La canción no es la misma

La música en español parece más cerca que nunca de la caída en los Estados Unidos.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Grammy latino

“Latinos unidos, no voten por los racistas”: embanderados detrás de un cartel, Los Tigres del Norte muestran los colmillos y el gesto tiene un solo destinatario: Donald Trump, el esperpéntico candidato que promete blindar la frontera que separa los Estados Unidos de su vecino meridional, México. Los capos de la música norteña le cantan las cuarenta y a ellos se suma el coro de artistas que visten sus galas para recibir el Grammy segmentado, un formidable caso de estudio sobre la discriminación positiva: es un premio sólo para latinos. En medio siglo de ascenso y gloria, la música en español parece más cerca que nunca de la caída en los Estados Unidos. Mientras ganan pantalla de prime time los programitas televisivos protagonizados por hispanos, el mercado musical se desinfla y en la paradoja se delata un fenómeno de época: ahí donde sólo los abuelos ven canales de aire y se aferran a sus tradiciones, los nietos consumen música pero hablan y cantan en inglés. 

Si es cierto que latina y latino son términos que sólo existen en los Estados Unidos y en ningún otro lado más, como dice el muy anglosajón escritor Tom Wolfe, el género de la música latina hizo de Miami su cabecera de playa. Pero ahora la ciudad que se propuso como capital de Latinoamérica en el exilio prefiere otro ritmo: el 2014, la industria discográfica yanqui facturó 7.000 millones de dólares y sólo 100 millones fueron generados por artistas en español (un modestísimo 1,5 por ciento). Hace diez años, los cantantes hispanos facturaban seis veces más. Aquí mismo se dijo hace unas semanas que en 1950 uno de cada cincuenta yanquis era latino y que en 2050 será latino uno de cada tres. Los nietos de aquellos inmigrantes se fascinan con Miley Cyrus o Justin Bieber tanto como sus abuelos deliraron por José Feliciano o Xavier Cugat y sus padres, por Luis Miguel o Gloria Estefan. “El sistema educativo integra de verdad y hace gringuitos”, analizó John Echevarría, ejecutivo del sello Universal, en el diario español El País: “Las nuevas generaciones prefieren hablar, escribir y escuchar en inglés”. Antes cualquier disco de Julio Iglesias vendía 2 millones de copias como si nada y hoy no llega a las 15.000: ¿se puede hablar entonces del fracaso de otra utopía latinoamericanista? En mis años como VJ de MTV fui testigo privilegiado del fenómeno efímero: la explosión de lo alterlatino y, como parte de esa ilusión que uniría la patria grande desde el Río Grande mexicano hasta el Río Grande fueguino, entregué premios a Maná y Daddy Yankee, los extremos de un frente amplio de artistas con estéticas diversas: la balada romántico-rockera y el fraseo misógino, de la mariposa traicionera al imperativo machista: “¡Dame más gasolina!”.

¿La culpa es del reggaeton? Para algunos, su éxito astronómico eclipsó otros géneros pero padeció la misma suerte que todas las estrellas fugaces: duró poco. En Miami y más al norte, 54 millones de hispanoparlantes, casi el 18 por ciento de toda la población estadounidense, hoy quiere escuchar otra cosa. En la novela Bloody Miami, Wolfe explora la grieta cultural de la Florida: “Había más emisoras de radio y televisión en español que en inglés, pero los mejores programas eran en inglés”. La música actual, los videojuegos más violentos, los sitios bien informados, el porno más sofisticado, lo último en celulares, las películas taquilleras, todo fue creado para ser consumido en inglés. Y ése es el dilema, y también la aspiración, del latino que vive en el imperio de los gringos porque, según Wolfe, “antes de que te dieras cuenta, y siempre te ocurría de pronto un buen día, ya no podías desenvolverte en español mucho más allá de sexto grado”.

Publicado en La Nación

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