Memorias de videoclub

Aquellos tiempos entre cajitas de plástico y estrictas órdenes de rebobinar el VHS.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

I Lost at the Video Store

“En 1985, el dueño me preguntó si quería trabajar ahí. Él no sabía que me estaba salvando la vida”. En su mitología personal, el videoclub donde Quentin Tarantino trabajó durante tres años fue galvánico: el atracón compulsivo de cientos (¡miles!) de aventuras clase B y películas porno creó el chispazo que lo convirtió en director. Si es cierto que el videoclub fue para los cineastas lo mismo que las bibliotecas son para los escritores, la tradición oral agiganta la influencia en la cultura popular de esos reductos cinéfilos que el streaming volvió obsoletos. El libro I Lost It at the Video Store, recién publicado en los Estados Unidos, recuerda lo que se perdió: el encanto analógico de una época de sexo, mentiras y video. El periodista Tom Roston compiló el folklore de aquella era desaparecida, con entrevistas a directores célebres que se formaron entre cajitas de plástico y estrictas órdenes de rebobinar las cintas: entre ellos, Kevin Smith, John Sayles, Darren Aronofsky, David O. Russell o Tarantino, a quien el videoclub le dio un sueldo fijo, una rutina previsible y la autoconfianza suficiente para realizar sus propias películas: “Sin ese trabajo, jamás habría filmado Perros de la calle”. 

RRWW. Como un pariente evolucionado del casete de audio, el VHS fue lanzado al mercado en 1976 por la empresa japonesa JVC y, a principios de los 80, abrieron los videoclubes: por la cuota módica de un alquiler, uno podía ver en su casa El séptimo sello o Garganta profunda, sin aventurarse a la cinemateca o el antro para valijeros. El espectador se transformó en consumidor. Y por primera vez, aquel con ansias de formación, dispuso de un catálogo tan universal como esperpéntico (yo tenía un hábito que completó mi educación escolarizada: todos los días, a la salida del colegio, alquilaba una película en el gigantesco videoclub de la cadena chilena Errol’s sobre la avenida Triunvirato; así descubrí de adolescente a Hitchcock y a Ed Wood, a David Lynch y el blaxploitation de los 70). Antes de la big data, y la abrumadora compilación de información personal que se genera cada vez que escribimos algo en Google, hubo otro tipo de buscador: el empleado que trazaba un mapa mental con las preferencias del cliente-espectador y, en consecuencia, sugería o desaconsejaba. “El arte del descubrimiento que el videoclub inspiraba, a través de la cuidadosa curaduría de sus empleados, fue el fértil y a veces fétido suelo sobre el que se levanta el cine actual”, escribió Roston. Allí se inauguró la distinción comercial entre géneros (con góndolas de acción y comedia siempre enfrentadas) y se animó la exploración del mirón: como Errol’s, y después Blockbuster, no tenían sección de películas condicionadas, el pequeño negocio barrial hacía del cine XXX una ventaja comparativa. Siempre confinado a los bajos fondos del local, el porno en VHS delataba qué escenas alcanzaban el clímax: aquellas donde la cinta estaba más gastada.

FFWW. “Uno termina conociendo el gusto de los demás”, dice Tarantino en I Lost It at the Video Store: “Pero después de tres años, era un verdadero lastre poner películas de otros en manos de la gente. Necesitaba reconectarme con mi ambición”. Los estudios culturales debían un homenaje al empleado de videoclub, aquel hombre de neanderthal del algoritmo impersonal con el que Netflix recomienda que veas Tiempos violentos si te gustó Taxi Driver. La revolución del VHS fue el caldo de cultivo para el cine independiente y si en horas de trabajo Kevin Smith llegó a ver cuarenta y seis veces Terciopelo azul, su futuro como cineasta de culto tuvo más el peso de lo inevitable que la certeza de la voluntad: “Yo no quería ser director”, dice ahora, veinte años después de su debut: “Sólo quería trabajar en un videoclub”.

Publicado en La Nación

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