Leo clásicos, luego existo

Me pongo serio y recomiendo leer. Pero no tuits, leer de verdad: Cervantes, Tolstói y Dostoyevski.

Apuntes: vidas privadas

Marilyn, Ullyses

// Por Nicolás Artusi

Agotado de la urgencia en la comanda laboral o de la fugacidad en los vínculos líquidos, el hombre moderno tiene un arma secreta para ganar una batalla decisiva entre la guerra de la calle y la paz del espíritu: leer a Tolstói. O a Dostoyevski. O a Cervantes. Que el ánimo se disponga a sumergirse en novelones de mil páginas y decenas de personajes: en los clásicos de la literatura está la “invención de lo humano”, según la totémica definición del crítico Harold Bloom en su ensayo sobre Shakespeare. Ahora, un estudio publicado en la revista Science demuestra que leer los grandes clásicos aumenta la inteligencia emocional y la habilidad social. En épocas de textos a 140 caracteres, un desafío de resistencia para el lector fugaz: si hace unos años un best seller de autoayuda proponía “más Platón y menos Prozac” como la receta filosófica contra el trastorno de ansiedad generalizada, las novelas sagradas aguantan como un bastión de resistencia contra el imperio de lo efímero: un camino para ir en busca del tiempo perdido leyendo tuits, matando soldados en una consola o actualizando nuestro “estado” ante el interrogatorio diario del Facebook: “¿Qué estás pensando?”. Más Joyce y menos joystick. 

Las conclusiones del estudio son contundentes: las personas que leen literatura seria, en lugar de sagas juveniles, novelas románticas o las “historias destacadas” de una red social, tienen mayores niveles de empatía con los demás, percepción sobre los otros e inteligencia emocional. Ahí donde El jugador nos devele el sinsentido de desafiar el destino a través del azar, o Muerte en Venecia nos advierta de lo inexorable de la decadencia, el lector tendrá una imaginación más fecunda y, sobre todo, una agudeza mayor para el desempeño social: acostumbrado a “tratar” con semejantes personajes, tendrá sus propias interpretaciones sobre la naturaleza humana y será más sensible a los matices de la complejidad de carácter. Lo cual será muy útil en el trabajo o en el amor. Si es cierto que todas las historias posibles ya fueron escritas y que cada nueva aventura es apenas una variación de los clásicos, en una oficina pública el hombre leído podrá reconocer los tormentos burocráticos que someten a un procesado José K. y en cualquier ama de casa insatisfecha, la posibilidad tramposa de una madame Bovary.

Aun en la dispersión que provoca cada “notificación” inútil de las redes sociales, todas con la misma urgencia admonitoria de una citación a la dirección de la escuela (e iguales consecuencias para la vida adulta: nulas), el hombre moderno puede disfrutar a Charles Dickens o Jane Austen con la emoción del reencuentro con un amigo del colegio: que lea de a diez páginas por día. Si quiere, más. Pero nunca menos. En el mismo tiempo que dedica a confirmar si el tema que discutió en el almuerzo es trendic topic, podrá obtener los beneficios intangibles de la literatura y conocer a los personajes más fabulosos que hayan pasado por esta Tierra. Recién entonces alumbrará grandes esperanzas de tener, por fin, sensatez y sentimientos.

Publicado en Brando

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