La obra maestra del porno

El día que el maestro Orson Welles puso su talento al servicio de un género de lo más controvertido.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Orson Welles, 3 am

Knock, knock. “¿Quién es? ¡Estoy en la ducha!”, grita la rubia. “¿Puedo usar el teléfono?”, pregunta la morocha. En el sintético código de lenguaje del porno, no hacen falta más palabras: detrás de la mampara y bajo un chorro de agua caliente, las dos se aman en casi todas las formas posibles. Pero los ángulos de la cámara y el encuadre de las tomas delatan la mano diestra de un director único: Orson Welles, el artista, el genio, el ogro prodigio. Recién ahora el mundo descubre que el director de El ciudadano editó parte de la película porno 3 A.M., rodada a mediados de los 70 e ignorada por toda filmoteca: como no tenía fondos para continuar con el rodaje de The Other Side of the Wind, la que sería su última película inacabada, le pagó a Gary Graver, su director de fotografía, con el aporte impensado: montar las escenas de sexo de las películas XXX que aquel filmaba bajo el seudónimo de Robert McCallum. El resultado es una obrita maestra única en la historia del porno (con una banda de sonido chirriante y una cámara en contrapicado que recuerda las tomas angulosas de Sed de mal o La dama de Shangai) y, entre desnudos totales y gemidos agudos, un inesperado cruce de baja y alta cultura. 

“Al natural. Tal es la expresión que utiliza él para describir a los actores y actrices fuera de la pantalla y apartados de los ojos del público. Tardé un tiempo en comprender lo que quería decir cuando sin más explicaciones decía ‘Rita al natural’ o ‘Marlene al natural’”, escribió Barbara Leaming, biógrafa del director: “Orson Welles ha hecho historia, ha creado obras maestras en tres campos artísticos: el cine, el teatro y la radio, pero su más fascinante y enigmática creación tal vez sea él mismo. Me sorprendió descubrir que al natural sentía tanta curiosidad por su propia leyenda como yo”. Si la marca actoral del porno es el artificio (“yeah, oh yeah”), el monstruo sagrado apeló a un naturalismo donde las actrices se explayan en los besos y los toqueteos nada fotogénicos como si no estuviera la cámara, siempre ubicada en la posición incómoda. No gimen de más ni ofrecen su mejor perfil: lo hacen al natural. El hallazgo es invalorable para la memorabilia cinéfila, tanto que la escena más célebre jamás filmada en una ducha podría dejar de ser la de Psicosis: “Los historiadores probablemente nunca podrán desenterrar un film para adultos editado por Michael Curtiz, Erich von Stroheim o Satyajit Ray”, celebró el crítico neoyorquino Elon Green. Si es cierto que el cine porno anida en el intestino del Gran Sueño Americano, el aporte de Welles al imperio sucio lo consagra como pionero de un fenómeno de esta época: los grandes talentos puestos al servicio de lo más desechable de la cultura popular.

“Lo que define el capitalismo de hiperconsumo es un modo de producción estético”, describe el sociólogo francés Gilles Lipovetsky en La estetización del mundo, un ensayo sobre la era transestética recién publicado acá: si los grandes arquitectos construyen centros comerciales escenográficos que apuntan a la disneyficación de las ciudades o los mejores diseñadores de moda dibujan los uniformes de empleados de banco, ¿por qué no anhelar una película XXX dirigida por Steven Spielberg o Michael Haneke? Orson Welles lo hizo primero. En el minuto 29 de 3 A.M., la morocha golpea la puerta del baño de la rubia y durante siete minutos se goza de la maestría cinematográfica del genio lascivo: el hombre que nos hizo creer un ataque extraterrestre en La guerra de los mundos nos convence de la veracidad de ese amor súbito entre dos mujeres y marca un mojón húmedo en la mitología infinita del cine porno, una historia de nunca acabar.

Publicado en La Nación

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