Noches de vinilo

La serie “Vinyl” abraza la retromanía y le rinde tributo a la decadente Nueva York de los años 70.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Vinyl

Un frotar de encías y un nariguetazo: desde la primera escena, Richie se debate entre la agonía y el éxtasis. “La cocaína es una de las protagonistas de la serie”, me dirá uno de los actores de Vinyl, el extraordinario programa de televisión creado por Martin Scorsese, Mick Jagger y Terence Winter, el guionista de Los Soprano, que se estrena esta noche en HBO: es la saga de Richie Finestra, el ambicioso dueño de una discográfica que languidece y su última oportunidad de salvarse con el fulgurante boom del rock, el punk, el hip hop y la música disco. En la pantalla, Nueva York en los 70: el peinado afro, el bling bling reluciente y los pantalones pata-de-elefante se combinan con montoncitos (¡montañas!) de cocaína y si la tríada “sexo, droga y rock and roll” fue estimulante para los aspirantes al estrellato en aquella década maldita, Vinyl resume un fenómeno de esta época: la retromanía que rinde tributo a los artefactos culturales del pasado cercano.

A 78 revoluciones por minuto y a punto de vender su negocio, Richie tiene una epifanía: sólo necesita dar un batacazo, uno muy grande, para volver a ser el empresario exitoso que fue alguna vez. Ese filón tal vez tenga el rostro de Kip Stevens, un cantante con las condiciones para convertirse en el próximo punkstar (interpretado por James, el hijo de Mick Jagger en la vida real). A pesar de las fiestas, las discotecas, el amor libre y la efervescencia creativa, en el aire flota un fatal clima de final de época. Antes de las boutiques y los restaurantes, el Meatpacking District era un barrio de frigoríficos que no se podía pisar después de las ocho de la noche y en la Quinta Avenida convivían los rascacielos con los delincuentes. Entre tiros, líos y cosas gordas, Scorsese vuelve al realismo sucio de Taxi Driver: a través de la ventanilla de su auto, Richie ve la Nueva York decadente de los 70, aún intocada por la Tolerancia Cero, la estética de centro comercial y el furor inmobiliario. Los berrinches de la industria discográfica son la excusa para mostrar una ciudad antes de la gentrificación. “Esta ciudad donde hoy los artistas ya no pueden permitirse vivir en el Soho y el CBGB es una tienda que vende zapatillas”, me dice Max Casella, uno de los actores de Vinyl. Estamos en el piso 14 del edificio de HBO en Manhattan y a través de las ventanas se ve una tarde de invierno en el Bryant Park, la plaza que hoy tiene una pista de patinaje sobre hielo auspiciada por un banco y a la que hace cuarenta años era imposible entrar sin salir con un puntazo en el cuello. Con la banda de sonido de Iggy Pop, Ottis Redding o los New York Dolls, la serie es el canto del cisne de una década sucia en la que Scorsese y Jagger conquistaron el mundo y estuvieron a punto de perderlo.

“Perdido”: así se declara Richie, siempre en la cornisa: en cualquier momento podría tomarse un taxi conducido por un tal Travis Bickle. Si es cierto que ésta es una de esas pocas ciudades mágicas que tienen encanto aun en lo horroroso, una ciudad que no es una evasión sino una batalla cotidiana y que te enloquece como las cosas que te enloquecen a los veinte años, Vinyl fascina con la Nueva York del hotel Chelsea y Andy Warhol, del Studio 54 y los Ramones en estado embrionario. “Nueva York es una guerra”, decía en los 70 el poeta italiano Pier Paolo Pasolini, él mismo protagonista de esas noches febriles del Greenwich Village. Con los 80 llegarían el sida, los yuppies, el conservadurismo y el consumismo desenfrenado: excesiva y agotadora como toda fábula de Scorsese, la serie es un homenaje nostálgico a una Sodoma que ya no existe y a los artistas que un día se fueron con la música a otra party.

Publicado en La Nación

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