Octubre eterno

Nostalgia del pasado soviético y las marcas del triunfo del capitalismo a los pies de Lenin.

Souvenir: recuerdos de Moscú

Lenin

La piel cerúlea es la de un muñeco: cuesta creer que ese chirolita de barba perilla haya sido el gran revolucionario. Derribado de su pedestal, posa embalsamado detrás de un vidrio blindado en el mausoleo de la Plaza Roja, junto a las paredes del Kremlin. Está acostado ahí desde 1924, inmóvil en su sueño eterno (menos los 1360 días de la Segunda Guerra Mundial en que fue trasladado a Siberia, para evitar el riesgo de que cayera en manos enemigas) y la inmortalidad lo encuentra vestido igual que en las estampitas comunistas: traje negro, camisa blanca de cuello almidonado y corbata al tono. “¡Move, move!”, grita un urso ruso: el soldado de fusil en mano balbucea un inglés elemental para indicar al turista que se mueva, que no puede detenerse delante del líder momificado, que debe mirarlo al paso. Si es cierto que Rusia es un país genial para los acontecimientos históricos pero en el que nunca existirá una vida normal, las filas de japoneses con cámaras de fotos hacen del mausoleo un mamotreto delirante: una Disneylandia fantasmal del comunismo.  Sigue leyendo

Ábrete, Sésamo

Los chicos de Medio Oriente vuelven a ser educados por títeres Made in USA.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Plaza Sésamo árabe

Siempre hambriento, el peludo Elmo ahora come falafel: la albondiguita de garbanzos es el nuevo manjar del títere con lombriz solitaria. Junto al cejijunto Beto y el plumífero Abelardo, desde la serie Plaza Sésamo es uno de los grandes educadores televisivos de los niños occidentales pero también enseña letras y números en la región donde se pulieron las matemáticas: en estos días volvió a emitirse Iftah Ya Simsim, la versión para Medio Oriente del programa didáctico nacido y criado en los Estados Unidos. Si es cierto que la tele educa y entretiene, los pibes del Golfo Pérsico se formarán y se reirán frente a la pantalla plana, en una nueva batalla de la guerra por el soft power, el poder blando que no disputa barriles de petróleo ni kilómetros de fronteras sino la patria potestad de los contenidos culturales. Y aunque Elmo, Beto y Abelardo estén acompañados por personajes con color local, como el camello No’maan y el loro Melsoon, en esta plaza se juega el nuevo orden mundial. En el TEG de la época, los yanquis buscan ocupar territorios de una zona hostil: los televisores árabes. 
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El original y la copia

Al rescate de Jack Smith: un defensor del arte robable cuyas obras de código abierto estimularon el remix.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Jack Smith

“Es la única persona a la que copiaría”: hace años, Andy Warhol, el rey de la copia como forma auténtica del arte, reconoció a Jack Smith como el hombre al que le robaría una idea. Pero si todos sabemos quién fue Warhol, ¿por qué nadie sabe quién fue Smith? Criado en la Texas palurda de los años 40, allí filmó su primera peliculita casera, Buzzards over Baghdad. Los buitres que acechaban la ciudad de las mil y una noches eran mamotretos de cartón pintado y en esa fantasía alucinada se fundaba el cine contracultural norteamericano, que lo tuvo como creador máximo. “Fue el único director underground auténtico”, dijo John Waters y Laurie Anderson lo distinguió como “el padrino del arte performático”. Cuando se mudó a Nueva York en 1953, con 21 años y una cámara como modesto equipaje, realizó películas de presupuesto cero que los estudios culturales después definirían como las bases de los géneros camp y trash, repletas de una imaginería delirante. Momias, sirenas y drag queens, mezcladas en un revoltijo que reconocía como influencias la adoración por las estrellas kitsch del Hollywood clase B, las nociones básicas del orientalismo y la exploración de las drogas alucinógenas. Pero Smith murió en 1989, por una neumonía derivada del sida. Y nadie lo recuerda. Hasta ahora. Después de interminables disputas sobre su legado, que enemistaron a hermana y amigos durante las últimas dos décadas, algunos artistas neoyorquinos se proponen exhumar su obra porque su filosofía plantea un debate de esta época: a quién pertenece la propiedad del arte.  Sigue leyendo

Memorias de videoclub

Aquellos tiempos entre cajitas de plástico y estrictas órdenes de rebobinar el VHS.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

I Lost at the Video Store

“En 1985, el dueño me preguntó si quería trabajar ahí. Él no sabía que me estaba salvando la vida”. En su mitología personal, el videoclub donde Quentin Tarantino trabajó durante tres años fue galvánico: el atracón compulsivo de cientos (¡miles!) de aventuras clase B y películas porno creó el chispazo que lo convirtió en director. Si es cierto que el videoclub fue para los cineastas lo mismo que las bibliotecas son para los escritores, la tradición oral agiganta la influencia en la cultura popular de esos reductos cinéfilos que el streaming volvió obsoletos. El libro I Lost It at the Video Store, recién publicado en los Estados Unidos, recuerda lo que se perdió: el encanto analógico de una época de sexo, mentiras y video. El periodista Tom Roston compiló el folklore de aquella era desaparecida, con entrevistas a directores célebres que se formaron entre cajitas de plástico y estrictas órdenes de rebobinar las cintas: entre ellos, Kevin Smith, John Sayles, Darren Aronofsky, David O. Russell o Tarantino, a quien el videoclub le dio un sueldo fijo, una rutina previsible y la autoconfianza suficiente para realizar sus propias películas: “Sin ese trabajo, jamás habría filmado Perros de la calle”.  Sigue leyendo

Cómo se dice gay en chino

Los censores aprobaron la primera película sobre un romance entre dos hombres.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Seek McCartney

Una palabra define el orgullo gay chino: tongzhi. Perdido en la traducción del idioma simplificado, es el término que significa “camarada” en el viejo argot comunista del Ejército Popular. Pero en los últimos años, el sustantivo común que describe a la persona con la que se comparten ideas, experiencias o una visión del mundo fue apropiado por las minorías sexuales: hoy, tongzhi se interpreta como “soy gay y estoy orgulloso de serlo”. La palabra se imprime en camisetas y banderas sobre los colores del arco iris, en trémulas manifestaciones públicas que desafían la reprobación social y la represión gubernamental. Pero si la homosexualidad fue despenalizada en China en 1997, aunque hasta el año pasado la reconversión sexual por hipnosis o electroshock estaba permitida por ley, recién ahora la revolución gay se insinúa como un fenómeno de época en el dragón asiático: los rígidos censores chinos aprobaron la primera película sobre un romance entre dos hombres. 
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