El país que no miramos

Ningún latinoamericano conocerá a Baahubali, el nuevo héroe de Bollywood.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Baahubali

El elefante se retoba y se levanta en dos patas hacia el cielo mientras miles de soldados con espadas de gomaespuma se enfrentan en una batalla sangrienta de ketchup y un cebú descontrolado se libera de sus ataduras y corre hacia la multitud: todo sucede en una de las mayores películas épicas de la historia que nunca vamos a ver. Cruza de El señor de los anillos, 300 y Gladiador, y hablada en idioma tamil, Baahubali es la superproducción más ambiciosa jamás rodada en la India: costó 40 millones de dólares que alcanzaron para satisfacer las delirantes fantasías del director SS Rajamouli, que soñó con un héroe capaz de atajar diez mil flechas con una espada o de pelear a pelo con un toro salvaje. En estas semanas la película se estrena en la India, pero también en Rusia, Kuwait, Nueva Zelanda, Malasia, los Emiratos Árabes o Sudáfrica y aunque Bollywood sea la mayor industria cinematográfica del mundo (con 3.600 millones de entradas vendidas por año), la geopolítica de la cultura mainstream delata que el planisferio está partido al medio: ningún latinoamericano conocerá las aventuras del heroico Baahubali aunque sepa vida, obra y hazañas de Superman, el Capitán América o cualquier mascarita que se haga invisible o vea a través de las paredes. 
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Me dicen el clandestino

Prince Harvey, el músico que grabó (a escondidas) su disco en una tienda Apple.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Prince Harvey

Vidriado, cromado, conectado: el Apple Store se convirtió en el templo pagano de la modernidad. Si en la era del hiperconsumo los locales comerciales son las nuevas catedrales, el comprador se santigua ante la estampita de Steve Jobs y reza por una bendita computadora. Con su promesa de puertas abiertas, la tienda provee la sensación de refugio que el hombre de a pie necesita en tiempos de incertezas: ya no solamente un techo provisorio sino wi-fi en banda ancha. En Nueva York, el Apple Store tiene largas mesas comunales repletas de notebooks, tabletas y teléfonos inteligentes a disposición del público: es el atalaya para el peregrino desconectado, que codicia la propiedad del aparato en tanto lo dejen probarlo un ratito. Y de esa política de seducción comercial basada en una experiencia de uso, aun agobiada por la insistencia del vendedor metiche (“¿lo ayudo en algo?”), puede nacer el arte con la misma exuberancia de un yuyo que brota en las juntas de una medianera. El músico Prince Harvey grabó su disco a escondidas en el Apple Store del Soho neoyorquino y registró una obra que explora las grietas del sistema: cómo hacer algo valioso sin gastar un dólar en una ciudad donde apenas el aire es gratis.  Sigue leyendo

Teoría de la comedia

Judd Apatow y un libro que confirma que el hacer reír es una más de las bellas artes.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Judd Apatow, Harpo

El actor Bill Murray una vez se peleó con un fan en la calle y le mordió la nariz; el rodaje de la película Virgen a los 40 se suspendió a los dos días de empezar porque su protagonista Steve Carell se veía más como un asesino serial que como un bonachón virginal; el maestro Mel Brooks dijo en una entrevista que la corrección política le parecía estúpida y le organizaron un escrache en la puerta de su casa. En un género difícil para el pasaje de la transmisión oral a la escrita (la anécdota), el cineasta y productor Judd Apatow publica el libro Sick in the Head (“enfermo de la cabeza”), una compilación de entrevistas a maestros de la comedia que él realizó desde que estaba en segundo año de la secundaria. “¿Cómo se escribe un chiste? ¿Cuáles son los trucos de un buen remate?”, eran las dudas insólitas para un adolescente. Ya adulto, con sus películas Ligeramente embarazada o Bienvenido a los 40 se convirtió en antropólogo del humor social y ahora, con su fenomenal libro, confirma un nuevo género en los estudios culturales de la época: la comedia como una más de las bellas artes. 
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Elegía del fumón

Un oso incorrecto y una legión de films y series con un nuevo tipo de antihéroe romántico.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Ted 2“Legalicen a Ted”: en letras verdes sobre fondo blanco, la campaña publicitaria de la película imita la retórica combativa de los defensores de la marihuana y confirma una sospecha: la filmaron fumados. El oso incorrecto vuelve con secuela y, mientras la trama exija la legalización de los peluches como ciudadanos con derechos igualitarios, el estreno de Ted 2 refuerza el furor de un género bastardo: el cine fumón. Ahí donde el cannabis se volvió legal y aceptado, sea en varios estados norteamericanos, Canadá, Holanda o el Uruguay, la cultura pot se metió en la cultura pop como fenómeno de época: de la maceta (en inglés, pot) a las pantallas. Una legión de películas y series hacen del fumón un nuevo tipo de antihéroe romántico: “Los declaro oso y mujer. ¡Puede besar al oso!”, se celebra en la boda de Ted y, mientras la novia no puede creer que la esté casando el mismísimo Flash Gordon, los invitados achinan los ojos y gozan del espectáculo. Un flash. 
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Verano de agosto

Cómo escaparse del frío o la lluvia y perderse en la soleada Lisboa, la Montevideo de Europa.

Souvenir: recuerdos de viaje

Lisboa, Andre Da Loba “Aquel vino a hacerse el agosto”: en la mortificada expresión de las tías de mi familia, así se reprochaba al que se empeñaba en conseguir un veranito ventajoso aun en pleno invierno (otra facción acusaba al octavo mes de ser cruel con el pariente de salud precaria: “Julio lo prepara y agosto se lo lleva”, repetía la tía Delia como una Cassandra trágica de Parque Chas). Agobiado por el frío y la lluvia porteños, un agosto aterricé en la capital portuguesa, sugestionado por la más eficaz mercadotecnia publicitaria: “260 días de sol en Lisboa”, promete el lema y debe ser cierto porque, incluso en su melancolía decadente, la Montevideo de Europa me mostró el cielo más azul que recuerde. No tiene la quietud museística de París ni el orden mundano de Londres: a orillas del río Tajo, la más latina de todas las capitales europeas conjura la nostalgia con el fenómeno septentrional que a mí, tan meridional en mis ánimos e inquietudes, se me antoja ajeno: un verano en pleno agosto.  Sigue leyendo

Arte sobre la mesada

Destinado al museo o el remate, en esta época el objeto común se vuelve extraordinario.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Beba coca cola

Árboles, frutos y cebras: la cafetera está pintada con algunos de los íconos que representan al África, el continente donde nació el café. Casi siempre de un cromado reluciente y compuesta en acero inoxidable, que sugiere asepsia pero también la arrogancia de la máquina como aparato inmune a la degradación temporal (el sarro o el óxido), esta cafetera fue intervenida por el artista italiano Fabrizio “Bicio” Folco Zambelli y se expone en un museo: en Roma, la Galleria Nazionale d’Arte Moderna e Contemporanea muestra el aparato al lado de una tarjeta de crédito pintarrajeada y de una lapicera con capuchón hiperdiseñado (mi colección de cafeteras aumenta a la par de mi obsesión por el café: ya tengo treinta y dos; en fin). La exposición Arte corporativo: la empresa como objeto de arte recopila el trabajo de artistas célebres sobre objetos de uso cotidiano (acá, Marta Minujín y Milo Lockett ya habían pintado latas de café) y confirma un fenómeno de época que actualiza el paradigma de Andy Warhol: si el padre del arte pop convirtió una lata común en una obra perdurable para lograr su objetivo de “ser tan conocido como la sopa Campbell”, según la cínica comparación del galerista Leo Castelli, ahora los artistas personalizan el producto fabricado en serie y hacen de su apellido una marca. 
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