Desobediencia digital

Mr. Robot, la mejor serie de la temporada, estimula la paranoia de una época saturada de conectividad.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Mr Robot

“Apuesto a que algún guionista está trabajando en una serie de televisión que combina todas las ideas de la cultura hacker de esta generación”: en voz alta y con plena autoconciencia, el protagonista piensa sobre la conveniencia de rodar una serie sobre los abusos de la tecnología y uno, que es escéptico pero más que nada paranoico, a menos que no sea paranoia si de verdad te están vigilando todo el día, se pregunta hasta dónde se cruzan la realidad y la ficción. Convencido de que lo persiguen, Elliot Alderson es el protagonista de Mr. Robot, la serie que se estrena este mes en el canal Space y que definitivamente es la mejor del año. Con ojeras profundísimas, derivadas de sus graves problemas para dormir y del consumo espasmódico de morfina, Elliot es incapaz de relacionarse con otras personas pero hace ingeniería social en las computadoras: analiza perfiles de usuarios para deducir sus contraseñas y hackear sus correos electrónicos, sus historiales de navegación o sus cuentas bancarias. Si las grandes corporaciones usan algoritmos para deducir estos datos, Elliot se vale de su astucia y, al filo de la ley, plantea un dilema moral que resume una sospecha de la época: Internet no es buena. 

O, por lo menos, no es solamente buena. En Mr. Robot, una gigantesca multinacional conocida como Evil Corp. recopila terabytes de información de sus usuarios para saber qué buscan, qué leen, qué compran o qué pornografía miran como una manera de ejercer el control, en una distopía del presente con gobiernos corruptos, o inútiles, y sus amos corporativos. Cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia. Con semejante control de los datos que vamos dejando a nuestro paso por Internet, como miguitas en el paseo inocentón de Hansel y Gretel, la ominosa pesadilla orwelliana se transforma en profecía autocumplida: cada vez que usamos un teléfono o una computadora, somos vigilados. Toneladas de nuestros datos se amontonan en servidores protegidos como búnkeres nucleares y aquel que tenga las respuestas a las preguntas que tipeamos en los buscadores será el próximo dueño del mundo.

¿Me siento con suerte? La ira contra un sistema económico abusivo, donde las personas valen según cuánto produzcan, está en el ADN del hacktivismo (el acrónimo entre hacker y activismo) y fue la inspiración para Sam Esmail, el creador de la serie de diez episodios que combina todas las ideas sobre la cultura hacker. “Al final del día, lo único que hace falta es una computadora, wi-fi y una persona apasionada para hacer una diferencia en el mundo”, dijo a la revista Motherboard, que compara Mr. Robot con lo que pasaría si Bruce Wayne abandonara Ciudad Gótica y se mudara a Silicon Valley. La serie se retuerce en una paradoja y de ahí surge la fascinación que provoca su trama de hackers antisociales: la forma moderna de activismo exige acciones ilegales para alcanzar un objetivo justo. Según Esmail, “muchos de los cambios más importantes de la historia de la Humanidad surgieron de la decisión de romper leyes consideradas injustas”.

Y aquí, el cerebro de la serie que estimula la paranoia de una época saturada de computadoras y módems inalámbricos, y donde la conexión a Internet se devela como uno de los más vitales derechos humanos, cita a Henry David Thoreau, el pensador libertario de las ideas proféticas. En el siglo XIX, se apartó de la sociedad, exigió que el gobierno no tenga más poder que el que los ciudadanos quisieran concederle y se recluyó en una cabaña en medio del bosque en rebelión contra el sistema: “La desobediencia civil es, en muchos casos, el único camino hacia la justicia”, dijo. Aun sin teléfonos inteligentes ni redes sociales, Thoreau anhelaba la libertad. Quería estar, más que nada: desconectado.

Publicado en La Nación

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