Libros XXL

Ahí donde se haya decretado la muerte el papel, son un foco de resistencia.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Books

Aun agobiado por el calor, desoigo el consejo que se le da al caminante o al viajero: ir liviano. En la mochila cargo con el libro que elegí para pasar estos días del verano: un novelón de Stephen King, ochocientas sesenta y cuatro páginas de tipografía apretada, un manchón de letritas con serif, todas pegadas unas junto a otras, sin blancos ni descansos. El mamotreto no llega a combar mi espalda (tengo las lumbares entrenadas por mi afición de corredor vocacional) pero confirma un fenómeno de época: los libros son cada vez más largos. Una investigación realizada en Inglaterra descubrió que son un 25 por ciento más extensos que hace quince años: si en 1999 el promedio de páginas era 320, en 2014 llegó a 400. La agencia londinense de marketing Verve Search analizó 2.500 títulos incluidos en las listas de best sellers del diario The New York Times y en las búsquedas de Google y así llegó a la conclusión: aunque los pronósticos agoreros se hayan apurado en anunciar el fin de la lectura, hoy se lee más que nunca.  Sigue leyendo

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Festín desnudo

Un reality plasma la obsesión por retratar (y hacer público) todo lo que comemos.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Food Porn

Perdigones dorados mechados con cerezas, chaud-froid de pollo rosado, timbal de langostinos con cinturón de carapachos rojos, Charlotte cremosa adornada con dibujos de frutas confitadas y genovesas multicolores: medio siglo antes de la invención de Instagram, Roland Barthes ya había advertido sobre una de las taras de la vida moderna: la cocina ornamental. En sus célebres Mitologías publicadas en 1957, el semiólogo francés notó que la comida mudó de sentido a seducir: del gusto a la vista en un barroco delirante, preocupado por gelatinar las superficies y abrillantar lo opaco. Si es cierto que la cocina ornamental es al alimento lo mismo que el porno al sexo (puro artificio), parece lógico que la moda actual de fotografiar lo que comemos se haya bautizado con una etiqueta inequívoca: #FoodPorn. Basta nomás con entrar ahora mismo a Instagram para comprobar el fenómeno de época: al momento de escribir esta columna, hay 75.403.131 fotos clasificadas con el hashtag que ostenta impúdicamente el plato exótico o el manjar infrecuente. El furor va de una pantalla a otra mientras la televisión anuncia el estreno de un nuevo reality: Food Porn, el primer programa nacido y criado en la red social que tiñe las fotografías con el filtro de la vida que anhelamos tener.  Sigue leyendo

La canción no es la misma

La música en español parece más cerca que nunca de la caída en los Estados Unidos.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Grammy latino

“Latinos unidos, no voten por los racistas”: embanderados detrás de un cartel, Los Tigres del Norte muestran los colmillos y el gesto tiene un solo destinatario: Donald Trump, el esperpéntico candidato que promete blindar la frontera que separa los Estados Unidos de su vecino meridional, México. Los capos de la música norteña le cantan las cuarenta y a ellos se suma el coro de artistas que visten sus galas para recibir el Grammy segmentado, un formidable caso de estudio sobre la discriminación positiva: es un premio sólo para latinos. En medio siglo de ascenso y gloria, la música en español parece más cerca que nunca de la caída en los Estados Unidos. Mientras ganan pantalla de prime time los programitas televisivos protagonizados por hispanos, el mercado musical se desinfla y en la paradoja se delata un fenómeno de época: ahí donde sólo los abuelos ven canales de aire y se aferran a sus tradiciones, los nietos consumen música pero hablan y cantan en inglés.  Sigue leyendo

El color sin nombre

De Minneapolis a Níger, “Purple Rain”, o el nuevo socialrrealismo africano.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Akounak

El título es un desafío para las lenguas trémulas: la película se llama Akounak Tedalat Taha Tazoughai. Y más allá de la insólita combinación de vocales y consonantes, es una rareza que desafía las reglas del cine mainstream: es la remake africana de un éxito de Hollywood (por lo general, sucede al revés: siempre anhelantes del furor exótico, los grandes estudios compran los derechos de películas ajenas y las filman de nuevo: los yanquis no toleran los subtítulos). Pero el día en que un cineasta estadounidense instalado en África decidió adaptar la película Purple Rain, y mudar la biopic del músico Prince desde Minneapolis hasta Níger, se organizó una pequeña revolución: el sistema de producción cultural se alteró en las vías tradicionales de circulación de los contenidos, tanto que el título impronunciable apenas podría traducirse como “lluvia de color azul con un poco de rojo incluido en él” porque, en el idioma africano tamajeq, no existe una palabra que signifique “púrpura”.  Sigue leyendo