Mi canción mala favorita

¿Por qué los músicos que más discos venden son también los más ridiculizados?

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Rocío Durcal, La gata

“Amoooooor, tranquilo no te voy a molestar, mi suerte estaba echada, ya lo sé, y sé que hay un torrente dando vueltas por tu mente…”: durante un viaje en auto a Mar del Plata, escuché en loop mi canción mala favorita, La gata bajo la lluvia, de la cantante madrileña Rocío Dúrcal. Si no la conocen, hagan la prueba y búsquenla ahora mismo en Spotify: es adictiva. El dramita del amor no correspondido se potencia con el tono agudísimo de “La Señora de la canción” y yo, en la intimidad insonorizada de un auto que va a cien kilómetros por hora en la ruta 2, ensayo mi mejor falsete. No soy original: cuando estoy solo, canto a grito pelado las canciones que en público jamás admitiría siquiera conocer y hasta me permito una lagrimita en lo más emocionante del estribillo. Por eso, la publicación del libro Música de mierda, recién editado en español por Blackie Books y presentado como “uno de los mejores ensayos estéticos sobre el gusto musical”, plantea una paradoja de época: ¿por qué la persona que más discos vende es de la que más gente se ríe? 

Durante años, el sociólogo canadiense Carl Wilson escuchó a su compatriota Céline Dion con curiosidad antropológica: quería descubrir qué cosa se esconde detrás del éxito fulminante de Let’s Talk About Love, una de sus baladas más conmovedoras y, a la vez, más ridiculizadas. “Desde siempre su música me había parecido de una monotonía anodina elevada hasta la ampulosidad odiosa (rhythm and blues al que le habían extirpado quirúrgicamente la sexualidad y la picardía, chanson francesa desprovista de alma e ingenio) y su repertorio, un tibio caldo con el sello de aprobación de Oprah Winfrey, ideal para el alma consumista”, escribió Wilson. Sin embargo, tal vez sugestionado por la apelación al ideal romántico o por la repetición de una letra pegadiza, su oído cínico tuvo una epifanía y un buen día se sorprendió a sí mismo emocionado por Céline, la cantante superventas a la que ningún crítico toma en serio.

¿Escuchamos la música que escuchamos sólo porque nos gusta o también por cómo nos distingue y nos da estatus social? Ésta fue la pregunta que dio origen a Música de mierda, el fenomenal estudio sociológico que desde el subtítulo se presenta como “un ensayo romántico sobre el buen gusto, el clasismo y los prejuicios en el pop”. Según Wilson, “mentimos sobre lo que nos gusta para que nos acepten y decimos que los demás tienen muy mal gusto”. Esta batalla estética es tan antigua como el arte pero en el siglo XX se magnificó a través de la televisión y la radio, con sus castas de los más vendidos y los cuarenta principales. El sociólogo se remontó hasta las décadas del 30 y del 40 para descubrir quién era la Céline Dion de esos tiempos y en la búsqueda encontró que la música amable y la rebelde siempre convivieron: “El sentimentalismo no es el producto de una especie de conspiración para amansar a las masas sino el equivalente cultural de la leche materna”.

Si es cierto que en esta época usamos el esnobismo como coraza y que el cinismo nos empuja a esconder la emoción, me identifico con Wilson cuando escribe que la música comercial también puede brindar una epifanía breve pero devastadora: subo el volumen en cada estribillo de la Dúrcal y dejo escapar el falsete, la lágrima y la mar en coche. Descubro que ése que llora con una balada romántica también soy yo aunque me cueste admitirlo porque aun la música más empalagosa, aquella que se considere una ofensa para la humanidad o un atentado contra el buen gusto, puede brindar un momento de claridad reveladora: como dice Nick Hornby en el prólogo del libro, una mala canción te obliga a preguntarte quién diablos sos realmente.

Publicado en La Nación

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