La voz de la calle

El millonario Peter Barbey busca salvar un semanario alternativo que no tuvo reflejos.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Village VoiceParece el no-va-más de la modernidad, pero el término hipster existe desde hace sesenta años: a mediados de los 50, Norman Mailer, el macho alfa de los escritores, publicó su libro El negro blanco, donde el hipster se consagró como una figura de la subcultura blanca, desesperada por alejarse de los estereotipos suburbanos del rubio promedio y ansiosa por adquirir algo del exotismo, la violencia y el atractivo sexual del negro. Fascinado por el halo seductor de “lo alternativo”, Mailer fundó The Village Voice, el más legendario de todos los periódicos contraculturales, nacido cuando era necesario hacer oír una voz en lo que todavía era un barrio (el Greenwich Village de Nueva York) ocupado por artistas, locos y revolucionarios. Ahora, un multimillonario del rubro textil compró el semanario gratuito y, en la operación, se advierte un síntoma de época: en la era del hiperconsumo, el capitalismo artístico avanza sobre la contracultura con la promesa de salvarla o, por lo menos, convertirla en otra cosa.  Sigue leyendo

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El chico de la guerra

Crónica de un niño artista que deslumbra en la gran pantalla con “Beasts of No Nation”.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Beasts of No Nation

“No soy un chico de la calle”: en sus primeras entrevistas con los medios internacionales, a Abraham Attah le importa que una sola cosa quede bien clara. Es algo que escuchó por ahí durante el festival de cine de Venecia, lo peor que le pueden decir a un actor novel o veterano: que hace de sí mismo. Con catorce años desgarbados que parecen algunos menos, Attah es el extraordinario protagonista de Beasts of No Nation, la película más estremecedora de la temporada, donde interpreta a Agu, un pibe que queda en la calle cuando su familia es masacrada en la guerra civil de un paisito africano y entonces es reclutado para luchar en un ejército de rebeldes liderado por el carismático y venal Comandante, que tiene el porte regio y la mirada turbia del actor Idris Elba. En una elipsis de violencia alucinógena, el niño asustado se convierte en asesino de miedo: aunque le cuesta cargar el peso del machete, mata a un hombre a hachazos.  Sigue leyendo

Motores fundidos

¿Qué pasó con la pujante Detroit? Postales apocalípticas de la que supo ser la gran ciudad industrial.

Souvenir: recuerdos de viajes

Detropia

Entre los vidrios rotos, los neumáticos quemados, los ladrillos partidos, los marcos sin puertas, las baldosas ajadas, las paredes agrietadas, los cascotes polvorientos, los vientos glaciales, los edificios vacíos, las lámparas apagadas, los motores fundidos, las botellas tiradas, los escombros enormes, se levanta un jardín. Podría ser poético, a la manera de la poesía de los fotógrafos de guerra que inmortalizan una flor que sobrevive en el holocausto, sino fuera casi cínico que ahí, en pleno centro de Detroit, los jefes municipales hayan decidido ocupar los baldíos con granjas: el contraste entre el cemento y las plantas es brutal y hace más desolador el vacío.  Sigue leyendo

Vestidos de pena

Los marginados que, en su literatura, Luis Negrón redime con humor y ternura.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Luis Negron

“Mera, acho esto está brutal, papi. Con aire y to”: si existiera un diccionario puertorriqueño-español (que no lo existe porque en la islita caribeña oficialmente se habla la lengua de Manuel Puig o Pedro Lemebel), la traducción explicaría que se trata del agradecimiento de un boricua a otro por las condiciones en que le alquila una pieza, con aire acondicionado y todo. Así hablan los personajes de Mundo cruel, el librito de Luis Negrón que acaba de publicarse acá y es el pequeño acontecimiento literario de la época: con la voz de la calle, once cuentos de realismo sucio latinoamericano que combinan espiritualidad y pecado. Si es cierto que la gracia y la inteligencia son armas muy poderosas contra la crueldad del mundo, los desviados de Negrón las usan para enfrentar los mismos hostigamientos de cualquiera que haya sido insultado o golpeado por tener un deseo diverso. El rechazo es idéntico aunque las palabras sean diferentes; allá, bugarrón para el que ofrece amor por dinero o pato, no tan distinta de la que se grita acá al que incurre en pecado nefando: apenas habrá que cambiar la segunda vocal por otra. 
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Rima santa

Un gospel áspero que se canta en ambos lados de la delgada línea entre Israel y Palestina.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Holy Land

¿El rap puede lograr que llegue el Mesías? La pregunta resuena en la cabeza del pibe al que le enseñaron a odiar a su vecino y que encuentra en el ritmo machacante de las rimas, todo pum pum pum, una manera de asordinar el ruido de las bombas que le caen cerca. En el polvorín del planeta, el rap es cosa de vida o muerte. Y si pudo ser una expresión de furia callejera o un integrador social en el Bronx o en Fuerte Apache (nota mental: incorporar a mi playlist el Rap del monoblock con fines antropológico-musicales), en la difusa frontera entre Israel y Palestina es testimonio de un conflicto eterno: “¿Cómo podemos coexistir si uno de los dos lados ni siquiera existe?”, dice el rapero Tamer Nafar como réplica a la fundación Coexist que promueve el popstar bienintencionado Bono y la pregunta queda en el aire. Es uno de los (muchos) momentos incómodos de Holy Land, el documental de la revista Vice que conduce el inglesito Mike Skinner, el inspirado cronista social que estuvo al frente de la banda The Streets. En seis episodios colgados en YouTube, la tierra santa alumbra el fenómeno de época: un gospel áspero que se canta en ambos lados de la delgada línea roja. 
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Desobediencia digital

Mr. Robot, la mejor serie de la temporada, estimula la paranoia de una época saturada de conectividad.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Mr Robot

“Apuesto a que algún guionista está trabajando en una serie de televisión que combina todas las ideas de la cultura hacker de esta generación”: en voz alta y con plena autoconciencia, el protagonista piensa sobre la conveniencia de rodar una serie sobre los abusos de la tecnología y uno, que es escéptico pero más que nada paranoico, a menos que no sea paranoia si de verdad te están vigilando todo el día, se pregunta hasta dónde se cruzan la realidad y la ficción. Convencido de que lo persiguen, Elliot Alderson es el protagonista de Mr. Robot, la serie que se estrena este mes en el canal Space y que definitivamente es la mejor del año. Con ojeras profundísimas, derivadas de sus graves problemas para dormir y del consumo espasmódico de morfina, Elliot es incapaz de relacionarse con otras personas pero hace ingeniería social en las computadoras: analiza perfiles de usuarios para deducir sus contraseñas y hackear sus correos electrónicos, sus historiales de navegación o sus cuentas bancarias. Si las grandes corporaciones usan algoritmos para deducir estos datos, Elliot se vale de su astucia y, al filo de la ley, plantea un dilema moral que resume una sospecha de la época: Internet no es buena. 
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