Arte sobre la mesada

Destinado al museo o el remate, en esta época el objeto común se vuelve extraordinario.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Beba coca cola

Árboles, frutos y cebras: la cafetera está pintada con algunos de los íconos que representan al África, el continente donde nació el café. Casi siempre de un cromado reluciente y compuesta en acero inoxidable, que sugiere asepsia pero también la arrogancia de la máquina como aparato inmune a la degradación temporal (el sarro o el óxido), esta cafetera fue intervenida por el artista italiano Fabrizio “Bicio” Folco Zambelli y se expone en un museo: en Roma, la Galleria Nazionale d’Arte Moderna e Contemporanea muestra el aparato al lado de una tarjeta de crédito pintarrajeada y de una lapicera con capuchón hiperdiseñado (mi colección de cafeteras aumenta a la par de mi obsesión por el café: ya tengo treinta y dos; en fin). La exposición Arte corporativo: la empresa como objeto de arte recopila el trabajo de artistas célebres sobre objetos de uso cotidiano (acá, Marta Minujín y Milo Lockett ya habían pintado latas de café) y confirma un fenómeno de época que actualiza el paradigma de Andy Warhol: si el padre del arte pop convirtió una lata común en una obra perdurable para lograr su objetivo de “ser tan conocido como la sopa Campbell”, según la cínica comparación del galerista Leo Castelli, ahora los artistas personalizan el producto fabricado en serie y hacen de su apellido una marca. 

“El capitalismo transforma el nombre de los artistas en productos comerciales y vehículos publicitarios”, escribieron Gilles Lipovetsky y Jean Serroy en La estetización del mundo, el fenomenal ensayo donde registran taras y virtudes del capitalismo artístico. El paradigma del fordismo en el siglo XX fue la fabricación en masa de productos estandarizados y todos idénticos a sí mismos, pero hoy se exigen objetos que satisfagan la fantasía de ser únicos. “A un capitalismo centrado en la producción le ha sucedido un capitalismo de seducción orientado hacia los placeres de los consumidores mediante imágenes y sueños, formas y relatos”, dicen Lipovetsky y Serroy. El mercado abunda de ediciones limitadas de autos tuneados por diseñadores de moda o colecciones de zapatillas personalizadas con el trazo de pintores encumbrados: los artistas, ahora intérpretes de las aspiraciones estéticas del comprador ambicioso, prestan su talento para transformar la cosa ordinaria en experiencia singular y se ponen al servicio de multinacionales que reemplazan el mecenazgo clásico por nuevas formas de patrocinio (así ganan prestigio y visibilidad). En la Galleria Nazionale romana, la cafetera La Marzocco reemplaza la discreta superficie metalizada que se multiplica de a miles en todos los bares italianos por una carcasa repleta de colores que el pintor Bicio interpreta como sinónimos de la africanidad: destinado al museo o el remate, el objeto común se vuelve extraordinario.

¿Quién quiere ser único entre siete mil millones? En un mundo superpoblado, es el último anhelo de las masas de seres anónimos que buscan satisfacción en lo que consumen (se me ocurre que en esa pregunta nace el furor actual por los tatuajes, que garantizan dos atributos que escasean en la época: exclusividad y perpetuidad). El mito del artista maldito, “suicidado por la sociedad” como decía el poeta Antonin Artaud, terminó: lo importante no es tanto la creación sino la fama. Y el toque mágico que se ponga en la cafetera o la lapicera, para prometer un momento de éxtasis estético al que pueda comprarlas. “Estamos en el momento en que los cruzamientos del capitalismo y el arte se corresponden a lo grande con el proyecto de Warhol”, concluyen Lipovetsky y Serroy: “Fusionar el arte y el universo comercial”. Y yo, que soy tan susceptible a los imperativos del momento, fantaseo con el único berretín que me permito: quiero (qué digo, ¡necesito!) esa cafetera para embellecer mi colección.

Publicado en La Nación

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