Vicios de un viejo verde

Los Muppets para adultos asumen sus vicios y flaquezas en un nuevo revival.

The Muppets, René

Líneas de tiempo

La rana René tiene la egomanía de un líder mesiánico y Miss Piggy es una ninfómana de apetito sexual infatigable: para el tabloide o el programita de chimentos, el título escandaloso no distingue entre celebridades, sean humanos o títeres. Con más de medio siglo en la industria del espectáculo, y una historia secreta que los emparenta con la estrella en sobredosis o el popstar malogrado, los Muppets serán protagonistas de su propio documental falso (o mockumentary, según se define el género en inglés): como una versión paródica del programa The E! True Hollywood Story, los bichos parlanchines volverán a la televisión pero ya no para educar a los niños con la moraleja edificante. En una serie para adultos que producirá la cadena yanqui ABC, los títeres confesarán a cámara sus vicios, sus romances, sus éxitos y sus fracasos, en una peculiar forma de purgación catódica que confirma un fenómeno de época: la adoración de los mayores por los artefactos culturales de su niñez, una infancia interminable que condena a René a la maldición de ser un viejo verde. 

“Lo retrochich convierte el pasado en un juguete”, definió el historiador inglés Raphael Samuel, que distinguió la nota fundamental de los revivals de ahora: a diferencia de los anteriores, que estaban basados en los consumos clásicos de la alta cultura (con los anticuarios y los estetas como figuras de autoridad y la ópera o el arte como fetiches inalterables), el territorio de lo retro hoy se extiende hasta los barrios más bajos de la cultura popular: las canciones de la adolescencia o los programas de la infancia televisiva. “La nostalgia está ahora rigurosamente entrelazada con el complejo consumidor-entretenimiento”, escribió el crítico cultural Simon Reynolds en su lúcido ensayo Retromanía, la adicción del pop a su propio pasado: “Sentimos un deseo punzante por los productos que consumíamos años atrás, por las novedades y distracciones que colmaron nuestra juventud”. Multitudes de grandulones coleccionamos muñequitos de los personajes de acción, vestimos remeras de superhéroes o apilamos historietas de trazos infantiles (aquí me confieso culpable: el último libro que compré es Aventuras de Pi-Pío, un volumen precioso que compila las tiras que leía en la revista Anteojito mientras iba a la primaria). Sin consumo irónico ni culpa cultural, la fiebre por lo retro se comunica con el saber geek, una nueva clase de conocimiento que emparda la física o la matemática con el recitado de villanos de James Bond o planetas de La guerra de las galaxias: no parece una casualidad que detrás del mockumentary de Los Muppets esté Bill Prady, el productor de la sitcom The Big Bang Theory, donde los sabelotodos gozan de un atractivo sexual derivado de sus intelectos y ya no de sus cuerpos (los de ellos: atrofiados, por tantas horas de estudio o derrochados frente a la computadora).

En su diestra mitología pop, la mano del titiritero Jim Henson hizo de Los Muppets una réplica ácida del mundo adulto desde que tuvieron su propio show televisivo, allá por 1976: las histerias de Miss Piggy, una diva puerquita tiranizada por las exigencias del peso y la edad, o los malos humores de Statler y Waldorf, los viejos gruñones que desde el palco se quejan del entusiasmo juvenil, son críticas agudas a las taras de los mayores. En su nuevo documental, cuando Los Muppets asuman sus vicios y flaquezas, ellos mismos se habrán convertido en adultos dañados. En el ciclo vital de la nostalgia, la parábola estará completa: los televidentes crecidos asistirán a la madurez de los personajes que adoraban cuando eran niños, compartirán sus anhelos o frustraciones y unos y otros por fin podrán cruzar el límite del horario de protección al menor.

Publicado en La Nación

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