia certeza de que muchas cosas cambiaron pero algunas pocas se mantienen iguales.

Publicado en Brando

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