Corazón de piedra

El arte participativo según Yoko Ono, la archivillana que todos amamos odiar.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Yoko Ono

Recuerdo. Sueño. Deseo. Cada piedra, y acá hay muchas, tiene pintada una palabra con pequeñas letritas de tinta negra. Las paredes son blancas, el piso es de cemento grisáceo y aunque esta galería de arte es tan intimidante para el turista como cualquier otra del recoleto barrio de Chelsea, se anima a que el visitante se siente en el piso, agarre una de las piedras y se abrace a ella o la acune para transferirle sus sentimientos negativos. Entonces debería producirse una epifanía emocional, pero no siento nada. Estoy con las piernas cruzadas como indio y los ojos cerrados y aunque el ambiente inmaculado de un color blanco-manicomio sugiera la calma medicalizada, no paro de pensar: “¿Hasta cuándo aguanto?”. Es la muestra The Riverbed (“el lecho del río”) que Yoko Ono, la archivillana favorita que todos amamos odiar, montó en Nueva York y que resume un fenómeno de época: el arte participativo que explora la “energía inmaterial”, un pastiche entre alta cultura y new age en busca de la piedra filosofal. 

“La interacción no verbal es la forma más elevada de comunicación”, dijo alguna vez la serbia Marina Abramović, que se pasó 716 horas sentada inmóvil en una silla de madera frente a los espectadores, sin hablar ni pestañear casi, “dando amor incondicional a completos extraños”. En dos galerías de arte ubicadas a un par de cuadras de distancia, Yoko Ono también propone ejercicios artísticos de concientización mental y corporal: en una, las piedras se desparraman por el piso a la espera de la catarsis; en otra, una mesa servida con copas rotas invita al visitante a repararlas y para eso puede valerse de una munición escolar de plasticola, hilo, tijeritas y cinta adhesiva (en las instrucciones, ella explica: “Así como usted arregla la copa, el remiendo que se necesita en otros lugares del universo también se hace así; sea conciente de lo que arregla”). Por la galería circulan ondas de amor y paz. Un clima general de trascendencia cósmica invade a los participantes más convencidos, que apenas se permiten el susurro y acarician sus piedras (“abrazo”, “amor”) con anhelo de sanación.

Antes de ser mundialmente famosa como la mujer que separó a los Beatles, la japonesa ya gozaba de cierta reputación en el arte conceptual: en 1966, John Lennon la conoció cuando visitó una galería en Londres donde ella proponía al público que martillee un clavo en una madera y así produzca la obra (en junio, Yoko Ono vendrá a Buenos Aires para inaugurar Dream Come True, una gran retrospectiva en el Malba). Pero si llegó a organizar un concierto silencioso donde el público debía imaginar la música y hace más de medio siglo que realiza performances dando instrucciones de terapia espiritual, ¿dónde termina el arte y empieza el cualquierismo? Para Ken Johnson, crítico del diario The New York Times, “visitar su exhibición es como ir a un campamento de verano new age manejado por una jefa mandona que trata a todos como niños”.

¿Qué debería sentir? Sobre un almohadoncito negro apoyado en el piso, hago mis mejores intentos por transferir mis amagues de ira o ansiedad a la piedra, pero no pasa nada. La cabeza se desvía: me esfuerzo en dispersar las distracciones y aprovechar lo transformador de la experiencia, pero no puedo evitar pensar que afuera hace frío y que quiero ir a tomar un espresso al café de la calle 15, acá cerca. Y aunque me siento un fracasado o un farsante, desconectado de la mística universal, entreabro un ojo, espío a mi ocasional compañero de ritual, un señor mayor que mira su celular a escondidas de su esposa, y pienso: el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Publicado en La Nación

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