Octubre eterno

Nostalgia del pasado soviético y las marcas del triunfo del capitalismo a los pies de Lenin.

Souvenir: recuerdos de Moscú

Lenin

La piel cerúlea es la de un muñeco: cuesta creer que ese chirolita de barba perilla haya sido el gran revolucionario. Derribado de su pedestal, posa embalsamado detrás de un vidrio blindado en el mausoleo de la Plaza Roja, junto a las paredes del Kremlin. Está acostado ahí desde 1924, inmóvil en su sueño eterno (menos los 1360 días de la Segunda Guerra Mundial en que fue trasladado a Siberia, para evitar el riesgo de que cayera en manos enemigas) y la inmortalidad lo encuentra vestido igual que en las estampitas comunistas: traje negro, camisa blanca de cuello almidonado y corbata al tono. “¡Move, move!”, grita un urso ruso: el soldado de fusil en mano balbucea un inglés elemental para indicar al turista que se mueva, que no puede detenerse delante del líder momificado, que debe mirarlo al paso. Si es cierto que Rusia es un país genial para los acontecimientos históricos pero en el que nunca existirá una vida normal, las filas de japoneses con cámaras de fotos hacen del mausoleo un mamotreto delirante: una Disneylandia fantasmal del comunismo. 

Formol traicionero: se dice que los cuerpos embalsamados se mantienen incorruptibles por los siglos de los siglos aunque reducidos en tamaño. Este Lenin no mide más de metro y medio. Impactado por la visión del cuerpito enjuto, apenas una réplica liliputiense del estadista de estatura mítica, salgo a la luz cegadora de la Plaza Roja, una explanada de adoquines sin bancos ni árboles. Salvo las estaciones de subte, que son palacios bajo tierra, Moscú es una ciudad áspera que no ofrece remanso al paseante. Se va de un lado a otro sin descansos. Y por allá veo que se acerca un rejunte de viejitos con ropas modestas y actitud altiva: es la marcha que se repite día tras día, con una mezcla de dignidad y absurdo, la peregrinación de los que piden el regreso de la Unión Soviética, bandera roja, hoz y martillo en mano. “En el pasado se vivía mal, se rezongaba en silencio, pero así y todo estaban mundialmente orgullosos”, escribió Emmanuel Carrère en su libro Limónov, la biografía novelada del revolucionario trasnochado: “De Gagarin, del Sputnik, del poder del ejército, de la extensión del imperio, de una sociedad más justa que la occidental”.

Ausente del reclamo, Lenin duerme el sueño de los justos. Enfrente de su mausoleo se levantan las tiendas GUM, que antes fueron los grandes almacenes estatales donde los moscovitas obtenían su ración de pan, leche y vodka, y que hoy es uno de los shoppings más lujosos del mundo. La parábola es cruel. En la planta baja, la tienda Gastronom Nº1 vende queso francés, vino californiano y mango tailandés pero reserva una góndola a la ostalgie, como llaman a la nostalgia por el comunismo: en sus envases originales, las sardinas y los pepinos tal como se vendían en la Unión Soviética. Con gesto agrio, los viejos dan una vuelta a la plaza, se van por donde llegaron y guardan la bandera. Mañana será otro día pero siempre es octubre. Good bye, Lenin.

Publicado en Brando

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