Hoy se lee #twitteratura

Nuevas maneras de consumo literario: para saber cómo continúa un relato ahora sólo hay que apretar la tecla F5.

Twitteratura

Líneas de tiempo: corresponsal cultural

“Su cartera un sábado: celular. Birome de la facu. Mentita. Su cartera un domingo: celular. Birome de la facu. Recibo por $49.99. Una píldora”. En exactos 140 caracteres, una novelita sobre las costumbres de las jóvenes universitarias o un novelón sobre el embarazo del día después. Ahí donde Twitter aliente la lectura fugaz, una legión de escritores hace literatura en la red social consagrada al brulote, el chimento o el comentario cínico. El tuit de @AlissaGreen (“aventurera, escritora, improvisadora, ex brooklyniana”) sobre la epopeya femenina de un fin de semana confirma un fenómeno de época: mientras las librerías se inundan de novelas cada vez más largas (como El jilguero, de Donna Tartt, cuya extensión de 1143 páginas se comparó en esta columna: el equivalente a 15.000 tuits), Internet alienta un nuevo género de microficción, más narrativo que el haiku y menos moralizante que el aforismo: la #twitteratura. El mes pasado se realizó la tercera edición del #TwitterFictionFestival y durante una semana más de veinte autores ilustres y una multitud de desconocidos publicaron historias originales, fragmentadas con el espíritu del folletín decimonónico: de a un tuit por vez.  Sigue leyendo

Ácido sulfúrico

La película “Vicio propio” delata la proeza casi imposible de adaptar una novela de Thomas Pynchon.

Vicio propio

Cine & literatura

“Localización, Seguimiento, Detección”: como en toda novela negra, el detective trabaja en una oficina miserable con una puerta de cristal y, estampado sobre el vidrio, un rótulo que resume el espíritu de la época en tres letras capitales: “LSD”. Debajo de ellas, el dibujo de un gran ojo inyectado en sangre con los colores psicodélicos del momento, el verde y el magenta, y un mito urbano: se supo de incontables clientes potenciales que se pasaron la tarde contemplando ese laberinto ocular, a veces olvidándose el motivo de la visita. Si en los policiales del año del jopo el detective normalizaba la apariencia con kilos de gomina, acá revolea la melena enrulada y a menudo debe aguantar que se refieran a él como “el hippie”. Los Angeles, 1970: mientras la costa del amor libre no se puede despertar de la pesadilla del clan Manson y la vida se percibe algo distorsionada por efecto del ácido, el detective Doc Sportello labra el acta de defunción del sueño contracultural. En Vicio propio, la más vertiginosa de todas las novelas de Thomas Pynchon y la más psicodélica de todas las películas de Paul Thomas Anderson, la luz del buen karma empieza a apagarse.  Sigue leyendo

Una nueva esperanza

Inspirada por Darth Vader o la perrita Laika, la vuelta del “space disco”: música para llevar en una nave espacial.

Lindstrom, New Yorker

Línea de tiempo: corresponsal cultural

“Yo siento el espacio”: con la ilusión ingenua de un chico que responde sin vacilaciones cuando le preguntan qué quiere ser cuando sea mayor (“astronauta”), el grandulón asegura que tiene una conexión sensorial con el universo y, convencido de la epifanía astral, graba una canción con la que se hace famoso y que grita al mundo su don especial (¡espacial!): I Feel Space. A los 42 años, el noruego Hans-Peter Lindstrøm combina sintetizadores neblinosos y falsetes disonantes como supremo patrón de un género olvidado que regresa con el pulso milenarista de la época: el space disco. “Es música con un beat tipo metrónomo, perfecto para gente sin ningún sentido del ritmo, voces casi monocordes y una sexualidad metálica que combina a la perfección con la atmósfera high-tech (de alta tecnología), high-sex (llena de sexo) y low-passion (desapasionada) de las discotecas glamorosas”, definió el crítico cultural neoyorquino Nelson George. Ahora que la carrera espacial parece haberse convertido en una maratón de tortugas y el escepticismo conspiranoico desconfía de la llegada del hombre a la Luna, Lindstrøm exhuma el género optimista que hace cuarenta años encontraba en las galaxias una nueva esperanza.  Sigue leyendo

Fantasmas de Nueva York

Entrar a un bar en Manhattan en una noche muy fría y encontrarse con una leyenda del jazz.

Sweet Georgia Brown 1

Souvenir: recuerdos de Nueva York

Es la última nevada fuerte de la temporada y, en esa callecita del Greenwich Village, muchos fantasmas se esconden debajo del manto blanco: poetas, revolucionarios, pintores o diletantes de todo pelaje. En el folklore barrial, se dice que el barcito de media cuadra es el único lugar donde perduran las leyendas vivientes. Sin pretensiones de ninguna clase, el sótano refugia a los que soportan las estrecheces con tal de apurar un trago o escuchar jazz del bueno (la módica mitología popular cuenta de cucarachas que exploran las cabelleras de los clientes más hirsutos y de ratones audaces que corretean entre los zapatos, pero eso no pude comprobarlo). Al calor del 55 Bar, los fantasmas helados se convierten en parroquianos y el turista típico exorciza los espectros del consumismo maníaco: acá abajo sólo se ofrece música en vivo y alcohol en hectolitros, sin comida-fusión, remeras de memorabilia ni souvenirs baratitos, una rebelión silenciosa en la ciudad a la que no importa ir sino haber ido. 
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Vicios de un viejo verde

Los Muppets para adultos asumen sus vicios y flaquezas en un nuevo revival.

The Muppets, René

Líneas de tiempo

La rana René tiene la egomanía de un líder mesiánico y Miss Piggy es una ninfómana de apetito sexual infatigable: para el tabloide o el programita de chimentos, el título escandaloso no distingue entre celebridades, sean humanos o títeres. Con más de medio siglo en la industria del espectáculo, y una historia secreta que los emparenta con la estrella en sobredosis o el popstar malogrado, los Muppets serán protagonistas de su propio documental falso (o mockumentary, según se define el género en inglés): como una versión paródica del programa The E! True Hollywood Story, los bichos parlanchines volverán a la televisión pero ya no para educar a los niños con la moraleja edificante. En una serie para adultos que producirá la cadena yanqui ABC, los títeres confesarán a cámara sus vicios, sus romances, sus éxitos y sus fracasos, en una peculiar forma de purgación catódica que confirma un fenómeno de época: la adoración de los mayores por los artefactos culturales de su niñez, una infancia interminable que condena a René a la maldición de ser un viejo verde.  Sigue leyendo

Popstar sin género

Con su renuncia a etiquetarse bajo cualquier sexo, Shamir Bailey define este siglo.

Shamir Bailey 1

Líneas de tiempo

“No tengo género ni sexualidad ni me importa un carajo”: el tuit, esa expresión literaria que oscila entre el ascetismo del haiku y la procacidad del brulote, fue replicado cientos de veces y obtuvo la distinción que una frase notable aspiraba hasta el siglo pasado: se convirtió en título de revistas. Detrás de esa decena de palabras está Shamir Bailey, el último popstar de una generación en la que no importan los géneros, sean musicales o sexuales, y que en Twitter se definió por la negativa como respuesta “a todos los que preguntan”. Con apenas veinte años, este adolescente afroamericano que copia el tono rosáceo del esmalte de uñas de su ídola Lana del Rey, y que en su falsete de contratenor recuerda a Michael Jackson antes de las mutaciones, convierte su androginia en una marca de época. “Ni masculino ni femenino”, insiste: “Sólo Shamir”. Si es cierto que, después de los regímenes esclavistas e industriales de los últimos dos siglos, en éste se impondrá “la gestión del cuerpo, el sexo y la sexualidad” como el área de negocios más lucrativa, según la teoría de la filósofa española Beatriz Preciado (ahora, Paul Preciado), Shamir se anuncia como el popstar adecuado para el tercer milenio. Sigue leyendo