Corazón de piedra

El arte participativo según Yoko Ono, la archivillana que todos amamos odiar.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Yoko Ono

Recuerdo. Sueño. Deseo. Cada piedra, y acá hay muchas, tiene pintada una palabra con pequeñas letritas de tinta negra. Las paredes son blancas, el piso es de cemento grisáceo y aunque esta galería de arte es tan intimidante para el turista como cualquier otra del recoleto barrio de Chelsea, se anima a que el visitante se siente en el piso, agarre una de las piedras y se abrace a ella o la acune para transferirle sus sentimientos negativos. Entonces debería producirse una epifanía emocional, pero no siento nada. Estoy con las piernas cruzadas como indio y los ojos cerrados y aunque el ambiente inmaculado de un color blanco-manicomio sugiera la calma medicalizada, no paro de pensar: “¿Hasta cuándo aguanto?”. Es la muestra The Riverbed (“el lecho del río”) que Yoko Ono, la archivillana favorita que todos amamos odiar, montó en Nueva York y que resume un fenómeno de época: el arte participativo que explora la “energía inmaterial”, un pastiche entre alta cultura y new age en busca de la piedra filosofal.  Sigue leyendo

La música en la sangre

Alguna vez definió como “una maldición” ser el hijo de Mick Jagger. Hoy se muestra orgulloso de su padre y hasta compuso con él un tema para Vinyl, la serie en la que se luce como actor.

Entrevista: James Jagger

James Jagger

“Nadie es un rockstar por accidente”: la frase se deja caer en un capítulo de la serie Vinyl y parece escrita para el personaje de Kip Stevens, el cantante de la banda punk The Nasty Bits que nació para alcanzar una estrella. Tiene eso que debe tener un rockstar: garbo, vulnerabilidad y arrogancia. Adentro del boliche, las groupies estallan en aullidos histéricos y afuera, Nueva York se congela en los días oscuros de 1973: la superproducción de Martin Scorsese y Mick Jagger que se emite por HBO explora el furor del rock, el punk, el hip hop y la música disco en esas noches de vinilos y los instantes previos de un cantante antes de dar el batacazo, ese cambio de fortuna que lo llevará de cargar bafles a disponer de cantidades industriales de sexo, droga o rock and roll. “Recuerden la primera vez que escucharon una canción que hizo que se les pararan los pelos del cuello, que los hizo querer bailar o salir a patear a alguien”, se pide desde el televisor. En el escenario, Kip Stevens sacude su anatomía esquelética y se cuida de bailar como un pollo, pero las caderas no mienten: es igualito a Jagger en el 73. Acaso tenga algo que ver que el actor sea James, su hijo en la vida real: a los 30 años, es uno de los protagonistas de Vinyl y si la línea sucesoria del showbiz alumbró a criaturas como Nicole Ritchie o Peaches Geldof, él aclara que no se cuelga del apellido de su padre, al que alguna vez definió como una maldición más que una suerte, y remarca: “Me eligieron por casting”.  Sigue leyendo

Terapia de grupo vía chat

La pesadilla de Freud: asistencia psicológica por SMS en una era donde no sobran los minutos.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Talkspace

“¿Por qué me siento tan solo en una isla tan poblada?”: pegada sobre la ventanilla del subte de Manhattan, la publicidad increpa al pasajero absorto en sus pensamientos. ¿Será porque todos miramos fijo nuestros teléfonos y estamos aislados por auriculares del sonido ambiente? ¿Será porque nadie conversa? ¿O porque este estilo de vida alienta la soledad productiva, en tanto todo el tiempo disponible deba invertirse en generar algo a cambio? Empujado, pisoteado y tironeado en plena hora pico, el pasajero se estruja entre una multitud que puja, puja, puja por entrar al vagón y el ingenio publicitario habrá logrado su cometido cuando ese mismo pasajero, aun sofocado por tanta gente, se cuestione: “¿Por qué me siento tan solo?”. Viajo en la línea E del subte que corre debajo de la Sexta Avenida y la publicidad de la aplicación Talkspace promete lo que aquí falta: espacio. Es un servicio de asistencia psicológica por SMS que garantiza la disponibilidad total de un psicólogo a cambio de una tarifa plana y que plantea una pregunta de época: ¿el futuro de la terapia ya no está en el consultorio sino en el celular?  Sigue leyendo

Río con ganas

Ristretto, deporte y chapuzón en Río de Janeiro. Sol, playa y la lectura de las memorias cariocas de Adolfo Bioy Casares, el más dandi de todos los escritores argentinos.

Souvenir: recuerdos de Río de Janeiro

Copacabana, vereda

En pleno bochorno, tendré que revisar mis ideas sobre el calor. Como hizo Adolfo Bioy Casares, a quien el calor le parecía deprimente hasta que conoció Río de Janeiro: “Esto es una hoguera, o quizá una retorta, donde el brasileño crece, corre, grita, produce, reproduce, con celeridad pasmosa y bastante alegría”. Llego a Río, el más luminoso paraíso posible a tres horas de avión desde Buenos Aires, con un librito bajo el brazo: Unos días en el Brasil, apenas sesenta páginas en las que el más dandi de todos los escritores argentinos, aquel que se hacía llamar “señor Adolfito” por criados y camaradas aun en la senectud, descubre el milagro carioca cuando lo invitan a un congreso de literatura. La ciudad maravillosa es cercana y hospitalaria, siempre en alegre despelote: no tiene exigencias de etiqueta, modales ni prejuicios y, aunque un departamentito sobre la playa pueda costar un par de millones de dólares, el dueño maneja en sunga y havaianas un escarabajo destartalado.  Sigue leyendo

Noches de vinilo

La serie “Vinyl” abraza la retromanía y le rinde tributo a la decadente Nueva York de los años 70.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Vinyl

Un frotar de encías y un nariguetazo: desde la primera escena, Richie se debate entre la agonía y el éxtasis. “La cocaína es una de las protagonistas de la serie”, me dirá uno de los actores de Vinyl, el extraordinario programa de televisión creado por Martin Scorsese, Mick Jagger y Terence Winter, el guionista de Los Soprano, que se estrena esta noche en HBO: es la saga de Richie Finestra, el ambicioso dueño de una discográfica que languidece y su última oportunidad de salvarse con el fulgurante boom del rock, el punk, el hip hop y la música disco. En la pantalla, Nueva York en los 70: el peinado afro, el bling bling reluciente y los pantalones pata-de-elefante se combinan con montoncitos (¡montañas!) de cocaína y si la tríada “sexo, droga y rock and roll” fue estimulante para los aspirantes al estrellato en aquella década maldita, Vinyl resume un fenómeno de esta época: la retromanía que rinde tributo a los artefactos culturales del pasado cercano. Sigue leyendo

La lengua del amor

En la TV de Portugal exigen más contenidos locales, aunque sean pornográficos.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

La lengua del amor

Sim… oh… sim”. En la pantalla caliente del televisor, una conejita gime en la lengua de Pessoa y traduce al portugués las palabras más repetidas en el idioma universal del amor catódico: “Yeah… oh… yeah”. Pero no alcanza. Si la pornografía mainstream siempre fue ingeniosa en la traducción de fenómenos populares al código XXX (basta con ver las parodias hot de comedias como The Big Bang Theory o de dramas como Game of Thrones, con la madre de los dragones convertida en amante devoradora y donde se devela la mitología anatómica del pequeño Tyrion Lannister), en Portugal se discute que las películas para adultos usan poco la lengua autóctona. La Entidad Reguladora de la Comunicación Social (ERC) multa a Hot TV, el único canal de producción condicionada nacional, porque sólo el 9,8 por ciento de sus programas se emiten en portugués, ahí donde la ley de radiodifusión dice que deben llegar al 20 por ciento. Los funcionarios exigen la misma cuota de idioma local que a los demás canales y en el debate se plantea una polémica de nunca acabar: ¿el porno es un contenido cultural como cualquier otro?  Sigue leyendo

Todo al negro

Postales nostálgicas de un hotel que supo ser el corazón de Las Vegas: el célebre Flamingo.

Souvenir: recuerdos de viajes

Las Vegas, Flamingo

Un flamenco de un metro ochenta color fucsia furioso me mira fijo a los ojos y dice: “Bienvenido”. En realidad, welcome. Podría pensar que es un típico episodio de pánico y locura en Las Vegas, pero la incontable cantidad de café que tomé en el vuelo hasta acá me da por lo menos una certeza: estoy sobrio. Desde el avión, el desierto de Nevada se muestra soporífero e interminable hasta que un brillo lejano, el fulgor de un diamante sobre un paño opaco, empieza a agrandarse cada vez más: esa lucecita en el paisaje lunar tomará el tamaño de la ciudad en que nunca se hace de noche, la ciudad del pecado que sólo se asume devota de una biblia de neón. En Las Vegas, la falsa torre Eiffel convive con la falsa Venecia, a metros nomás de la falsa pirámide de Keops: el mundo se presenta disminuido en un desparramo insólito, un caos jibarizado sin orden ni concierto. Y si la sobriedad me salva de la locura cuando me habla un falso flamenco, mi breve estadía en el hotel Flamingo me transporta a una época que añoro aun sin haber vivido.  Sigue leyendo

La marca del zorro

Una lunática inventiva para crear competencias que no mide riesgos ni prejuicios.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Fantastic Mr Fox

En la campiña alemana del siglo XVIII, los señores nobles bien vestidos se reunían al aire libre para matar el tiempo: con toda la pompa y la circunstancia que sus trajes y pelucas les permitían, tomaban de las patas a un zorro aterrorizado y lo tiraban tan lejos como podían. Uno de ellos sería el ganador. Si es cierto que en el deporte “el hombre no se enfrenta directamente al hombre porque entre ellos hay siempre un intermediario, una bola, una máquina, un disco, una pelota”, como escribe Roland Barthes, el animalito se convertía en balón y a la vez en el símbolo mismo de todas las cosas porque sólo uno de los caballeros era el más fuerte, el más hábil y el más valiente para poseerlo y dominarlo. Aquel deporte brutal existió y es apenas uno más de los que están incluidos en el sensacional libro Fox Tossing: And Other Forgotten and Dangerous Sports, Pastimes and Games, recién publicado en inglés, que documenta no sólo el lanzamiento del zorro sino otros deportes, pasatiempos y juegos olvidados y peligrosos que actualizan la vieja súplica de los relatores televisivos: “Chicos, ¡no hagan esto en sus casas!”.  Sigue leyendo