Me dicen el clandestino

Prince Harvey, el músico que grabó (a escondidas) su disco en una tienda Apple.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Prince Harvey

Vidriado, cromado, conectado: el Apple Store se convirtió en el templo pagano de la modernidad. Si en la era del hiperconsumo los locales comerciales son las nuevas catedrales, el comprador se santigua ante la estampita de Steve Jobs y reza por una bendita computadora. Con su promesa de puertas abiertas, la tienda provee la sensación de refugio que el hombre de a pie necesita en tiempos de incertezas: ya no solamente un techo provisorio sino wi-fi en banda ancha. En Nueva York, el Apple Store tiene largas mesas comunales repletas de notebooks, tabletas y teléfonos inteligentes a disposición del público: es el atalaya para el peregrino desconectado, que codicia la propiedad del aparato en tanto lo dejen probarlo un ratito. Y de esa política de seducción comercial basada en una experiencia de uso, aun agobiada por la insistencia del vendedor metiche (“¿lo ayudo en algo?”), puede nacer el arte con la misma exuberancia de un yuyo que brota en las juntas de una medianera. El músico Prince Harvey grabó su disco a escondidas en el Apple Store del Soho neoyorquino y registró una obra que explora las grietas del sistema: cómo hacer algo valioso sin gastar un dólar en una ciudad donde apenas el aire es gratis. 

Durante cuatro meses, el rapero fue todos los días al local de su calle homónima, Prince: su computadora se había roto y no tenía dinero para comprar una nueva (muchísimo menos para alquilar un estudio). Después del desayuno, se instalaba frente a una notebook, iniciaba la aplicación GarageBand, activaba el micrófono y durante cuatro o cinco horas grababa las voces de su disco, siempre parado porque en la tienda no hay sillas y a veces acompañado por el murmullo de los clientes inadvertidos de lo que estaba pasando. Como el personaje de Tom Hanks en la película La terminal, Prince Harvey se fue transformando en un okupa del local y recién cuando contó con la complicidad de dos empleados fieles que lo apañaron ante las persecutas del gerente y el vigilador pudo completar su obra: el disco Phatass (un acrónimo de “Prince Harvey at the Apple Store Soho”), que se publicó hace unos días y llegó a diarios y noticieros como la noticia insólita del momento. Con su labor clandestina, el rapero fue presentado como un Horatio Alger de esta época, el teólogo decimonónico que en sus novelitas juveniles exaltaba la perseverancia de los muchachones laburantes para ascender en la escala social mediante el trabajo duro, la determinación y la honestidad. En el disco de Prince Harvey no importan las rimas donde hable acerca de la dura vida en las calles del ghetto sino la voluntad de infiltrarse en uno de los barrios más caros de Manhattan para cumplir con su versión personal del Gran Sueño Americano sin que lo echen a patadas.

“Escucho a un montón de artistas que ponen excusas para explicar por qué no pueden hacer lo que quieren y no puedo entenderlos”, compara. A los 25 años, los medios yanquis lo convirtieron en el nuevo patrono de la realización personal cuando descubrieron su historia, que es la misma de miles (¡millones!) como él que viven en el lado B de Nueva York: comparte con veinte compañeros de piso un viejo loft industrial de Brooklyn que pronto será demolido para construir departamentos de lujo. No sabe adónde va a vivir en unos meses pero calcula que podrá arreglárselas, como cuando hizo del Apple Store su segundo hogar. “Yo no creo que sea pobre. La pobreza es una cuestión mental. Estoy quebrado, de hecho no tengo un billete en el bolsillo, pero nunca seré pobre”, dice Prince Harvey y su evangelio acaso pueda ser inspirador para la turba de clientes que se desesperan por comprar la última notebook, la última tableta, el último teléfono inteligente: “Aunque no tenga un dólar, seré rico toda mi vida”.

Publicado en La Nación

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