Ni el giro del final

En tiempos del spoiler, la autora de la novela “La chica del tren” pide guardar el secreto.

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Girl on the Train

“Guarda el final en secreto. Y si no puedes contenerte… comparte tu experiencia en…”: un código QR, uno de esos tetris de cuadraditos en blanco y negro que almacenan datos. En la última página del libro, una apelación al secreto y una vía de escape para el lector con ansiedad oral: el QR lo conducirá a un sitio de Internet donde intercambiará teorías y especulaciones sobre el destino de Rachel, la descarrilada protagonista de La chica del tren, la novela de suspenso que fue best seller en todo el mundo y que ahora se publica en la Argentina. A principios de los 60, antes de cada proyección de Psicosis, Alfred Hitchcock imploraba a los espectadores desde la pantalla que no revelaran a nadie el sorpresivo final de la película (“¡pero entonces, Norman Bates es…!”). Cincuenta años más tarde se mantiene el mismo código de silencio: el spoiler (una derivación del verbo inglés to spoil, “estropear”), esa reprochable costumbre de develar el final de las historias, se convirtió en síntoma de época. En una publicidad, un señor mayor se queja porque el televisor del vecino está tan fuerte que “me espoilea la serie” y en la literatura de suspenso se pide que el desenlace sólo se discuta entre los iniciados que acabaron con la lectura: ¿el asesino es el mayordomo? 

O cualquiera de los hombres que no amaban a las mujeres de La chica del tren. Cada mañana, ya un poco borracha, Rachel toma la formación de las 8.04 y como vía de escape para su existencia desgraciada fisgonea los fondos de las casas por las que pasa: allá están esos tortolitos que todos los días desayunan en su terraza, a los que bautizó como Jess y Jason, y que parecen tener una vida perfecta hasta que… Rachel ve algo raro. ¿Y si no son tan felices como creía? ¿Y si nada es como ella piensa? Nacida y criada en Zimbabue, pero radicada en Londres desde 1989, la periodista Paula Hawkins escribió un primer thriller digno para el insomnio (“una gran novela de suspenso, me mantuvo despierto toda la noche”, dijo Stephen King) y acaso como deformación profesional de su trabajo como cronista firmó una obrita maestra sobre el punto de vista: desde la ventanilla indiscreta, Rachel sospecha la posibilidad de un crimen y el culpable puede ser cualquiera de los maridos o los amantes. Como en Perdida, la novela de Gillian Flynn que el director David Fincher adaptó para el cine, acá también hay una mujer desaparecida en torno a una traición y las distintas miradas acerca del hecho crean una versión actual de Rashomon: en la era del lema #NiUnaMenos, La chica del tren puede leerse como alegato de género y pronto se convertirá en superproducción de Hollywood.

Según Hitchcock, no hay que confundir misterio (“darle miedo al público”) con suspenso: el truco de proporcionar toda la información necesaria para mantener la tensión (“¡la bomba está debajo del asiento!”). Desde la primera página, la novela de Paula Hawkins devela al lector muy atento quién es quién. Y aunque el desenlace no sorprenda demasiado, el pacto de confidencialidad exige que no se cuente nada, ni el giro del final. “¡Alerta, spoiler!”, se advierte y las charlas se paralizan, los oídos se blindan. En su trama a varias voces, La chica del tren es una novela sobre los derrapes de una narradora no fiable y una reflexión sobre las trampas de los ojos (y la memoria) en la época en que todo queda registrado. “La vida de los borrachos celosos debía de ser mucho mejor antes de los emails, los mensajes de texto y los teléfonos móviles; antes de toda esa parafernalia electrónica y el rastro que deja”, se autocompadece Rachel. Si mal anda, ¿mal acaba? Hasta acá llego; el resto es spoiler.

Publicado en La Nación

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