Un viaje relámpago

Una selva en Puerto Rico y la pesadilla para el hombre atormentado: la lluvia que nunca para.

Souvenir: recuerdos de El Yunque

Lluvia sin fin

“¡Se puede recorrer en cuatro horas!”: al bajar del avión vía escala en Miami, la islita de Puerto Rico se pavonea de su pequeñez insular. El cartel de bienvenida intenta seducir al visitante con poco tiempo y uno, sujeto a las exigencias del viaje relámpago, se apura por conocer la atracción principal. En este “estado libre asociado” con tanto porcentaje de humedad como de petisitas culonas (aquí se atribuyen la patria potestad del perreo, esa variante aún más lúbrica del mueva-mueva-mueva), la ropa se pega al cuerpo y la nuca es una pista de aterrizaje para las gotas de sudor que nacen en la punta de la cabeza. Tengo algo más de cuatro horas por delante y, ahí donde el inútil refranero porteño me repita que “lo que mata es la humedad”, acá quiero morirme: en el rainforest El Yunque, un prodigio de la naturaleza adonde llueve todo el tiempo. Las veinticuatro horas de cada día del año, aun bisiesto. Siempre. La escueta información turística apenas dirá que es un bosque lluvioso tropical de 113 kilómetros cuadrados con precipitaciones permanentes. Una maravilla natural o la pesadilla del atormentado. 

En el Caribe, el año no se divide en las cuatro estaciones que conocemos en los países meridionales, mandatados por la exposición solar en el verano o el recogimiento doméstico en el invierno: apenas hay dos temporadas, la de lluvia y la seca. En El Yunque llueve siempre y sea que uno mire el bosque elevado desde San Juan o San Lorenzo, desde Vieques o Cagua, una nube eterna lo corona, estática en su función de techo vaporoso antes del cielo. Me acerco en un taxi y desde la ruta el paisaje me trae el recuerdo del Espantomóvil de Los autos locos, el dibujito animado que me obsesionaba en la infancia: era el coche que tenía un campanario habitado por un dragón sobre el que se posaba una nube persistente que se intuía como mal agüero para la carrera. En El Yunque, la tormenta pasa de probabilidad a certeza y aquel con ánimo nublado que anhela el rayito de sol como promesa de buenaventura pierde la esperanza.

Humedad, al ciento por ciento. En su ignorancia de la primavera como sucedáneo climático (y poético) del invierno, el baqueano chapotea con botas de goma en una lluvia definitiva y el visitante se lamenta de haber ido en zapatillas. Más melancólico que eufórico, con el carácter discutidor del porteño típico, cedo al impulso de maldecir el clima que me tocó, aunque sepa que es inútil, y por fin me doy cuenta de que el sol o la lluvia son fenómenos más anímicos que meteorológicos porque, como escribió Truman Capote con poética ironía, ninguna tormenta es eterna: “Toda vida humana tiene sus estaciones y no hay caos interior que dure indefinidamente. El invierno no dura siempre. También existen el verano y la primavera, y aunque a veces, cuando las ramas siguen oscuras y la tierra se resquebraja con el hielo, llega uno a pensar que nunca van a llegar, esa primavera y ese verano llegan, llegan siempre”.

Publicado en Brando

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6 pensamientos en “Un viaje relámpago

  1. Anduviste por mis tierras y no tocaste el “timbre”…. Paradójicamente yo, estaba en baires para esa fecha!!!
    Muy bueno lo que haces, que sigan los éxitos!!!

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