Una nueva esperanza

Inspirada por Darth Vader o la perrita Laika, la vuelta del “space disco”: música para llevar en una nave espacial.

Lindstrom, New Yorker

Línea de tiempo: corresponsal cultural

“Yo siento el espacio”: con la ilusión ingenua de un chico que responde sin vacilaciones cuando le preguntan qué quiere ser cuando sea mayor (“astronauta”), el grandulón asegura que tiene una conexión sensorial con el universo y, convencido de la epifanía astral, graba una canción con la que se hace famoso y que grita al mundo su don especial (¡espacial!): I Feel Space. A los 42 años, el noruego Hans-Peter Lindstrøm combina sintetizadores neblinosos y falsetes disonantes como supremo patrón de un género olvidado que regresa con el pulso milenarista de la época: el space disco. “Es música con un beat tipo metrónomo, perfecto para gente sin ningún sentido del ritmo, voces casi monocordes y una sexualidad metálica que combina a la perfección con la atmósfera high-tech (de alta tecnología), high-sex (llena de sexo) y low-passion (desapasionada) de las discotecas glamorosas”, definió el crítico cultural neoyorquino Nelson George. Ahora que la carrera espacial parece haberse convertido en una maratón de tortugas y el escepticismo conspiranoico desconfía de la llegada del hombre a la Luna, Lindstrøm exhuma el género optimista que hace cuarenta años encontraba en las galaxias una nueva esperanza. 

En 1978, cuando Europa era apenas una espectadora pasiva de la escalada espacial entre yanquis y rusos, un productor alemán juntó a cuatro antillanos repartidos entre Berlín, Londres y Ámsterdam y formó Boney M., el grupo que untó las pistas de baile con el tema Nightflight to Venus: en un vuelo nocturno hacia el planeta del amor, la canción inauguró un género tan influenciado por la música disco como por las películas de George Lucas, Andrei Tarkovsky o Steven Spielberg y que en la grieta dialéctica de la Guerra Fría se conoció como sci-fi disco en los Estados Unidos (donde se hablaba de “astronautas”) y cosmo-rock en la Unión Soviética y sus países satélites (donde se hablaba de “cosmonautas”). En el resto del mundo, el space disco fue un fenómeno tan rutilante como efímero: “Venía de Europa como un ostrogodo errante en zapatotes y traje sport de poliéster de tres piezas”, describió el periodista Peter Shapiro en su libro La historia secreta del disco. Inspirados por los caballeros Jedi, la nave Sputnik o la perrita Laika, sus cultores adoptaron, casi con el fanatismo de una secta, la idea del espacio exterior como sucedáneo posible de un mundo agotado. Entre rayos láser y disfraces robóticos, su estrella se apagó con el desmantelamiento del programa espacial Apollo y el fracaso de la utopía galáctica. Ahora, con el regreso de Star Wars, Lindstrøm se pone al comando de su propia nave nodriza.

Nacido y criado en Stavanger, un pueblito de la costa sudoeste de Noruega, creció escuchando música disco y mirando películas de ciencia ficción. Con una irremediable fe en el futuro y el anhelo de cruzar las fronteras, toda su vida se preparó para su obra definitiva, que se editó el mes pasado: Runddans, un álbum de doce canciones unidas como un solo tema de 40 minutos, la obra maestra del space disco que machaca con el ritmo de un tambor de hojalata y la voz metálica de Darth Vader mientras canta en la ducha. “Es el disco que se esperó durante cuarenta años”, dijo la revista inglesa Mojo, que celebró este volver al futuro que se imaginaba en los años setenta: “Denso, complejo, emocionantemente intrincado pero aun así muy emotivo”. Como en las películas 2001 o Solaris, una proeza espiritual más que tecnológica. Ahí donde los ojos del hombre esperanzado ya no miren a la Luna sino a Marte, Lindstrøm alumbró su criatura extraterrestre: música para escuchar cada vez que uno quiera encerrarse en una nave espacial, la banda de sonido introspectiva de una galaxia muy, muy lejana.

Publicado en La Nación

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