Todo al negro

Postales nostálgicas de un hotel que supo ser el corazón de Las Vegas: el célebre Flamingo.

Souvenir: recuerdos de viajes

Las Vegas, Flamingo

Un flamenco de un metro ochenta color fucsia furioso me mira fijo a los ojos y dice: “Bienvenido”. En realidad, welcome. Podría pensar que es un típico episodio de pánico y locura en Las Vegas, pero la incontable cantidad de café que tomé en el vuelo hasta acá me da por lo menos una certeza: estoy sobrio. Desde el avión, el desierto de Nevada se muestra soporífero e interminable hasta que un brillo lejano, el fulgor de un diamante sobre un paño opaco, empieza a agrandarse cada vez más: esa lucecita en el paisaje lunar tomará el tamaño de la ciudad en que nunca se hace de noche, la ciudad del pecado que sólo se asume devota de una biblia de neón. En Las Vegas, la falsa torre Eiffel convive con la falsa Venecia, a metros nomás de la falsa pirámide de Keops: el mundo se presenta disminuido en un desparramo insólito, un caos jibarizado sin orden ni concierto. Y si la sobriedad me salva de la locura cuando me habla un falso flamenco, mi breve estadía en el hotel Flamingo me transporta a una época que añoro aun sin haber vivido. 

Se dice que a pesar de todo Las Vegas no deja de ser un pueblo polvoriento en medio de ninguna parte, aunque en la mitad del siglo XX se haya transformado en la ciudad del Jack Daniel’s a hectolitros y los trajes de pelo de camello. En este hotel, decorado en los mil tonos posibles del rosado, se filmó parte de la película Once a la medianoche, una de las que animaban mis sábados de súper acción infantiles. En los salones que vieron tiempos mejores, Frank Sinatra, Dean Martin, Sammy Davis Jr. y otros nenes de semejante calaña alternaban con la mafia, Marilyn Monroe, coristas anónimas, Kirk Douglas, jugadores compulsivos, borrachines irredentos o el trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos, siempre estrictos en sus modales de caballeros, la camisa blanca almidonada, los gemelos relucientes y el traje para la noche, sí o sí de color negro, jamás gris o marrón, apenas: azul subido. Los pasillos del Flamingo hoy tienen las alfombras roídas y las paredes descoloridas, pero en mi ensoñación sobria imagino que detrás de las puertas numeradas se celebran fiestas excedidas pero aun así elegantes, que invariablemente terminan con la muletilla con la que Dean Martin remataba las reuniones: “Eh, ¿cómo ha entrado toda esta gente en mi habitación?”.

Como en cualquier hotel de Las Vegas, para entrar al Flamingo hay que cruzar el casino de la planta baja: sin ventanas ni relojes, una cápsula espacio-temporal imantada para los timberos. Pero yo, siempre modesto en mis costumbres de periodista asalariado, vivo el casino a mi manera: a espaldas del fantasma de Sinatra, que no aguantaría mis hábitos timoratos, imito a los jugadores insomnes y compro una prensa francesa, la más noble de todas las cafeteras portátiles, y la llevo bajo el brazo como un uruguayo llevaría el termo hasta el paño verde: más fanático del café que del whisky, sólo tengo una ficha y apuesto al negro.

Publicado en Brando

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