El peor rapero del mundo

En tiempos de adoración por lo horroroso, el músico Juiceboxxx se toma revancha.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Juiceboxxx 2

Los movimientos espásticos, los versos sin rima, los ojos desenfocados, la falta general de gracia al moverse o hablar: como crédito local, el músico Juiceboxxx estaba invitado a un canal de televisión en su Milwaukee natal pero su presentación fue tan desastrosa que en poco tiempo se convirtió en una celebridad internacional de mala manera: en Internet, un meme (la forma digital del brulote) lo consagró como “el peor rapero del mundo”. Es tiempo de revancha. Ahora, la publicación de un libro sobre su vida, veintisiete años sin mayores emociones ni gestas heroicas, despierta la curiosidad sobre el que apenas era conocido por su talento mediocre: el peor rapero del mundo hoy es un artista de culto. En The Next Next Level, el periodista estadounidense Leon Neyfakh reconstruye la épica módica de aquel que desea triunfar en el espectáculo a cualquier precio, reflexiona sobre las tensas relaciones entre el artista y el público y relata un fenómeno de época: la adoración por lo horroroso, que pudo empezar con el fanatismo por las películas de Ed Wood y John Waters y seguir con la música de Wendy Sulca o La tigresa del Oriente, y que hoy abunda en videítos virales con cantantes que desafinan o bailarines con mala pata.  Sigue leyendo

Tildados en los 80

La TV de hoy y cómo era ese mundo perdido, la última década que adoramos amar.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Halt and Catch Fire

La computadora marroncita pesaba casi ocho kilos, estaba conectada a un televisor color de 14 pulgadas y el reproductor de casetes tardaba la eternidad y un día en cargar un juego, mientras yo mataba el tiempo rebobinando las cintas con una birome: a mediados de los 80, sentía que vivía en la NASA. Fui uno de los primeros de la escuela en tener computadora “personal”, en una época en que no se asignaban posesiones individuales en el reparto familiar típico; el televisor de la cocina era patrimonio compartido y la compra de una Commodore 64 cumplía una vocación docente de mi vieja, maestra de primaria: “Que sirva para estudiar”. Esa épica tecnológica es la que cuenta la serie Halt and Catch Fire, que narra los intentos precámbricos de crear una computadora personal. Pero además vuelve a los 80, la última década que adoramos amar: como Show Me a Hero, The Americans, Deutschland 83 o acá Historia de un clan (que revisa la saga criminal de los Puccio y con ella relata el fracaso de la utopía alfonsinista), la televisión se llena de peinados espumosos, jeans nevados, canciones de Billy Joel y montañitas de cocaína. Analógica y anticuada, parece dar un manotazo para seducir a los millennials, tan inconstantes en sus consumos culturales como narcisistas en sus inquietudes, con una idea final: mostrarles cómo era el mundo cuando nacieron. 
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Queso amargo

Un domingo en un pueblo suizo y una pintada que destroza el mito de su neutralidad. El racismo acecha.

Souvenir: recuerdos de Suiza

“México manda su gente, pero no manda lo mejor. Están trayendo drogadictos, criminales y violadores”: el millonario de peluquín ridículo escupe su brulote delante de cada micrófono y ahí donde uno piense que no puede decirse nada más piantavotos, la encuesta confirma lo contrario: el magnate racista podría ser el sucesor del primer presidente negro de los Estados Unidos. Los bienpensantes se horrorizan y yo recuerdo un viaje reciente a Suiza, adonde aterricé un domingo a la tarde de fines de un verano: absolutamente todo cerrado. El supermercado, el kiosquito y hasta el McDonald’s, todo cerrado como una rebelión módica contra la cultura del 24/7 que es fundacional del ser norteamericano: que se pueda comprar a cualquier hora. En el gesto, pensé, se exagera la cerrazón europea ante la costumbre foránea, que da a Ginebra un paisaje comercial cada vez más parecido al de Londres, Nueva York o Buenos Aires (los mismos chicles, las mismas aspirinas). Pero aun en la parálisis de un domingo se advierten las señales de una revolución subterránea: las paredes de Suiza, modelo de proverbial neutralidad y secreto bancario, están empapeladas con afiches rojos en los que tres ratas devoran una porción de queso fromage debajo de la exquisita tipografía helvética: “El 60 por ciento de los criminales viene del extranjero”.  Sigue leyendo

Éxtasis literario

Furor en la Web por mujeres que leen textos clásicos mientras alcanzan el clímax.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Hysterical literature

“He oído a unos juglares… mmm… que hablaban del comienzo y del fin… uf, ¡ay!… pero yo… mmm… no hablo del comienzo y del fin… ¡ahh, ahh, ohh!”. La mujer que lee se llama Alicia, está sentada adelante de un telón negro y la mesa blanca sobre la que apoya su libro oculta lo que hay debajo: una persona que la estimula con un vibrador. Ella es una de las protagonistas de Literatura histérica, la fascinante serie de videoarte que el fotógrafo neoyorquino Clayton Cubitt publica en Internet como una manera de “explorar el feminismo, la dualidad entre la mente y el cuerpo, la distracción y el contraste entre cultura y sexualidad” (él agrega: “Y además es divertido de mirar”). Diez mujeres de distintas edades ya se sometieron a la experiencia revulsiva y, si el título de la obra ironiza sobre la histeria como se la diagnosticaba en la era victoriana (un tipo de locura femenina derivada de la represión sexual), ahora se propone un objetivo a tono con la época: diluir las ideas arcaicas acerca de la vergüenza y dotar a la literatura de un éxtasis sensual como el de Alicia, que para acabar empezó eligiendo uno de los poemas más célebres de Walt Whitman, ése que habla del comienzo y del fin y que ya desde el título se puede leer como una alegoría de la autoestimulación: Canto a mí mismo
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Qué es un artista

Cómo piensa, vive y gesta su obra un creador, a partir de un libro de la “socióloga del arte” Sarah Thornton.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Yayoi Kusama

A Yayoi Kusama le gusta empezar el día leyendo un compilado de las cosas que se escriben sobre ella porque aunque no pasa una sola noche sin padecer alucinaciones aterradoras jamás temió ser el centro de atención; a Damien Hirst le construyeron una cabina de señalero de tren en su estancia, a la que él llama “establo”, justo al lado de un gimnasio con pileta cubierta y toda clase de aparatos espaciales para hacer ejercicio; a Jeff Koons ya no le importa que le saquen fotos con sus trajes Gucci confeccionados a medida porque está más allá de la que acaso sea la única máxima innegociable para un artista: no parecer un hombre de negocios. Con una prosa que fusiona la crítica culta con la semblanza doméstica a lo revista Hola, el fenomenal libro 33 artistas en 3 actos, recién publicado acá, se propone como una polaroid sin filtros o introducción indispensable al arte del siglo XXI: la historiadora canadiense Sarah Thornton, que se autodefine como “socióloga del arte”, se metió en las casas y los estudios de los mayores artistas de la época, nacidos en catorce países de los cinco continentes, para descubrir cómo piensan y cómo viven, cómo gestan y cómo producen sus obras y, sobre todo, cómo se relacionan con el mercado cada vez que uno de ellos sueñe con el grito salvador que acompaña al martillo de una subasta: “¡Vendido!”. 
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