Vivir a pie

Harto del tráfico y los embotellamientos, un intento por volver a la caminata en las grandes ciudades.

Apuntes: vidas privadas

Walking Men 2

// Por Nicolás Artusi

La vida a 5 kilómetros por hora: chacinados adentro de una lata con ruedas, vemos pasar la existencia ante nuestros ojos mientras el semáforo alterna con la tricromía de un daltónico, rojo-amarillo-verde-amarillo-rojo. Manoteamos el teléfono para leer un tuit, hacemos un zapping frenético por las radios, nos entregamos al hojeo ocioso de una guía Filcar, nos martirizamos con el monólogo interior: “¿Sabías que hay una calle que se llama Achupallas?”. El auto no se mueve, el tiempo se congela y la vista se enturbia por la crispación. Si a fines de los ‘90 el movimiento slow militó por un desafío al culto a la velocidad y mientras la publicidad nos convenció de los perjuicios del tránsito lento (je), las calles del siglo XXI hacen de aquella elección casi ludita una exigencia pragmática: la mismísima revista Forbes, biblia de los millonarios y los aspirantes, recomienda al ejecutivo estresado: “Venda su auto”. Si una queja trillada del conductor en la hora pico es que se circula “a paso de hombre”, que el varón moderno haga su propio elogio de la lentitud y se convierta ya no en ciclista, siempre que pueda: en caminante. 

A medio camino entre el fenómeno “glocal” (“pensar globalmente y actual localmente”, según la precisa definición de Wikipedia) y el “downsizing” como una manera de reducir las exigencias sin dejar de ser productivo, se propone un regreso a la escala humana cuando la ciudad parece haberse salido de control: convertida en un gigantesco acelerador de partículas, todo es rápido, fugaz y urgente. Menos caminar. Aun en épocas de tecnología ultrasónica, una mecánica democrática y con tracción a sangre. Ahí donde la estadística indique que en agosto se vendieron 81.532 cero kilómetro en la Argentina, que en los primeros ocho meses del año se patentaron 669.606 vehículos y que, a este ritmo, se venderán 900.000 para diciembre, una legión de caminantes recupera el más ancestral medio de locomoción en ciudades invadidas por el furor del running o las bicisendas. Lo que pueda parecer un berretín ecologista de un hippie sin apuros, para Forbes es un método eficiente para sobrevivir en las megalópolis, una válvula de escape para el gerente con surmenage: “Elija para vivir barrios donde se pueda caminar fácilmente; asegúrese de tener cerca un mercado bien provisto; si tiene que ir más lejos, use el transporte público”. Toda una diatriba contra el mito fundacional del capitalismo: el auto como símbolo de status y síntoma de potencia. Si es cierto que hay muchas razones para caminar (no es necesario contratar a un personal trainer para dar un paso detrás de otro ni exigirse a completar 42 kilómetros en 4 horas), el peatón es alguien que puede ir más lento o más deprisa pero que nunca supera el límite de velocidad máxima que impone el cuerpo: una vía rápida para cortar con la aceleración.

“Hay algunas cosas buenas que decir acerca de caminar: por ejemplo, requiere más tiempo que cualquier otra forma de locomoción, tal vez excepto reptar”, decía Edward Abbey, el gurú del ambientalismo moderno, él mismo un entusiasta de las posibilidades del hombre de a pie: “Caminar dilata el tiempo y prolonga la vida, que ya de por sí es demasiado corta para desperdiciarla con la velocidad. Caminar hace que el mundo sea más grande y, por eso, más interesante. Al caminar, uno tiene tiempo de observar los detalles”.

Publicado en Brando

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