Ácido sulfúrico

La película “Vicio propio” delata la proeza casi imposible de adaptar una novela de Thomas Pynchon.

Vicio propio

Cine & literatura

“Localización, Seguimiento, Detección”: como en toda novela negra, el detective trabaja en una oficina miserable con una puerta de cristal y, estampado sobre el vidrio, un rótulo que resume el espíritu de la época en tres letras capitales: “LSD”. Debajo de ellas, el dibujo de un gran ojo inyectado en sangre con los colores psicodélicos del momento, el verde y el magenta, y un mito urbano: se supo de incontables clientes potenciales que se pasaron la tarde contemplando ese laberinto ocular, a veces olvidándose el motivo de la visita. Si en los policiales del año del jopo el detective normalizaba la apariencia con kilos de gomina, acá revolea la melena enrulada y a menudo debe aguantar que se refieran a él como “el hippie”. Los Angeles, 1970: mientras la costa del amor libre no se puede despertar de la pesadilla del clan Manson y la vida se percibe algo distorsionada por efecto del ácido, el detective Doc Sportello labra el acta de defunción del sueño contracultural. En Vicio propio, la más vertiginosa de todas las novelas de Thomas Pynchon y la más psicodélica de todas las películas de Paul Thomas Anderson, la luz del buen karma empieza a apagarse. 

“Me ayudaron a despertarme de mi mal sueño de hippie”, dice Doc en la película, con el gesto turbio y el labio partido del actor Joaquin Phoenix. Su némesis es el detective Christian “Bigfoot” Bjornsen, con el pelo engominado de Josh Brolin y una adicción más inocua pero igual de persistente: las bananas bañadas en chocolate. En un vodevil narcotizado, las puertas se abren y se cierran para que la comedia ácida explote a sus personajes. Magnates inmobiliarios que quieren devolver el usufructo de sus inversiones. Agentes del FBI reconvertidos en hippies. Judíos que quieren ser nazis. Una siniestra organización secreta de dentistas. Un sanatorio para curar el surmenage. Y también, pandillas carcelarias, personal trainers, traficantes orientales, policías corruptos, hijas díscolas y masajistas chinas de sexualidad dudosa. Con los colores saturados, el ritmo epiléptico y la banda de sonido que es el réquiem para la California dreamin’ (se observa que el gobernador Ronald Reagan está a punto de dar el zarpazo para imponer la nueva ola conservadora), Vicio propio recupera cierto ambiente de las películas setentistas del blaxploitation: ladrones de medio pelo, melenas afro y música disco como el canto del cisne para una época. En la elegía, psicodelia y gentrificación: mientras los fumetas sigan vagando en su desconcierto, los mafiosos harán negocios inmobiliarios. Donde había una casa modernista pronto se levantará un condominio anónimo. Y junto a la playa, un centro comercial.

Es el lamento de Pynchon: en la solapa del libro, ahí donde debería aparecer su foto, una equis cruzada sobre un cuadrado blanco perpetúa el misterio. Apenas se sabe que nació en Nueva York en 1937, que estudió ingeniería y literatura, que fue alumno de Vladimir Nabokov (aunque el autor de Lolita jamás recordara haber sido su maestro) y que es el último monstruo vivo de la literatura norteamericana, autor de novelas voluminosas repletas de personajes con nombres insólitos y donde las conexiones entre unos y otros difícilmente puedan ser justificadas. Si es cierto que una sombra de tristeza nubla sus elefantiásicas narraciones, acaso Paul Thomas Anderson sea el único director capaz de expresar esa melancolía metafísica interrumpida por los brillos de la comedia cínica, sea para el epílogo del porno (Boogie Nights), el fin último de la autosuperación (Magnolia), la conclusión de la torpeza romántica (Embriagado de amor) o esta elegía de los años sesenta que subvierte los códigos de género del policial negro como acto de desagravio para el último héroe hippie y su sentido natural de justicia. “La adaptación misma merece un premio al valor”, escribió el crítico Anthony Lane en la revista The New Yorker: “Nadie había llevado antes al cine una novela de Pynchon por la misma razón por la que a nadie se le ocurriría meter a la Filarmónica de Nueva York adentro de un Ford Focus”.

La sensación ominosa de un Apocalipsis inminente es la marca de las novelas de Pynchon, que hizo de su fobia social y su naturaleza elusiva una broma contemporánea: si la más definitiva consagración como ícono popular es la aparición en un capítulo de Los Simpson, el escritor oculto visitó Springfield con una bolsa de papel madera en la cabeza rubricada por un signo de interrogación. Su literatura es inflamada, hiperbólica y excesiva (su novela más celebrada, El arco iris de gravedad, tiene 1148 páginas desbordantes de tramas laberínticas, con decenas de historias que giran como satélites en torno al eje moral, un militar estadounidense que, en plena Segunda Guerra Mundial, no puede evitar una erección cada vez que los alemanes tiran una bomba). Como asteroides alrededor de un planeta, en su obra giran y giran miles de personajes sulfurados por la decadencia social o las incertezas de un mundo que cambia y retacea las nuevas reglas de juego.

En Vicio propio, la novela, se intuye una elevada dosis de indignación ante el despojo sistemático que sufren las clases medias y del que sólo se puede escapar a través de una continua evasión de la realidad (“si el viaje con ácido servía de algo era para ayudarte a sintonizar frecuencias no registradas”). Pero no hay condena moral para el yonqui ni para el LSD como el medio en el que se surfea, apenas el método de supervivencia que encontraron aquellos que se defraudaron con el fracaso de la Era de Acuario (como suele suceder, en la traducción se esconde un juicio: en algunos países de habla hispana se estrenó como Puro vicio aunque el original en inglés es Inherent Vice, que en la jerga de los seguros se refiere a los riesgos inherentes que una póliza prefiere no cubrir). Por momentos, Vicio propio, la película, es incomprensible y, ante la idea de que es otra “comedia para fumones”, como El gran Lebowski o Éste es el fin, el guiño se esconde en la novela, cuando habla de una telenovela de la época: “El guión había empezado a meterse de lleno en algo llamado ‘tiempo paralelo’, que estaba confundiendo a los telespectadores en toda la nación, incluso a aquellos que conservaban la cordura, aunque a muchos fumetas no les parecía nada difícil seguir el hilo”.

Aun con todas las diferencias generacionales entre Doc Sportello y Philip Marlowe, Pynchon comparte con Raymond Chandler la desesperanza de unos “tiempos peligrosos astrológicamente” y la sospecha firme de que ahí donde el nudo aprieta, ahorca: “La vida americana era algo de lo que había que escaparse”. Si es cierto que en la profesión del detective la paranoia es una herramienta del oficio, Doc piensa que lo persiguen nazis, dentistas y mafiosos, pero que también lo acecha el final de una época que se anunció como revolucionaria y se quedó en eso: un anuncio. El cinismo reemplazó la ilusión, como en la remera que reproduce el fresco de la Capilla Sixtina, ése que pintó Miguel Ángel en el que Dios extiende la mano hacia la de Adán y casi se tocan, pero en esta versión Dios le pasa al hombre un porro. ¡Humo blanco! En la aparición de una proto Internet puede adivinarse el futuro cercano: el Estado o las corporaciones como vigías de los ciudadanos y la experiencia personal mutada en chispazos virtuales, treinta años antes de que esa misma California se convierta en la sede de las empresas puntocom y el silicio valga más que el petróleo. Y Doc, que es más despabilado de lo que parece y que se erige como el héroe moral de la fábula, se resiste a esa evolución porque puede ver lo que vendrá: él opera en aquella frecuencia no registrada (“allá por 1970, ‘adulto’ ya no se definía como en tiempos anteriores. Entre aquellos que podían permitírselo, una rotunda negación colectiva del paso del tiempo estaba en marcha”). En la adaptación titánica de una novela de innumerables subtramas, Joaquin Phoenix es el único actor posible para dar vida a Doc, él mismo un psicótico coherente (como se apreció en I’m Still Here, el falso documental que registraba su mutación de actor a rapero vocacional, o The Master, donde el mismo Anderson hurgaba en la alienación donde se cultiva el fanatismo seudorreligioso). A la locura sugerida, Phoenix suma una dignidad de clase rara, una hidalguía de caballero mutilado.

Vicio propio no sólo es la primera película sobre un libro de Pynchon: sospecho que también será la última”, concluyó Anthony Lane en The New Yorker: “Es la mejor y la más exasperante que podamos tener”. Ahí donde la novela negra se vuelve multicolor, un prisma ofrece una visión deformada del mundo. ¿O es una mirada lúcida, transparente, una realidad aumentada por la alteración psicotrópica de los sentidos y no aún por los anteojos conectados a Internet? En la fábula, una epifanía final: el humo y la niebla que se disipan y un rayo de esperanza que ilumina una de las promesas máximas del gran sueño americano, que también es el de Pynchon y el de Anderson: “A todo el mundo le gustaría tener otra vida”.

Publicado en Haciendo cine

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