Canibalismo con buen gusto

Más que una serie sobre asesinos seriales, “Hannibal” es un fenómeno revulsivo.

Hannibal

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

Entrada: carpaccio de hígado en su sangre. Plato principal: riñones con frijoles remojados. Postre: deditos en almíbar. El menú del masterchef Clint Jolly se inspira en la televisión, pero no en el concurso de talentos culinarios. A la mesa de su restaurante en Reno, Nevada, se sientan aquellos a los que se les hace agua la boca por una experiencia extravagante: autobautizados fannibals, son fanáticos de Hannibal Lecter. Por 125 dólares que incluyen la comida, el vino tinto y las propinas, los comensales alientan un fenómeno revulsivo (¡repulsivo!) que crece mientras se estrena la tercera temporada de Hannibal: una simulación del canibalismo. Ahora ambientada en la finísima Florencia, la serie es la quintaesencia de la idea que la televisión tiene de la alta cultura: como un Gold Silver en bata de seda siempre extático ante la expresión artística, el caníbal más célebre de la cultura popular es un amante de la ópera y la buena mesa que no admite ningún trauma en sus hábitos culinarios y sólo se irrita ante la gente sin clase, insistente en su prédica: “¿Acaso el buen gusto es un problema?”. 

“Él es como el Robin Hood de los asesinos. Él mata a… ¿cómo es que los llama? A los terminalmente groseros”: así analizó Anthony Hopkins la psicología de su personaje más logrado. Para Emily Nussbaum, crítica televisiva de la revista The New Yorker, con su visión articulada de empatía y crueldad, Hannibal es “quince veces mejor que True Detective”. Si el mito draculiano se interpretó como parábola de lo que es ser un chupasangre, el doctor Lecter es la metáfora ideal del bon vivant para el que no existen límites en la persecución del deseo. “Si uno no fuera tan neurótico sería algo mucho peor”, es la primera frase del capítulo piloto de la serie, justamente titulado… Aperitivo.

Es un psiquiatra que asesora al FBI, un experto en comportamiento humano y un maestro insuperable en la manipulación mental. Su consultorio parece uno de esos departamentos espaciosos que salen en la revista Architectural Digest, repleto de cuadros, estatuillas, alfombras y las mil formas de lo mullido. A la noche, en su cocina de múltiples fuegos, se entregará a su berretín de cocinero amateur pero experimentado. Ahí donde la dictadura gourmet coloniza espacios antes ocupados por el guiso carrero y el vino de mesa, Hannibal se exhibe menos como un asesino psicópata que como un urbanita rendido a sus hábitos de aristócrata y lleva a la televisión la receta que no se ve en otro canal. Con el gesto pétreo del actor Mads Mikkelsen, ante cada invitado repetirá la provocación: “¿Por qué no cenamos juntos? Le prepararé algo especial”. Un cerebro frito o un pulmón al wok serán los manjares del sibarita que encontrará placer sensorial y estético en la antropofagia y, como una expresión de la época en que las series ordenan los consumos culturales, los fannibals simularán comer lo mismo que su ídolo de ficción, en rebelión lúdica contra uno de los últimos tabúes de la humanidad.

En primer plano, los ingredientes saltan sobre la sartén en tomas ralentizadas o repletas de colores y provocan la complicidad del espectador, que sabe lo que el comensal ignora: ese hígado es humano. “Delicioso”, confirmará el invitado y Hannibal, con mueca de superioridad, por fin estará satisfecho: habrá convidado al no iniciado con una porción de su buen gusto. Una pinturita. Es que Hannibal no es una serie sobre asesinos seriales ni agentes del FBI ni médicos forenses; es una fábula sobre lo que la obsesión por la expresión artística provoca en la mente de algunas personas. “Un lienzo hecho de cuerpos”, describe la escena del crimen uno de los detectives, horrorizado y maravillado a la vez por el virtuosismo del caníbal: “Y cada cuerpo es un pincel”.

Publicado en La Nación

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