La lengua del amor

En la TV de Portugal exigen más contenidos locales, aunque sean pornográficos.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

La lengua del amor

Sim… oh… sim”. En la pantalla caliente del televisor, una conejita gime en la lengua de Pessoa y traduce al portugués las palabras más repetidas en el idioma universal del amor catódico: “Yeah… oh… yeah”. Pero no alcanza. Si la pornografía mainstream siempre fue ingeniosa en la traducción de fenómenos populares al código XXX (basta con ver las parodias hot de comedias como The Big Bang Theory o de dramas como Game of Thrones, con la madre de los dragones convertida en amante devoradora y donde se devela la mitología anatómica del pequeño Tyrion Lannister), en Portugal se discute que las películas para adultos usan poco la lengua autóctona. La Entidad Reguladora de la Comunicación Social (ERC) multa a Hot TV, el único canal de producción condicionada nacional, porque sólo el 9,8 por ciento de sus programas se emiten en portugués, ahí donde la ley de radiodifusión dice que deben llegar al 20 por ciento. Los funcionarios exigen la misma cuota de idioma local que a los demás canales y en el debate se plantea una polémica de nunca acabar: ¿el porno es un contenido cultural como cualquier otro? 

El canal Hot TV tiene 35 mil suscriptores pagos y compite contra señales internacionales de pornosoft globalizado, como Playboy, Hustler y Penthouse que, al no estar radicadas en Portugal, no están obligadas a reemplazar el internacional yeah por el más lusitano sim. Son canales que exportan vía satélite a todo el mundo el modelo estético de la rubia siliconada y el macho californiano. En la geopolítica del cine XXX, las producciones locales deben enfrentar la feroz competencia de las multinacionales de matriz estadounidense y más que nada de Internet, que lleva el porno gratuito ahí donde el usuario lo tiene más a mano: el teléfono o la tableta. Pero aun en la crisis terminal del género, se sigue filmando afuera de Los Angeles, la capital mundial del porno, sea en Lisboa o en Buenos Aires (hace unos años, Playboy TV realizó en un country de Pilar la versión hot de Amas de casa desesperadas que una amiga mía, locutora profesional, debió doblar del español al inglés para su venta al extranjero: “Mis diálogos son unos sutiles ‘mmm, aghh, mmm’, los famosos gemiditos de ‘no lo puedo controlar’”, me explicó).

La exigencia del ERC portugués al canal Hot TV, al que podrían quitarle la licencia para seguir emitiendo, se devela como un fenómeno de época: un organismo nacional nacido en la era predigital pide que se produzcan más contenidos locales, aunque sean pornográficos. Y como para la ley da lo mismo que se trate de una telenovela o un noticiero, así llega la hora del reconocimiento para una industria que siempre fue el epítome de la cultura basura, el patio de atrás de las grandes producciones. Si el escritor Chuck Palahniuk supo encontrar ternura en el porno (lean su novela Snuff, donde la heroína se propone rodar ante cámaras la orgía más multitudinaria de la historia: ella sola con seiscientos hombres) o Irvine Welsh tituló así, Porno, su fábula de redención para los antihéroes de Trainspotting, el placer culposo podrá transformarse en un consumo cultural tan noble o abyecto como la novelita rosa o la intriga policíaca.

¿A quién le importa lo que digan los actores? El porno es el arte de la mímica y la parodia, una reversión sintética del acto vital: un karaoke del amor físico. Lo importante es la fantasía que recrea (ahora se impone la camarita en mano, la iluminación cruda y el pulso tembloroso, una imitación del registro amateur). En Los Angeles, en Lisboa o en Buenos Aires, el porno se filma y se mira como una versión XXX del cine mudo: la lengua internacional del amor es un esperanto lúbrico que no necesita traducciones.

Publicado en La Nación

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