La marca del zorro

Una lunática inventiva para crear competencias que no mide riesgos ni prejuicios.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Fantastic Mr Fox

En la campiña alemana del siglo XVIII, los señores nobles bien vestidos se reunían al aire libre para matar el tiempo: con toda la pompa y la circunstancia que sus trajes y pelucas les permitían, tomaban de las patas a un zorro aterrorizado y lo tiraban tan lejos como podían. Uno de ellos sería el ganador. Si es cierto que en el deporte “el hombre no se enfrenta directamente al hombre porque entre ellos hay siempre un intermediario, una bola, una máquina, un disco, una pelota”, como escribe Roland Barthes, el animalito se convertía en balón y a la vez en el símbolo mismo de todas las cosas porque sólo uno de los caballeros era el más fuerte, el más hábil y el más valiente para poseerlo y dominarlo. Aquel deporte brutal existió y es apenas uno más de los que están incluidos en el sensacional libro Fox Tossing: And Other Forgotten and Dangerous Sports, Pastimes and Games, recién publicado en inglés, que documenta no sólo el lanzamiento del zorro sino otros deportes, pasatiempos y juegos olvidados y peligrosos que actualizan la vieja súplica de los relatores televisivos: “Chicos, ¡no hagan esto en sus casas!”. 

Boxeo de bebés, tenis sobre hielo y lucha de pulpos: a través de la historia, son incontables las cosas ridículas que los hombres hicimos para divertirnos o competir entre nosotros. El deporte jugó un papel decisivo en el desarrollo de la civilización occidental, desde las Olimpíadas griegas o las salvajes luchas en el Coliseo romano donde la vida pendía de un pulgar del César. El autor británico Edward Brooke-Hitching se trasformó en un antropólogo de lo insólito cuando se topó por casualidad con el libro Der volkkomme teutsche Jäger, publicado en 1719 por Hans Friedrich von Flemming: en este manual acerca de la “caza alemana perfecta” se detallan las reglas del lanzamiento del zorro, el deporte preferido del emperador teutón Leopoldo I, que inauguraba la temporada cada marzo con especial disfrute. Por su crueldad, hoy sería inadmisible el lanzamiento de animales (¡vivos!), pero otros pasatiempos grotescos demuestran cómo cambia la percepción de lo tolerable según las épocas. A mediados del siglo XX, el baby boxing era común en los pueblos norteamericanos: sobre el ring, dos nenes que apenas habían aprendido a caminar se calzaban los guantes y buscaban a las piñas el nocaut, que se declaraba cuando uno mordía la lona o lloraba a gritos llamando a su mamá. Según Brooke-Hitching, “al descubrir cómo se divertían nuestros ancestros ganamos una visión única para comprender cuáles fueron las actitudes hacia la moral, el humor y los desafíos de la existencia diaria”.

La lunática inventiva para crear competencias no mide riesgos ni prejuicios: el libro se deleita con el balloon jumping, en el cual hombres atados por la espalda a globos aeroestáticos debían saltar vacas y otros obstáculos hasta sentirse como Peter Pan; con la doma de cataratas, en la que había que conservar las posturas durante la caída libre de un salto de agua sin romperse el cuello; o con el béisbol con cañón, donde las bolas literalmente se disparaban hacia el bateador. “La inmortalidad no está garantizada”, escribe el autor y, aun en lo cruel, lo peligroso o lo ridículo, el deporte insólito se asume como una cuestión de vida o muerte sin valorar las consecuencias, una búsqueda de la victoria definitiva: aquella que consagre al hombre capaz de vencer la resistencia de las cosas. “Hay en el hombre unas fuerzas, unos conflictos, unas alegrías y unas angustias: el deporte las expresa, las libera, las quema, sin dejar que nunca destruyan nada”, concluye Barthes cuando analiza el deporte como el más humano de todos los espectáculos: “En el deporte, el hombre vive el combate fatal de la vida”.

Publicado en La Nación

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