El fracaso de las listas

Los propósitos para 2014 pueden ser una nueva causa de frustración. Consejos para evitarlo.

Apuntes: vidas privadas

Calendario fin de año

// Por Nicolás Artusi

“Este año fue un desastre”: en un respiro del entrenamiento en el gimnasio, mi amigo se queja de un esguince que lo tiene dolorido, se lamenta de un arreglo imprevisto del auto, patalea por un aumento del ABL y, claro, sufre por la ola de calor que atonta y que lo empuja a la repetición todavía más enfática (“¡este año fue un desastre!”) aunque recién sean las cinco de la tarde del 4 de enero. La anécdota, absolutamente verídica, habla de ESTE año, que para él ya está rancio como un yogur en la madrugada de un supermercado chino, apenas cuatro días que habrán sellado la matriz de lo que vendrá: todo para peor. En el comentario acre se esconde la expectativa desmedida frente a un simple cambio de páginas en el calendario y la sospecha, casi una certeza, de que los grandes cambios previstos quedarán atascados en la bandeja de salida como un mail no enviado, sepultados por el spam de la vida: contratiempos módicos y otras prioridades. “En el 2014 empiezo la dieta”; “este mes aprendo chino”; “de enero no pasa que pido un aumento”. Si las resoluciones de Año Nuevo no son más que deseos voluntaristas condenados al fracaso, ¿cómo evitar darse un corchazo contra la realidad? 

“El año se termina en Pascuas”, exagera otro amigo y en esa noción de lo perentorio se explica la ansiedad de la primera quincena de enero. Si el mandato de la época es exigente en cantidad y urgencia (“¡quiero todo y lo quiero ya!”), el secreto para el triunfo está en plantearse los objetivos como una maratón, no una carrera de velocidad: hay que guardar resto para el invierno. Pensar en postas. Racionar la energía para llegar al kilómetro 42 (noviembre, ¡diciembre!) con aire. La retórica de autoayuda, religiosa o laica, con lemas fabulosos como “pare de sufrir” o “usted puede sanar su vida”, convence al atribulado de la posibilidad del cambio milagroso e instantáneo, siempre inspirado por una fuerza superior: un pastor brasileño o la voluntad. Pero nada resulta más frustrante que la exigencia de alumbrar un Nuevo Yo en cada Año Nuevo. Ahí donde los objetivos puedan parecer módicos para el otro, acaso sean demasiado ambiciosos para uno: al abstemio le parecerá una pavada que el tío beodo jure solemne frente al arbolito “no tomo más”.

Si el año se propone como un cuaderno con ochenta páginas en blanco siempre es útil apelar a la asistencia de un papel y una birome… y empezar por la primera. Funciona. Que se anote: “Tomar una copa menos por mes”. Y después por semana. Y por día. En el boletín oficial de la vida cada resolución debería ir acompañada de la respuesta a una pregunta clave: “¿Para qué?”. Para estar más sano o para conseguir un ascenso en el laburo son líneas de llegada al final de la carrera; mientras tanto, ¡que se disfrute del paseo! Las resoluciones de Año Nuevo ya no serán una tortura cuando podamos hacer más específico el sueño que nos desvela y volverlo vívido en la vigilia: verse con unos centímetros menos de panza o saludando en cantonés a la cajera del supermercado.

Publicado en Brando

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