El viajar era un placer

Hace setenta años, el milagro de volar animaba a vestir las mejores galas.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Lufthansa Foto

Detrás de la barra, un cantinero de chaqueta blanca y moño negro sirve el Martini como lo toman los auténticos caballeros (agitado, no revuelto) mientras un señor de esmoquin inmaculado fija su mirada en la dama envuelta en un tapado de visón y un cocinero de birrete saca de la cocina una bandeja repleta de manjares, custodiado por el dibujo de una ninfa y un centurión griegos: todo eso, a bordo de un avión. La foto en blanco y negro es deslumbrante: en la década del 40, la cabina de primera clase parece un salón del Ritz. Y es sólo una de las imágenes del sensacional libro The Art of Flying, que la editorial Assouline acaba de publicar como manifiesto de la época en que volar era un arte. Herido de una melancolía chic, el autor Josh Condon añora el menú de diez platos que alguna vez supo servir la aerolínea Olympic Airways o la rutilante categoría Maharajah de Air India, un lujo asiático ofrecido en un 747 revestido de oro. 

Ayer, una experiencia fuera de este mundo; hoy, viajar en avión nos resulta poco emocionante: a menudo olvidamos que quienes nacimos en el siglo XX tuvimos el privilegio de ser los primeros seres humanos permitidos de ver el mundo desde arriba de las nubes. Hace setenta años, el milagro de volar animaba a los hombres a vestir sus mejores trajes y a las mujeres, sus vestidos más elegantes; unos y otras fumaban como chimeneas aun en las cabinas presurizadas y bebían cócteles sofisticados en aviones decorados como restaurantes, hoteles o boites: barras, alfombras y sillones que exploraban las mil y una formas de lo mullido y que parecen una burla anticipatoria al espacio miserable que una butaca actual ofrece apenas para estirar las piernas. Los platos de loza, las copas de champagne y la cubertería de plata eran privilegios que se extendían mucho más allá de la clase ejecutiva y los viajeros veteranos recuerdan con cariño a las azafatas de entonces, todas chicas Bond que ceñían dentro de un trajecito sastre la promesa de amor libre de una sueca o el calor tropical de una cubana. Pero el concepto low-cost que inundó las cabinas de cubiertos de plástico y pancitos congelados también democratizó la posibilidad de viajar y alumbró el nacimiento de la clase turista, una generación que considera el viaje como otro más de los derechos humanos (en la parábola evolutiva familiar, mi abuela nunca salió de la Argentina; mi madre pudo conocer Europa ya de grande; pero mi hermana menor, cuando cumplió los quince, prefirió un viaje antes que la fiesta: quería “ver mundo”).

“Hay una diferencia importante entre ser viajero y ser turista”, me dijo hace unos días el muy elocuente y sabio dramaturgo Mauricio Kartun: “El viajero se entrega a lo desconocido del viaje y el turista viaja esperando encontrar lo que ya sabe”. La aeronavegación comercial hoy es un infierno previsible de cacheos, esperas, estrecheces y ajustes que se despegan del aire romántico de aquellos viajes inaugurales de la década del 30 o del gustito hedonista que vino después, cuando los viajeros se aventuraban a cruzar el océano con sus zapatos más caros porque querían estar elegantes aun en el improbable caso de la fatalidad. La crisis del petróleo, la quiebra de muchas aerolíneas y la psicosis antiterrorista transformaron el que había sido un placer singular en un trámite abúlico y rutinario, donde el pasajero se queja más de lo que disfruta. El libro The Art of Flying es el canto final de un cisne que agoniza a treinta mil pies de altura: en la nostalgia por la gesta supersónica del malogrado Concord y por los uniformes de las tripulaciones diseñados por Dior, Pucci o Moncler, una catarsis melancólica por aquellos días lejanos en que el cielo era el límite.

Publicado en La Nación

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