El color sin nombre

De Minneapolis a Níger, “Purple Rain”, o el nuevo socialrrealismo africano.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Akounak

El título es un desafío para las lenguas trémulas: la película se llama Akounak Tedalat Taha Tazoughai. Y más allá de la insólita combinación de vocales y consonantes, es una rareza que desafía las reglas del cine mainstream: es la remake africana de un éxito de Hollywood (por lo general, sucede al revés: siempre anhelantes del furor exótico, los grandes estudios compran los derechos de películas ajenas y las filman de nuevo: los yanquis no toleran los subtítulos). Pero el día en que un cineasta estadounidense instalado en África decidió adaptar la película Purple Rain, y mudar la biopic del músico Prince desde Minneapolis hasta Níger, se organizó una pequeña revolución: el sistema de producción cultural se alteró en las vías tradicionales de circulación de los contenidos, tanto que el título impronunciable apenas podría traducirse como “lluvia de color azul con un poco de rojo incluido en él” porque, en el idioma africano tamajeq, no existe una palabra que signifique “púrpura”. 

En 1984, el estrambótico Prince protagonizó una película que estaba vagamente inspirada en sus albores como músico en la exigente escena del R&B de Minneapolis; treinta años más tarde, el director Christopher Kirkley trasladó la historia al desierto del Sahara, donde el cantante de un grupo musical llamado The Tuareg intenta imitar el pulso de Dire Straits o Jimi Hendrix, artistas venerados entre los nómades. A bordo de una moto rutera, tan icónica de la rebeldía como la Harley Davidson de Prince, el rockerito Mdou Moctar se envuelve en una túnica púrpura para librar sus batallas personales: contra una banda rival, los mandatos de su padre y las tiranías de su propio ego. La película Akounak Tedalat Taha Tazoughai, que se está exhibiendo en festivales alrededor del mundo, cambia el ambiente conservador de Minneapolis por el clima agobiante del Islam africano y en la adaptación insinúa un fenómeno de época: si es cierto que la geopolítica del entretenimiento ya no divide el mundo entre Oriente y Occidente sino entre Norte y Sur, ahora Níger, uno de los paisitos más paupérrimos, compra los derechos de un blockbuster de Hollywood y adapta la historia para su gente.

Del otro lado de la frontera y con una producción de 1.200 películas por año, Nollywood (así le dicen a la industria radicada en la vecina Nigeria, como le dicen Bollywood a la de Bombay o Kollywood a la de Kodambakkam, India, epicentro del showbiz en idioma tamil) se consolida como la segunda factoría cinematográfica del planeta después de Hollywood, por volumen e influencia: con ritmo fabril, desde allí se irradian contenidos para toda África, un aquelarre de comedias musicales y cine de súper acción con bajísimo presupuesto. Desde el principio fue un negocio de bagayeros: hace una década, los vendedores de aparatos electrónicos empezaron a producir sus propias películas para hacer más atractivas sus mercaderías. Pioneros en la organización de un negocio redondo, escribían los guiones, contrataban a los actores, filmaban las escenas, editaban las historias, las grababan en DVD y las vendían junto con los reproductores a control remoto.

Un filón en FFWW: diez años más tarde, esa industria es un monstruo que contagia sus ambiciones artísticas a los países vecinos, como Níger al norte o Camerún al sur. El continente con las democracias más jóvenes del planeta (y las dictaduras más sangrientas) ahora está envuelto en una nueva clase de gesta revolucionaria: la producción de cine. Y ahí donde el andrógino Prince pueda mutar en un tuareg con turbante como en un pase de magia, las palabras de Afolabi Adesanya, el más reconocido de todos los directores nigerianos, suenan proféticas: “Éste es el nuevo socialrrealismo africano”.

Publicado en La Nación

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