La gran ópera espacial

El culto a la saga más taquillera de todos los tiempos no tiene fin. Al contrario: el mito crece y los números también.

Star Wars: El despertar de la Fuerza

Star Wars, niños

Alto y corpulento, tiene el porte de un caballero inglés pero la espalda está combada por el peso de los años. Es el secreto mejor guardado de la cultura popular de las últimas cuatro décadas: el hombre que puso el cuerpo a Darth Vader, el villano con estatura mítica de Star Wars. El cuerpo, no la voz, el rostro ni la destreza: a mediados de los 70, David Prowse era un fisicoculturista que probaba suerte como actor, una suerte que le era esquiva. Hasta que fue elegido para meterse adentro del terrorífico traje negro, la consumación de una fantasía sadomasoquista, con ojos de mosca, expresión de calavera y capa artúrica: el ancho de espada (láser) calzaba perfecto adentro del vinilo y resultaba intimidante, con sus dos metros de altura y 118 kilos de peso. Por su muy marcado acento británico, la producción reemplazó su voz por la del enorme James Earl Jones, que puso ese tono metálico de mariscal con enfisema; por sus continuas rebeliones en el set de filmación, se cambió su rostro por el de Sebastian Shaw, otro actor más dócil; por sus torpezas de movimientos, en las escenas de combate se lo sustituyó con Bob Anderson, un hábil esgrimista. 

Hoy, Prowse tiene ochenta años, se gana algunos dólares como atracción de feria en las convenciones de fanáticos, está peleado a muerte con la productora LucasFilms, que lo eliminó de la historia oficial, y es el protagonista de I Am Your Father, un documental que se presentó en la última edición del festival de cine fantástico de Sitges y que se propone la misión heroica: honrar la memoria del hombre detrás del personaje más amado y odiado de la galaxia. El padre de todas las batallas. En la interminable sucesión de acontecimientos que rodean el estreno de El despertar de la Fuerza, el séptimo episodio de la saga, el documental sobre Prowse se aprecia como revelador de un trauma porque esta mitología familiar que desvela a los niños eternos da la espalda al hombre que tuvo el porte para inmortalizar una frase emocionante, tan freudiana como bíblica: “Yo soy tu padre”.

Si matar al padre resume el deseo edípico inconsciente, ¿qué efecto tuvo sobre nosotros la muerte de Darth Vader, padre, héroe, villano y verdugo? Alumbrados por el fulgor de la ciencia-ficción, estamos criados bajo el imperio de una mitología galáctica que es mucho más que una serie de películas fantásticas: tal vez, el único fenómeno de la cultura popular que une en devoción a distintas generaciones. El eterno retorno de Star Wars, nunca del todo ida pero siempre volviendo, nos sumerge en un estado letárgico de nostalgia (para la referencia autobiográfica, creo recordar que El regreso del Jedi fue la primera película que mi padre me llevó a ver al cine Los Ángeles, yo aburrido por las intrigas palaciego-filiales, él fascinado acaso por lo mismo; pero el recuerdo tiene tanta certeza como esas anécdotas de sobremesa que se repiten mil veces, más inclinados hacia lo verosímil que lo verídico). “La sensación de nostalgia es casi apabullante”, escribió el diario inglés The Guardian, en lo que podría ser un nuevo (micro) género periodístico: la crítica de trailers.

El avance de El despertar de la Fuerza, que se conoció el 19 de octubre, casi dos meses antes del estreno de la película, se convirtió en un fenómeno de masas: recibió 20 millones de visualizaciones en YouTube en sólo un día, saturó los sitios de venta de entradas y en Twitter alcanzó el récord universal porque al momento de su estreno se pasó de 350 tuits por minuto sobre el tema a 17 mil: la conversación global se volvió monotemática. Lo seductor del trailer es que resulta mucho más cercano a la imaginería setentista de cartón pintado que a los mamotretos de animación digital de los años dos mil. Es eficaz en su apelación a la nostalgia, tan conmovedor como el descubrimiento fortuito de un videocasete donde grabamos unas viejas vacaciones. “Por todos esos planos de naves TIE, X-wings y del Millennium Falcon escurriéndose a través de cielos untados con láser, por el culto a Darth Vader y el nuevo protagonismo de Han Solo como vínculo con la trilogía original, parece que el director J.J. Abrams se remontara a los tempranos filmes de George Lucas en cada oportunidad”, escribió el crítico británico Ben Child: “Pero El despertar de la Fuerza tiene su propio look: los nuevos Stormtroopers tienen una apariencia más brillante, suave y parecida a una iMac”.

Ahí donde se haya dicho que Abrams es el heredero dilecto de Lucas o Steven Spielberg, los últimos directores estadounidenses que rodaron peliculones populares con interpretaciones míticas, en su primer acercamiento al culto galáctico rinde tributo a sus mayores (para la memorabilia geek, también dirigió el regreso cinematográfico de Viaje a las estrellas: caso único de artista detrás de las dos sagas espaciales hegemónicas, irreconciliablemente enemistadas). “Me criaron para hacer una sola cosa”, dice el soldado imperial Finn, que será el protagonista de la nueva película, en pleno conflicto interno que lo convertirá en héroe: “Pero no tengo nada por qué pelear”. Los traumas infantiles son el motor dramático de todas las space operas (si no, que hable Luke Skywalker, al que revelan su identidad como hijo maldito durante una pelea de vida o muerte). “¿Quién eres?”, le preguntan a la heroína Rey: “No soy nadie”, responde ella.

El conflicto de personalidad anima la fábula infantil, la novela de iniciación o el drama adulto: si Star Wars no es original en su construcción narrativa alrededor del mito (sus temas son universales: el elegido, la dama en peligro, el viaje iniciático, el talismán), actualiza el complejo hamletiano con una pátina seductora de tecnología (¡robots que parecen iMacs!) que no se ubica en un espacio ni un tiempo determinados. ¿Dónde queda esa galaxia muy, muy lejana? ¿Los hechos que cuenta la saga ocurrieron antes o sucederán después de nuestro paso por este mundo? “Probablemente la generación más joven tenga muchas más posibilidades de haber oído hablar de Luke y Leia Skywalker que de Rómulo y Remo, con lo que mencionar todos los paralelismos puede ser enriquecedor”, escribió la investigadora Susana Tosca, profesora de la Universidad de Copenhague, en el libro En torno al mito. En pleno furor galáctico, con los mandatos de la era del hiperconsumo (entradas anticipadas, estrenos maratónicos, merchandising omnipresente), que el padre lleve al hijo al cine. Y que la Fuerza lo acompañe.

El patriarca ausente

“¿Hemos llegado ya?”, pregunta el hijo al padre y eso no tendría nada de novedoso si el hijo no fuera Luke Skywalker, el padre no fuera Darth Vader y en vez de un auto no manejara una nave espacial. En su libro Darth Vader e hijo, el dibujante estadounidense Jeffrey Brown imaginó qué habría pasado si Vader hubiera ejercido la paternidad con responsabilidad y cómo sería su vínculo con un Luke de cuatro años. El cómic llegó a ser un best seller del diario The New York Times con chistes inocentones sobre la relación paterno-filial reinterpretada en clave intergaláctica: el niño juega al béisbol con un sable láser y el padre le repite que no piensa comprarle un peluche de Jar Jar Binks. Y aunque la historieta no integra de manera oficial el infinito universo expandido de la saga, ofrece una de sus más lúcidas interpretaciones: en el origen, Star Wars es una fábula familiar en la que se busca al padre, se lo encuentra y se lo niega. La parábola es tan potente que sale de la pantalla: en el documental I Am Your Father, el egomaníaco Prowse se asume como el patriarca ausente. “El documental es sencillamente un homenaje a mi trabajo, del que me siento muy orgulloso, y el reflejo de una injusticia”, dijo durante el Festival de Sitges: “Pero sospecho que la situación nunca cambiará”.

El enojo contra el actor que hizo de Darth Vader tiene motivos shakespeareanos: George Lucas, el padre intelectual de la historia, cree que Prowse filtró a la prensa la noticia bomba de la muerte de su personaje, allá lejos y hace tiempo. Nunca se lo perdonó aunque Prowse insiste que de su boca no salió ni mu. Es que Vader, en presencia y más aún en ausencia, es el disparador del trauma (y la trama) sobre la que se construye un imperio: encima del hijo se proyecta la sombra ominosa de un padre cruel que usa un casco de estética nazi y estrangula con la mente. Lo poco que se sabe de la trama de El despertar de la Fuerza es que habrá un villano llamado Kylo Ren que está obsesionado con Darth Vader: en el trailer se puede ver que conserva como trofeo su vieja escafandra chamuscada, cruza de careta samurai y casco alemán de la época de la Segunda Guerra, con el alerón en vuelo sobre la nuca. Si el destino del dictador es que tenga una tumba sin nombre para evitar la peregrinación de los fanáticos, acá el tiranuelo deja un legado encarnado en su elemento típico: la máscara.

“La épica tiene reglas y Lucas cumplió con todas, incluyendo el sacrificio del semidiós y su ascenso final al cielo”, escribió el crítico cultural español Rubén Díaz Caviedes: “Si se pregunta por qué Star Wars se convirtió pronto en la saga de películas más rentable de todos los tiempos, sepa que fue sencillamente por esto. Ni más, ni menos”. En toda epopeya, los personajes son arquetípicos: los buenos son buenos y los malos, malos. En La guerra de las galaxias, El imperio contraataca y El regreso del Jedi, las tres primeras películas de la saga, la matriz del conflicto se asienta en ese hijo sin madre y con un padre lejano y odioso, criado por unos tíos bondadosos pero ajenos (tal vez el pronóstico más auspicioso para El despertar de la Fuerza es que promete recuperar aquel espíritu odiseico original y se olvida del traspié narrativo y estético que supusieron las tres “precuelas” que se estrenaron tres décadas más tarde). “El primer Darth Vader, el verdadero, no es, y nunca fue, una bola de traumas”, concluye Díaz Caviedes: “Era un tullido, una amalgama de cicatrices. Alguien que ha vuelto de entre los muertos. El producto de una catástrofe física, no una psíquica. La víctima de quien se la infligió, que fueron los Jedi”.

En su gesta personal y guerrera, Darth Vader es un padre con múltiples heridas que proyecta su elección moral (la maldad, si es que puede decirse que él eligió) sobre la descendencia: se pasa al Lado Oscuro y maldice a su heredero. Y así, Star Wars aborda un tema universal que, con el atractivo visual de las naves espaciales, los robots cromados o los trajes estrafalarios, actualiza un dilema familiar tan antiguo como la galaxia porque todos queremos a nuestros padres pero a veces también los queremos matar.

Chicos para siempre

“El mito clásico es un producto patriarcal y aristocrático que ha llegado hasta nosotros ya purgado de sus aspectos más subversivos y contradictorios”, escribió la profesora Tosca: “Los personajes de Star Wars están mucho más presentes en la memoria colectiva actual que por ejemplo los dioses y héroes griegos; de hecho se podría decir que estas películas refieren la actuación memorable y ejemplar de unos personajes extraordinarios en un tiempo prestigioso y lejano”. Alrededor de estos mitos contemporáneos se construyen nuevos rituales y fetichismos, como ir a los estrenos disfrazados de soldados imperiales o comprar todos los juguetes que ofrezca el merchandising oficial, convirtiendo a los adultos en niños eternizados en una infancia de muñequitos articulados. Es que Star Wars nos confina a ser chicos para siempre, emocionados por el vuelo rasante del Millennium Falcon y empujados a la comprita que convierta el objeto común en reliquia mítica (yo confieso: en mi cocina conservo un vaso con tapa que replica la máscara de Darth Vader: de plástico negrísimo y pajita gruesa, lo uso como placer culposo cada vez que quiero tomar un litro de Coca-Cola con hielo).

“La película es puro escapismo”, responde George Lucas cada vez que le preguntan por el significado de su obra. Como todo creador dotado, se resiste a explicar lo que se esconde en el reverso de la trama: sin asumir que el escapismo puro es contrario a la aspiración mitológica, se aleja de la ciencia-ficción clásica que es más propensa a la alegoría política o distópica que a la tragedia familiar. Y eso es Star Wars, plagado de padres ausentes, hijos no reconocidos y hermanos desencontrados: una familia que habría hecho las delicias de Shakespeare si éste hubiera podido imaginar estrellas de la muerte más allá de castillos daneses o palacios italianos. Si el impulso dramático del culebrón tiene lo romántico como meta y lo familiar como obstáculo, en esta novelita galáctica, la ausencia/presencia del padre hace tambalear un imperio.

“La Fuerza es muy intensa en mi familia. Y mi padre la tiene. Yo la tengo. Mi hermana la tiene. Y tú también tienes ese poder”: eso se escucha en uno de los avances de El despertar de la Fuerza, que regresará a los cines en plena Navidad. Entre paisajes desérticos de reminiscencias bíblicas, cielos de un rojo imposible y viajes astrales en búsqueda de un mesías, la saga de Star Wars ya llegó a un punto de madurez en que dialoga consigo misma: “Nada se interpondrá en nuestro camino, terminaré lo que empezaste”, promete el archivillano Kylo Ren ante la máscara de Darth Vader. “Hay muchas historias sobre lo que pasó”, dice la heroína Rey. “Es todo cierto”, contesta Han Solo acompañado por el hirsuto Chewbacca, antes de enumerar lo sucedido.

Como en esas reuniones familiares donde las anécdotas se repiten en loop, La guerra de las galaxias vuelve a los cines para seguir (re) escribiendo su propio mito a través de una nueva batalla. Y no será la última (bueno, faltan por lo menos dos películas más). El mito es recursivo y ahí donde ya nos resulten ajenos Ulises, Zeus o Prometeo, la época nos habla de Vader y su hijo Luke, que en un viaje espacial no muy distinto al que cualquiera pudo haber hecho con su viejo a Mar del Plata, vuelve a pedir: “Papá, ¿me contás otra vez el cuento del caballero que se pasó al Lado Oscuro?”.

Publicado en La Nación

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