La voz de la calle

El millonario Peter Barbey busca salvar un semanario alternativo que no tuvo reflejos.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Village VoiceParece el no-va-más de la modernidad, pero el término hipster existe desde hace sesenta años: a mediados de los 50, Norman Mailer, el macho alfa de los escritores, publicó su libro El negro blanco, donde el hipster se consagró como una figura de la subcultura blanca, desesperada por alejarse de los estereotipos suburbanos del rubio promedio y ansiosa por adquirir algo del exotismo, la violencia y el atractivo sexual del negro. Fascinado por el halo seductor de “lo alternativo”, Mailer fundó The Village Voice, el más legendario de todos los periódicos contraculturales, nacido cuando era necesario hacer oír una voz en lo que todavía era un barrio (el Greenwich Village de Nueva York) ocupado por artistas, locos y revolucionarios. Ahora, un multimillonario del rubro textil compró el semanario gratuito y, en la operación, se advierte un síntoma de época: en la era del hiperconsumo, el capitalismo artístico avanza sobre la contracultura con la promesa de salvarla o, por lo menos, convertirla en otra cosa. 

A los 58 años, Peter Barbey es el dueño de las marcas de ropa Nautica, Wrangler y Timberland, entre otras, y con su patrimonio de 6 mil millones de dólares ocupa el muy venerable puesto número 48 del ranking Forbes de las familias yanquis más ricas. Pero como un magnate fijado en el recuerdo obsesivo de un trineo infantil, sólo anhelaba una cosa: el periódico alternativo que leía en los 70, cuando era estudiante (la vida supera a la fábula cinematográfica: a diferencia del ciudadano Kane, desvelado hasta el final con su objeto-talismán, Barbey pudo comprar su capricho). Todos los miércoles, el Voice reparte 65 mil ejemplares en las esquinas neoyorquinas (eran 200 mil hace diez años) y sus páginas en papel de diario de formato tabloide manchan los dedos con una receta periodística que celebra la mezcla: los textos de sus mejores autores (Jonas Mekas, Andrew Sarris, Michael Musto o Jerry Saltz) conviven con los avisos agrupados de prostitutas y glory holes, en una síntesis ajustada de lo que ofrece el barrio que albergó a los poetas de la generación beat, las primeras grabaciones de Bob Dylan o las revueltas por los derechos civiles.

“Uno de los mayores problemas de los medios es la falta de atención a los contenidos”, se lamentó Barbey, que prometió devolver el periódico a un lugar de privilegio en el debate cultural y que se suma a lista de millonarios que se proponen salvar medios agónicos, como Jeff Bezos, el dueño de Amazon, que adquirió The Washington Post o Jared Kushner, el yerno de Donald Trump, que se hizo con The New York Observer (en los fantasmagóricos años 90 de acá, Amalita Fortabat compró el centenario La Prensa y contrató a un editor retirado para repetir el éxito de Clarín en los 80: no pudo). Las aventuras periodísticas son más románticas que financieras y suelen terminar con dueños en fuga y empleados perdidosos: cada vez más, la cultura se entiende como una mercancía entre otras, como una inversión de la que se espera una rentabilidad alta.

“Estaría loco al comprarlo si no creyera en él”, dijo Barbey al sitio Politico, que describió la misión de rescatar el semanario como “hercúlea”. El Voice se quedó afónico porque no tuvo reflejos para resistir la competencia digital y la idea de contracultura pasó de moda. Los hipsters originales fueron asimilados por el mercado y reemplazados por réplicas que apenas acumulan atributos externos para el estereotipo: la barba, el chupín o el tatuaje. Ahí donde ya nadie aliente la posibilidad de una revolución cultural en las calles de un barrio copado por la especulación inmobiliaria, parece difícil que haya una última oportunidad para un periódico en papel que aún quiera poner las cosas en negro sobre blanco.

Publicado en La Nación

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