Cerebro en movimiento

El conmovedor libro de memorias de Oliver Sacks devela su figura más humana.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Oliver Sacks, En movimiento

Montado sobre una moto BMW y embutido adentro de una chaqueta de cuero, no luce la estampa atildada del científico de guardapolvo y microscopio, más bien parece uno de los machos hipersexuados del dibujante Tom of Finland: la caricatura del chongo. Es una instantánea de la juventud de Oliver Sacks, el celebérrimo neurólogo inglés que dedicó su vida a divulgar los secretos del cerebro y al que conocimos en su encarnación venerable de viejito pacífico con barba y delantal blancos. Pero este mes, la publicación de En movimiento, el conmovedor libro de memorias del médico que construyó una obra alrededor de los misterios del olvido, lo devela en su figura más humana: Sacks murió a fines de agosto de un tumor cerebral y deja una postal en blanco y negro para la posteridad donde se eterniza como un Johnny Bravo atormentado sobre una moto, con la mirada anhelante que grita en silencio: “Busco mi destino”. 

Todas las vidas, aun las de aquellos grandes hombres, están mandatadas por el conjuro de un trauma infantil: “Cuando, durante la guerra, siendo aún un niño, me mandaron a un internado, me invadió una sensación de confinamiento e impotencia y lo que más deseaba era movimiento y poder, libertad de movimiento y poderes sobrehumanos”, escribió en las primeras líneas de sus memorias. Para un adolescente inglés de la posguerra, la inquietud de una sospecha se palpaba cada vez que a la imagen mental de motos, aviones y caballos se le superponían las estampas viriles de motociclistas, pilotos y vaqueros. En la primera juventud, su madre lo echó de su casa cuando supo de su homosexualidad: “Eres una abominación, ojalá no hubieras nacido”, lo maldijo con gravedad bíblica.

Aterrado con la posibilidad de compartir el destino trágico de su compatriota Alan Turing (la castración química), Sacks emigró a la libertina California, que recorrió en moto de norte a sur, alucinando con drogas y persiguiendo la esquiva amabilidad de los extraños. Se convirtió en adicto a las anfetaminas y al ser acusado (falsamente, según siempre dijo) de haber tenido un comportamiento inapropiado con algunos pacientes se entregó al celibato… durante treinta y cinco años. Tímido y solitario, cuando no estaba en el consultorio mataba el tiempo entre máquinas: las del gimnasio y la de escribir. En libros fascinantes repletos de insólitos casos psiquiátricos pudo desentrañar algunos misterios de la mente pero también del corazón. Y si la ciencia fue para él tan apasionante como la literatura, acaso haya sido el autor clínico que mejor interpretó las coordenadas de la época: divulgación y emoción, sensatez y sentimientos.

La exigencia del movimiento fue el combustible para Sacks, que recién pisó el freno a los 75 cuando conoció al escritor Billy Hayes y encontró lo que había perseguido toda la vida: el amor verdadero. Ahí donde el deseo sexual y el ideal romántico sean los motores más poderosos para la experiencia vital, Sacks hizo de ellos los mojones de una carrera que parecía interminable, pero finalmente llegó a destino: murió a los 82 años, algunos meses después de haber publicado una conmovedora carta abierta donde se proponía vivir sus últimos días de la manera más rica, profunda y productiva. Dejó como herencia esta confesión íntima, que es una obra vital. Anciano y enfermo, aplicó su astucia analítica al escrutinio de su propio pasado. Y pudo reconocerse en la imagen lejana de aquel motoquero musculoso e introvertido cuando eligió al filósofo Kierkegaard para empezar su último libro, con la frase que resume la paradoja irónica de la existencia: “La vida hay que vivirla hacia delante, pero sólo se puede comprender hacia atrás”.

Publicado en La Nación

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