Popstar sin género

Con su renuncia a etiquetarse bajo cualquier sexo, Shamir Bailey define este siglo.

Shamir Bailey 1

Líneas de tiempo

“No tengo género ni sexualidad ni me importa un carajo”: el tuit, esa expresión literaria que oscila entre el ascetismo del haiku y la procacidad del brulote, fue replicado cientos de veces y obtuvo la distinción que una frase notable aspiraba hasta el siglo pasado: se convirtió en título de revistas. Detrás de esa decena de palabras está Shamir Bailey, el último popstar de una generación en la que no importan los géneros, sean musicales o sexuales, y que en Twitter se definió por la negativa como respuesta “a todos los que preguntan”. Con apenas veinte años, este adolescente afroamericano que copia el tono rosáceo del esmalte de uñas de su ídola Lana del Rey, y que en su falsete de contratenor recuerda a Michael Jackson antes de las mutaciones, convierte su androginia en una marca de época. “Ni masculino ni femenino”, insiste: “Sólo Shamir”. Si es cierto que, después de los regímenes esclavistas e industriales de los últimos dos siglos, en éste se impondrá “la gestión del cuerpo, el sexo y la sexualidad” como el área de negocios más lucrativa, según la teoría de la filósofa española Beatriz Preciado (ahora, Paul Preciado), Shamir se anuncia como el popstar adecuado para el tercer milenio.

Marcado por las fluorescencias del neón y las exuberancias de las chicas de casino, Shamir nació al norte de Las Vegas, a media hora en auto de la falsa pirámide de Keops, el falso Gran Canal de Venecia y la falsa Torre Eiffel. En su pop cruzado por el funk, el rap, el soul y el disco se evidencia una fascinación por el artificio: ni hombre ni mujer, en el video Call It Off se transforma en un muppet, un títere que replica su arito en la nariz o el espacio entre los dientes incisivos, acaso como una respuesta a los productores que querían hacer de él “una versión masculina de Taylor Swift”. Hijo de una empleada de inmobiliaria y de un conductor de camiones de correo, Shamir no supo hasta que sus padres lo retaron que debía elegir entre los autitos y la cocina de juguete. A los 9 años recibió una guitarra como regalo salomónico sin matices de género y, según dice ahora, la música se convirtió en un salvavidas para su “rareza”.

“El género, la masculinidad y la feminidad son inventos de la Segunda Guerra Mundial que conocieron su plena expansión comercial durante la Guerra Fría, como la comida enlatada, la computadora, las sillas de plástico, la energía nuclear, la televisión, la tarjeta de crédito, el bolígrafo desechable, el código de barras, la cama inflable o el satélite artificial”, escribió Preciado en su libro Testo yonqui, donde pronostica que el tercer milenio superará la “normalización de género” propia de Occidente, en la que los hombres deben ser como Bruce Willis o Bruce Lee y las mujeres como Audrey Hepburn o Marilyn Monroe. Para Lindsay Zoladz, crítica neoyorquina de cultura pop, “Shamir representa al millennial ideal, un modelo de resiliencia para una generación sacudida por el ciberbullying, los límites difusos y el abandono progresivo”. Con los rasgos externos que la cultura tradicional asigna al varón y la nena (la mandíbula cuadrada, las uñas pintadas, las zapatillas de básquet, el pelo largo atado en colita), Shamir ofrece la apariencia andrógina del sexo que no exige definiciones y, aunque el milenio proponga un cambio de paradigma, todavía muchos viven en la prehistoria. El video Call It Off fue un éxito fenomenal que tuvo casi dos millones de vistas. Pero algunos comentarios fueron tan injuriosos que los productores temieron por la integridad anímica de su joven popstar (“nada que no haya oído antes”, respondió Shamir). Entre insultos y ofensas, la pregunta que más se repite es aquella que plantea el desconcierto del que piensa en términos binarios: “¿Es un chico o una chica?”. Como digno hijo de la época, Shamir les contestó con un tuit.

Publicado en La Nación Revista

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