Motores fundidos

¿Qué pasó con la pujante Detroit? Postales apocalípticas de la que supo ser la gran ciudad industrial.

Souvenir: recuerdos de viajes

Detropia

Entre los vidrios rotos, los neumáticos quemados, los ladrillos partidos, los marcos sin puertas, las baldosas ajadas, las paredes agrietadas, los cascotes polvorientos, los vientos glaciales, los edificios vacíos, las lámparas apagadas, los motores fundidos, las botellas tiradas, los escombros enormes, se levanta un jardín. Podría ser poético, a la manera de la poesía de los fotógrafos de guerra que inmortalizan una flor que sobrevive en el holocausto, sino fuera casi cínico que ahí, en pleno centro de Detroit, los jefes municipales hayan decidido ocupar los baldíos con granjas: el contraste entre el cemento y las plantas es brutal y hace más desolador el vacío. 

En la antigua motor city, cuna de las automotrices que forjaron la potencia industrial estadounidense, el gran sueño americano se convierte en pesadilla. Al calor de los motores, en 1930 era la ciudad que crecía más rápido en todo el mundo y hoy es la que más rápido se achica. Los números son abrumadores: desde la década del 60 perdió más de la mitad de la población (eran casi 2 millones, hoy quedan 700 mil), tiene un 50 por ciento de desempleo, un 40 por ciento de analfabetismo, la criminalidad está descontrolada. Y si antes el mañana se anunciaba venturoso para la gran fábrica del planeta, este presente cruel acuña el neologismo “detropía” para rebautizar a Detroit en su cruza con “distopía”: según la definición, “una sociedad con un futuro indeseable”.

Los vientos helados que llegan desde los Grandes Lagos me cortan la cara en esta ciudad de las últimas cosas donde todo se anuncia definitivo. La basura y los papeles se arremolinan con cada ráfaga y el visitante fantasioso en comisión laboral (ya no vienen turistas) sospecha entre los harapos a un zombie famélico o un sobreviviente del exterminio nuclear. Pero apenas es un tipo sin trabajo que mata la tarde con una botella escondida en una bolsa de papel. Cuando cerraron las fábricas de autopartes y mudaron su producción a México o China, cerraron los barrios. Una legión de desempleados inició su larga marcha hacia el sur, en búsqueda de climas más benignos. Abrigados con cartones en estas temperaturas bajo cero, los que se quedaron contribuyen a la imagen antiutópica del centro espectral, a orillas del río Detroit: del otro lado del agua relucen los cromados brillantes y los vidrios espejados de Ontario, Canadá, y algún aventurado se compara con el cubano que cruza el Caribe en bote o el sirio que patalea por el Mediterráneo.

Para la estadística, un récord infame: otro año más Detroit es distinguida como “la ciudad más peligrosa de los Estados Unidos”. Mi afán de exploración urbana termina con la tarde: en el anochecer prematuro empiezan a ulular las sirenas y sugieren que me resguarde en la seguridad climatizada del hotel. Si es cierto que la casualidad reina en la anarquía, por azar me topo con una de esas granjas municipales que pretenden disimular los baldíos: en el vergel helado, todavía no crece ni una flor.

Publicado en Brando

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