Verano de agosto

Cómo escaparse del frío o la lluvia y perderse en la soleada Lisboa, la Montevideo de Europa.

Souvenir: recuerdos de viaje

Lisboa, Andre Da Loba “Aquel vino a hacerse el agosto”: en la mortificada expresión de las tías de mi familia, así se reprochaba al que se empeñaba en conseguir un veranito ventajoso aun en pleno invierno (otra facción acusaba al octavo mes de ser cruel con el pariente de salud precaria: “Julio lo prepara y agosto se lo lleva”, repetía la tía Delia como una Cassandra trágica de Parque Chas). Agobiado por el frío y la lluvia porteños, un agosto aterricé en la capital portuguesa, sugestionado por la más eficaz mercadotecnia publicitaria: “260 días de sol en Lisboa”, promete el lema y debe ser cierto porque, incluso en su melancolía decadente, la Montevideo de Europa me mostró el cielo más azul que recuerde. No tiene la quietud museística de París ni el orden mundano de Londres: a orillas del río Tajo, la más latina de todas las capitales europeas conjura la nostalgia con el fenómeno septentrional que a mí, tan meridional en mis ánimos e inquietudes, se me antoja ajeno: un verano en pleno agosto. 

El rey José I me mira desde su caballo de bronce en la Plaza del Comercio y, cuando recuerdo que Portugal fue con España el país de mayor poderío colonial, pienso en las parábolas irónicas de la historia: si a la legendaria Grecia no le alcanzan todos los tesoros helénicos para evitar la quiebra, este paisito sin ambiciones guarda poco del imperio ultramarino que supo ser. En un agosto muy caluroso, celebro como un oasis la aparición del elevador de Santa Justa, un ascensor público que te sube hasta el barrio Chiado (un remedio contra el sofoco) y me pierdo en las callecitas adoquinadas de Alfama, el antiguo caserío árabe de laberintos y rincones, repleto de techitos con tejas y sábanas colgadas al sol desde ventanas y balcones. Soy un viajero con jet lag estacional porque vengo del frío y, aunque la temperatura ambiente exija la cerveza helada o el vino verde, la rara especialidad etílica de la zona, me empacho con una sobredosis de pasteles de Belem, unos canastitos de hojaldre con crema, azúcar y canela. Mis problemas públicos de adicción a la droga más bebida del mundo así lo exigen: necesito un café.

Aun agobiado de sol, me siento en la vereda de A Brasileira, la confitería escenográfica que es imperativo turístico de las ciudades grandes, como Florian en Venecia, Procope en París o el Tortoni en Buenos Aires. En su majestad poética, la estatua de Fernando Pessoa, con la pierna izquierda cruzada sobre la derecha y la mirada cabizbaja, parece decir al incauto que el desasosiego no es un mero fenómeno meteorológico. Tomo un ristretto, reconcentrado y potente, y después otro. Transpiro bajo el sol de agosto pero, aunque envidio el aire acondicionado que disfrutan los de adentro, me quedo quieto. Si uno siempre es de donde viene, pienso que en mis pagos es invierno y este sol se hace escaso: en mi admiración por José Saramago, acaso el portugués más venerado, por fin disfruto de mi esquizofrenia climática y gozo de sentirme un hombre duplicado.

Publicado en Brando

Recuerdo de Lisboa: con cubito o en frappera, el vino verde es un hallazgo portugués. Acido y un poco espumoso, sube rápido y en la cabeza del bebedor acalorado se convierte en kriptonita.

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