Como turco en la novela

La meca de las cirugías plásticas para los que anhelan lucir como heroínas o galanes.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Turquía, kittens

Los labios gruesos, los pómulos hinchados, los pechos como globos y la cintura de avispa: Scheherezade está irreconocible. Si hace mil años la legendaria hija del gran visir se consagró como un temprano modelo para las mujeres con voluntad propia, hoy los fanáticos catódicos conocen su nombre por haber sido el amor esquivo del viril Onur en la telenovela que rompió el rating en todo el mundo. En Turquía, un país que oscila entre el pragmatismo secular y la devoción religiosa así como empieza en Europa y termina en Asia (o al revés, según cómo se lea el mapa), la última revolución no es islámica sino estética: el inesperado éxito de Las mil y una noches puso a Estambul en el mapa de la geopolítica del culebrón y alumbró un insólito fenómeno de época al convertirse en la meca de las cirugías plásticas para mujeres y hombres que anhelan lucir como heroínas o galanes de telenovela. 

A ellas se las conoce como “la nueva cara del Islam”: son las seguidoras del líder musulmán Adnan Oktar, un elocuente defensor del creacionismo e inspirador moral del culto a la belleza sintética. No existe pecado ahí donde se pretenda estar más flaca, más rubia o más linda y en el proceso no se lastime a nadie. A estas fieles del bisturí les dicen kittens (“gatitas”) turcas y, en su anatomía imposible de cabellos platinados y tetas falsas, se las admira como las socialités más encumbradas de Estambul, habitués de centros comerciales con las marcas que no se consiguen en el Gran Bazar. El bótox, las siliconas y las tinturas son artificios con los cuales mujeres ya maduras buscan mimetizarse con las actrices jóvenes que enamoran a los galanes televisivos y agotan los turnos de los cirujanos que prometen una belleza inoxidable a cambio de unos miles de liras.

A ellos se los puede ver por la calle con las cabezas vendadas desde que Turquía se convirtió en la capital mundial de los implantes de pelo. Como acá, en la madrugada televisiva se multiplican los programitas infomerciales de clínicas que realizan la operación: en Estambul, se hacen cinco mil intervenciones por mes que dejan una facturación anual de mil millones de dólares. La del pelo es una de las industrias más lucrativas del momento: hombres de todo el Medio Oriente contratan tours médicos a Turquía para recuperar el cabello y, con él, la virilidad de un Sansón y la autoestima de un Aladdin. Si es cierto que en la cultura árabe el pelo vigoroso es un símbolo de poder, se cree que la costumbre de cubrirse la cabeza desde jóvenes alumbra generaciones cada más precoces de pelados. Con unas crines improbables en su extensión, brillo y color, los actores de la tele se postulan como nuevos paradigmas estéticos de los varones musulmanes, que no disimulan las intervenciones y se exhiben orgullosos durante el postoperatorio con una cicatriz en la nuca, de donde salen los bulbos que meses después poblarán las entradas o las coronillas.

A mitad de camino entre dos continentes, Turquía está en un limbo muy provechoso: con su mezcla de mundanidad y exotismo, copó el mercado del amor televisivo que durante décadas fue un commodity latinoamericano de exportación. En la guerra mundial por el soft power, las heroínas y los galanes de nombres raros se imponen ahí donde mandaban las muñecas bravas llamadas Milagros o los José Miguel de pelo en pecho. En Turquía, lo que hoy importa es no tener la cabeza desforestada o los labios agrietados: la adoración por las telenovelas alumbra a una nueva clase de zombies, hombres de cabezas vendadas y mujeres de hinchazones anormales. A veces, la búsqueda obsesiva de la belleza es más una película de terror que una historia de amor y la cirugía es tétrica.

Publicado en La Nación

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