Queso amargo

Un domingo en un pueblo suizo y una pintada que destroza el mito de su neutralidad. El racismo acecha.

Souvenir: recuerdos de Suiza

“México manda su gente, pero no manda lo mejor. Están trayendo drogadictos, criminales y violadores”: el millonario de peluquín ridículo escupe su brulote delante de cada micrófono y ahí donde uno piense que no puede decirse nada más piantavotos, la encuesta confirma lo contrario: el magnate racista podría ser el sucesor del primer presidente negro de los Estados Unidos. Los bienpensantes se horrorizan y yo recuerdo un viaje reciente a Suiza, adonde aterricé un domingo a la tarde de fines de un verano: absolutamente todo cerrado. El supermercado, el kiosquito y hasta el McDonald’s, todo cerrado como una rebelión módica contra la cultura del 24/7 que es fundacional del ser norteamericano: que se pueda comprar a cualquier hora. En el gesto, pensé, se exagera la cerrazón europea ante la costumbre foránea, que da a Ginebra un paisaje comercial cada vez más parecido al de Londres, Nueva York o Buenos Aires (los mismos chicles, las mismas aspirinas). Pero aun en la parálisis de un domingo se advierten las señales de una revolución subterránea: las paredes de Suiza, modelo de proverbial neutralidad y secreto bancario, están empapeladas con afiches rojos en los que tres ratas devoran una porción de queso fromage debajo de la exquisita tipografía helvética: “El 60 por ciento de los criminales viene del extranjero”. 

Menos amable que Mickey Mouse o el cocinerito de Ratatouille, el roedor afila los colmillos en gesto amenazante y muestra el rostro de la monstruosidad animal como hizo el maestro Art Spiegelman en la novela gráfica Maus, una oda contra el racismo, donde los judíos eran ratones, los nazis eran gatos y los polacos, chanchos. Los afiches están firmados por el ultraderechista Partido Popular, que reclama “Suiza para los suizos”, y entonces me pregunto qué significará eso en un país sin presidente ni enemigos y con cuatro idiomas oficiales (a lo mejor el “ser suizo” se resuma en la predilección por un tipo de queso, y no otro, por la obsesiva puntualidad con la que asumen todos sus compromisos o el celo con el que custodian el dinero de mercachifles y dictadores). En el corazón de Europa, es difícil ser neutral frente al somalí que duerme en la calle o el sirio que ofrece una rosa por un euro y la propaganda racista parece reeditar los afiches de campaña que empapelaban Nueva York a principios del siglo XX, cuando la isla de Ellis era destino de los emigrantes europeos y la Estatua de la Libertad, el faro de una promesa de vida próspera: con chaleco y galera, el tío Sam observaba a unas ratas cruzando el Atlántico bajo la leyenda “¡directo desde los tugurios de Europa!”.

¿Quién se ha llevado mi queso? Al señor Trump todavía le queda todo un zoológico animado para asustar al que no quiera compartir ni un pedacito de su tajada. En Suiza, este domingo a la tarde me refugio en el único bar del centro que está abierto y pido una botella de vino para mí solo y aunque soy tan fanático del Brie como del Reggianito, y no discrimino entre un Camembert y un Roquefort, esta vez el queso me sabe amargo.

Publicado en Brando

Recuerdos de Suiza: en Avenches, un pueblito de 3.000 habitantes, me siento Asterix. Fundado por Julio César, hace 2 mil años se llamó Aventicum. ¡Por Belenos! ¡Por Tutatis!

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