Fantasmas de Nueva York

Entrar a un bar en Manhattan en una noche muy fría y encontrarse con una leyenda del jazz.

Sweet Georgia Brown 1

Souvenir: recuerdos de Nueva York

Es la última nevada fuerte de la temporada y, en esa callecita del Greenwich Village, muchos fantasmas se esconden debajo del manto blanco: poetas, revolucionarios, pintores o diletantes de todo pelaje. En el folklore barrial, se dice que el barcito de media cuadra es el único lugar donde perduran las leyendas vivientes. Sin pretensiones de ninguna clase, el sótano refugia a los que soportan las estrecheces con tal de apurar un trago o escuchar jazz del bueno (la módica mitología popular cuenta de cucarachas que exploran las cabelleras de los clientes más hirsutos y de ratones audaces que corretean entre los zapatos, pero eso no pude comprobarlo). Al calor del 55 Bar, los fantasmas helados se convierten en parroquianos y el turista típico exorciza los espectros del consumismo maníaco: acá abajo sólo se ofrece música en vivo y alcohol en hectolitros, sin comida-fusión, remeras de memorabilia ni souvenirs baratitos, una rebelión silenciosa en la ciudad a la que no importa ir sino haber ido. 

Además de la nieve anacrónica, ésta es una noche especial en el bar jazzero: aquí se celebra el cumpleaños de una adolescente en los últimos años de su senectud (las precisiones sobre su edad real son inciertas, pero las habladurías arriesgan una probable cantidad de años: mil). Camina con mucha dificultad y, en el paso vacilante, es auxiliada por un joven que actúa de bastón. La piel chocolate Águila hace contraste con la peluca de un blanco plateado y los saludos parecen aumentar su legendario mal genio. Cuando era una niña se autobautizó Sweet Georgia Brown, como la canción compuesta en los años 20 que se convirtió en un estándar del jazz, el clásico que tocaron todos, de Django Reinhardt a Ray Charles, el ritmo que precedió la entrada a cada estadio de los Harlem Globetrotters y que se tarareó en Futurama. De ella se dijo que es una “auténtica lady descarada” y en el libro Amateur Night at the Apollo, donde Ralph Cooper repasa las cinco mejores décadas del entretenimiento negro, se la consagra como “la última de las red hot mamas”. Sobre el pequeño escenario del 55 Bar, la niña eterna tose y carraspea, se queja del público que hace ruido con los vasos, putea y gorjea y finalmente… canta. Es un milagro del que no quedarán registros digitales: ni un videíto en YouTube ni una foto falsamente añejada en Instagram; sólo el recuerdo en su sentido estricto como un momento congelado en la memoria.

No hay velitas ni happy birthday: acaso no quiera recordar cuántos cumple. Apoyada en el vaso, Sweet Georgia Brown sólo se permite un deseo en voz alta. En esas calles blancas que fueron escenario de las revueltas por los derechos civiles, y mientras Baltimore o Montgomery arden en fogones sesentistas, pide un recuerdo por los fantasmas negros que la precedieron y, en la noche helada y al calor del alcohol, se celebra que no haya agua capaz de apagar tanto fuego.

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