El original y la copia

Al rescate de Jack Smith: un defensor del arte robable cuyas obras de código abierto estimularon el remix.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Jack Smith

“Es la única persona a la que copiaría”: hace años, Andy Warhol, el rey de la copia como forma auténtica del arte, reconoció a Jack Smith como el hombre al que le robaría una idea. Pero si todos sabemos quién fue Warhol, ¿por qué nadie sabe quién fue Smith? Criado en la Texas palurda de los años 40, allí filmó su primera peliculita casera, Buzzards over Baghdad. Los buitres que acechaban la ciudad de las mil y una noches eran mamotretos de cartón pintado y en esa fantasía alucinada se fundaba el cine contracultural norteamericano, que lo tuvo como creador máximo. “Fue el único director underground auténtico”, dijo John Waters y Laurie Anderson lo distinguió como “el padrino del arte performático”. Cuando se mudó a Nueva York en 1953, con 21 años y una cámara como modesto equipaje, realizó películas de presupuesto cero que los estudios culturales después definirían como las bases de los géneros camp y trash, repletas de una imaginería delirante. Momias, sirenas y drag queens, mezcladas en un revoltijo que reconocía como influencias la adoración por las estrellas kitsch del Hollywood clase B, las nociones básicas del orientalismo y la exploración de las drogas alucinógenas. Pero Smith murió en 1989, por una neumonía derivada del sida. Y nadie lo recuerda. Hasta ahora. Después de interminables disputas sobre su legado, que enemistaron a hermana y amigos durante las últimas dos décadas, algunos artistas neoyorquinos se proponen exhumar su obra porque su filosofía plantea un debate de esta época: a quién pertenece la propiedad del arte. 

“STEALABLE ART!!!”: en mayúsculas y con triple signo de exclamación, su manifiesto sobre el “arte robable” fue un libelo mimeografiado que circuló por las calles sesentistas de Chelsea y el Greenwich Village como declaración de su pensamiento anticapitalista que se oponía a la tiranía de lo que llamaba “feudalismo”. Para Smith, ponerle precio al arte era algo inmoral. Y dedicaba buena parte de su tiempo a combatir “la procesión de vampiros que persiguen el provecho y la abundancia propios” (marchants, galeristas y representantes). El valor estaba en lo irrepetible de sus intervenciones, como aquella vez que hizo un piquete en el MoMA como un hombre-sándwich, apenas vestido con un cartel que exigía “demuelan los museos”. A diferencia de Warhol y Waters, que fueron sus más exitosos admiradores, Smith no creía que una manifestación artística pudiera derivarse de su condición sexual: era gay y punto. Pero estaba preocupado por su legado, tanto que guardó todos los objetos de su producción (hasta las servilletas donde dibujó algún garabato) y que sus amigos, temerosos de que su hermana texana pudiera tirarlos, escondieron en un galpón industrial… hasta hoy. “Mi mayor asombro, al conocer la vida de alguien tan iconoclasta y que desconfiaba del sistema, es que guardó cualquier chatarra”, dijo la galerista Barbara Gladstone, que compró todo el archivo de Smith, a la revista The New Yorker, también embarcada en la gesta de recuperar su memoria: “Si no le hubiera importado la posteridad, ¡habría tirado todo!”.

Años antes de los debates sobre el software libre y la piratería, ya no como flagelo comercial sino intelectual, Smith fue revulsivo: sus obras de código abierto estimularon la copia y el remix. Sin descendencia, animó a sus discípulos a imitar, repetir y repartir su arte, como una manera de asegurar una trascendencia liberada de copyrights y contratos. Ése fue su propio aleph engordado. Y mientras el mundo aún desconoce su nombre, una pequeña pero irreductible cofradía de sobrevivientes del under se propone difundir su legado original porque, como dijo Susan Sontag, la suya “fue una rara y moderna forma de arte”.

Publicado en La Nación

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