El cristal con que se mira

Cómo es la perturbadora experiencia de mirar y ser observado a través de Google Glass, los anteojos que cambiarán la manera de relacionarse entre las personas. La distopía de la conexión permanente en una sociedad obsesionada con el control.

Google Glass: qué hay detrás de la pantalla

Vogue, Google Glass

// Por Nicolás Artusi

Un trench de guanaco teñido de turquesa con etiqueta Oscar de la Renta, una polera negra de Gucci, guantes y cinturón de cuero Michael Kors y anteojos de plástico producidos en serie por Google, Inc.: si un mito editorial de nuestros tiempos es el September Issue de la revista Vogue, la edición de septiembre que es récord en cantidad de páginas y avisos al marcar las tendencias de la próxima temporada (“esto sí, aquello no”), este año supo combinar alta costura con alta tecnología: por primera vez en la historia, a tono con el espíritu revulsivo de su editora Anna Wintour y con la promesa de “una visión futurista de la moda”, la revista dedicó doce páginas a combinar los modelos de los más cotizados diseñadores con Google Glass, los anteojos de realidad aumentada que van a cambiar el futuro y la manera de relacionarse entre los hombres. Si el estilo periodístico admitiera la primera persona, aquí confesaría que, en mi último viaje a Nueva York, me sentí intimidado al cruzarme con los adelantados de anteojos que dan un aire extraviado a sus portadores, una inquietante sugerencia de inhumanidad en la mirada: calculé que, al verme a través de esos cristales, estarían googleando mi currículum, evaluando la prosa de mis tuits más faveados, midiendo la conveniencia de solicitarme “amistad” según parámetros cuantificables: las fiestas a las que me invitan, las fotos de mis últimas vacaciones o la cantidad de amigos que tengo. 

Un día caluroso de hace pocos meses, un pibe rubio de bermudas y chomba se me cruzó en la puerta del Chelsea Market y con la gentileza vacua propia de los gringos me dijo “hola” (bueno, en rigor: “hi”). Le respondí el saludo y ése fue todo nuestro contacto. No advertí si era promotor de la última aventura tecnológica, los anteojos conectados a Internet que reemplazan los lentes por las pantallas y que saldrán a la venta a principios del año que viene por 1.500 dólares, pero sí advertí que los usaba (a media cuadra de ahí están los cuarteles neoyorquinos de Google así que no sería raro pensar que sus empleados testean el producto mientras van a almorzar). También advertí que, así como yo no tengo ningún dato sobre él más que algunos poco relevantes, el color de pelo o el pálido recuerdo de la ropa que usaba aquel día, él pudo saber (casi) todo sobre mí: la camarita de los anteojos identifica a las personas en un panóptico portátil que crisparía de gozo a un intendente bonaerense. Aunque Google no promueva las aplicaciones de fichaje biométrico, es posible que sobre el cristal se haya proyectado mi biografía de Facebook, mi selección de videos en YouTube, mi cronología de Twitter. Placer extático para el fisgón.

Ahí donde la semántica informática hable de “ventanas” o “pestañas” será cierto que las computadoras sintetizan una forma moderna de mirada: a través de ellas vemos el mundo. Y si en San Francisco ya acuñaron el término “glassholes”, un neologismo entre “glass” y “asshole” (“idiota”) para los voyeurs electrónicos que se jactan de sus anteojos inteligentes, en la Universidad de Purdue (Indiana), desarrollaron una versión 2.0 que proyecta textos sobre el cristal para que el estudiante deportista pueda leer mientras corre. Décadas después de que Philip K. Dick se preguntara si será cierto que los robots sueñan con ovejas eléctricas, ¿estamos a un paso de ver todo como una suma de unos y ceros? ¿Podrá un paisaje aparecer ante nuestros ojos pixelado?

“Todo el mundo en el subte se da vuelta para ver al tipo de anteojos”, escribió el autor Gary Shteyngart en la revista The New Yorker, en un particular ejercicio de periodismo vivencial: salir a la calle con Google Glass. “Los alumnos de un colegio me siguieron durante una cuadra en la manera en que los chicos de un país pobre te siguen si tenés una lapicera”, comparó con cinismo. Se dice que el aparato es liviano y que confirma las órdenes de su dueño con un amable “OK”: “OK, glass, sacá una foto”. Clic. “OK, glass, grabá un video”. Rec. Se cuenta que la gente se fascina y, a la vez, se siente intimidada por el prodigio técnico, con la desconfianza de un indio que, frente a la instantánea, teme por el robo de su alma. El periodista participó de un concurso en Twitter para convertirse en “explorador” de Google Glass durante una semana, con el hashtag #IfIHadGlass (“si yo tuviera anteojos”). Así como la palabra “teléfono” significó sólo una cosa durante la mayor parte del siglo XX, y ahora significa “cámara de fotos”, “reproductor de música”, “libro electrónico” o “pronosticador meteorológico”, entre otras mil, los anteojos empiezan a recorrer el mismo camino: serán todo eso dentro de unos años. Y más: la posibilidad de “seguir” la vida ajena con el nivel de detalle y la frecuencia narrativa de una telenovela, de ésas que las abuelas miraban con las gafas puestas.

El livianísimo marco de titanio se apoya sobre la nariz y un botón on/off encima de la oreja derecha acciona el sistema. La pantalla se enciende con un tinte rosáceo y un micrófono ubicado debajo del ojo derecho espera el comando del primer “OK”. Todo lo que pueda hacerse en Internet puede hacerse en los anteojos: realizar una videollamada, traducir palabras, mirar fotos, escribir mails. Grabar videos, registrar a las personas, fisgonear a las ex parejas, acosar a un desconocido: aunque una pequeña luz roja se enciende con el rec, para que uno pueda notar que está siendo filmado, los geeks ya encontraron la manera de desactivar la advertencia. Los casinos de Las Vegas fueron los primeros en prohibir el uso de Google Glass, los bancos están paranoicos. En una sociedad obsesionada con el control, se materializa una de sus mayores fantasías: el monitoreo ininterrumpido; pero más lágrimas se han derramado por las plegarias atendidas que por las no atendidas, la tecnología alumbra a una comunidad de autómatas conectados a Internet pero aislados del entorno, la distopía consumada en una tienda de artículos electrónicos.

Al final de su artículo en The New Yorker, el escritor Gary Shteyngart confiesa que después de una semana ya andaba con ganas de dejar los anteojos inteligentes, por el mareo que le provocaban y porque, en definitiva, hacía lo mismo que podía hacer con su teléfono: sacar fotos poco memorables, leer algunos tuits, buscar la traducción de la palabra “hamburguesa” del inglés al coreano. Se sintió raro, casi decepcionado y, entre las últimas cosas que hizo cuando aún tenía los anteojos fue visitar la muestra ProBio en el museo MoMA PS1, que exploraba la noción de “optimismo oscuro” y que, en el catálogo, ofrecía palabras proféticas: “Algunos científicos y pensadores especulan que, con el avance de la ciencia aplicada a la biología, la Humanidad pronto dejará de ser sujeto de la selección natural darwiniana”. Mientras pienso que las próximas generaciones nacerán sin el dedo meñique del pie por inútil, me pregunto: ¿cuándo llegarán los primeros niños con un módem instalado en el cerebro? Si el credo laico de nuestra era fue la evolución de las especies, recién ahora puedo identificar mi sensación al cruzarme con aquel “explorador” de bermudas, chomba y Google Glass: inspeccionado por la lente escrutadora, despojado de conexión, ignorante de toda referencia, me vi apenas como un primate.

Publicado en El Planeta Urbano

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