Plegarias atendidas

Tras años de luchas, la Argentina cuenta con una de las legislaciones más progresistas del mundo para las minorías sexuales. Pero los avances también alumbraron una generación de “inadaptados” a la gaycidad omnipresente que añora la épica heroica y clandestina del pasado.

Treinta años de democracia

Orgullo gay

// Por Nicolás Artusi

“I will survive”.

La húmeda y calurosa noche del 17 de febrero de 1984, una canción de Gloria Gaynor electrizó la pista y, bajo el centelleo epiléptico de las luces estroboscópicas y con el ritmo machacante de una epifanía disco, resumió en un estribillo la pulsión de vida compartida entre los presentes: “Sobreviviré”. La democracia tenía apenas dos meses y una semana de vida cuando abría sus puertas Contramano, el venerable boliche gay de Barrio Norte que todavía hoy, casi treinta años después, aún recibe a varios de aquellos sobrevivientes, acaso los más nostálgicos, para compartir bailes y libaciones. “Al asumir Alfonsín, el adalid de los derechos humanos, creíamos que se iban a terminar las razias, el levantamiento de gente en la calle. Pero el esqueleto policial de la dictadura quedó firme; es decir, quedó la misma cúpula. Abrí un viernes, el domingo vino el subcomisario, el lunes arreglé con él, y el miércoles empezaron las razzias de la División Moralidad”, recordaba su dueño José Luis Delfino, fallecido en el 2008. Se los acusaba de violar el inciso 2º H, que penaba el “escándalo” en lugares públicos. “Me agarraba una indignación muy grande, más allá de que me estaban afectando el negocio, así que decidí acompañar a la gente que se llevaban en cana. Hablaba por teléfono con mi abogado y el tipo iba allá: él me facturaba como un taxímetro. Pero junto con eso empecé a tener una especie de conciencia política que nunca había tenido”. Si las grandes gestas empiezan en los sitios más inesperados, dos meses después, Contramano fue la sede vespertina de una asamblea abierta en repudio a una redada feroz en un bar llamado Balvanera. Un boliche de tarde muestra la realidad descarnada que la noche disimula, los sillones raídos, las paredes manchadas, los mingitorios ajados. Ahí se fundó la Comunidad Homosexual Argentina, la CHA. Donde la democracia no supo (no quiso o no pudo) desterrar a tiempo algunos de los peores vicios de la dictadura, para aquella generación de homosexuales, la apertura de locales “entendidos” dibujó una cartografía de la ciudad y el deseo, limitada a unos pocos barrios (Retiro, el Centro, Barrio Norte) y con una vereda específica para el yire: la de la mano derecha, donde paran los colectivos y los taxis. Tres décadas más tarde, con la conquista de derechos que entonces parecían quiméricos y con una “gaycidad” omnipresente, los últimos homosexuales se lamentan en privado por la “desaparición” de la homosexualidad, según la premonitoria advertencia del poeta Néstor Perlongher, y se preguntan: “¿Qué vendrá después?”

Buenos Aires, 1983. “En la ciudad sitiada por patrullas militares y por una retórica que dividía el país entre fieles y herejes de una doctrina de la argentinidad anclada en la cruz, la espada y la Escuela de Chicago, los gays inventan estaciones posibles para alimentar sus goces clandestinos”, escriben Flavio Rapisardi y Alejandro Modarelli en Fiestas, baños y exilios. Los baños públicos y los andenes ferroviarios, los carnavales entre los meandros del Tigre o las fiestas en casaquintas aliviaban las urgencias eróticas de aquel que “ya conocía la amistad de los vagos, de los rateros, de los enfermos, de los viciosos, de los desertores; ya había sufrido la humillación del grito, de la trompada, del furor y de la impotencia; de los celos que no provocaba y del desamor que no podía cambiar aunque quisiera”. El 10 de diciembre de 1983, la asunción de Raúl Alfonsín como presidente democrático aceleró una relajación en las costumbres clandestinas y, aunque faltaran unos años para la privatización de los servicios de transporte y la extinción definitiva de la estación como “tetera”, los vientos de cambio apuraron la apertura de los primeros boliches y bares. Pero la visibilidad y la aceptación no fueron instantáneas: en 1984, la CHA apenas reunía a un puñado de miembros en su sede de Diagonal Norte 825 y en 1985, una razia policial en Contramano fue histórica por su brutalidad en defensa de una “moral pública” y consagró al militante Carlos Jáuregui como un héroe de las minorías, según el recuerdo de José Luis Delfino: “Fue la actitud de él, de enfrentamiento casi inconsciente, de pararse delante del que estaba haciendo el operativo, que no dio bolilla al principio. Y seguirlo y decirle: ‘Ud. no se lleva a nadie de acá’. Y empezó a cantar el Himno y toda la gente lo siguió. Les importó un carajo, porque la redada la hicieron igual. Se llevaron bastante gente”.

Si entre los militantes de la izquierda setentista la homosexualidad era un problema de seguridad interna (veían al “puto” como un buscón capaz de las peores flaquezas en un loco afán de satisfacer sus instintos) y en la sociedad militar se la sufría como una opción insoportable, por disidente, amoral e individualista, la democracia de los ochenta no supo muy bien cómo tratarla. El 28 de mayo de 1986, la CHA publicaba su primera solicitada en Clarín, con un reclamo concreto: “Con discriminación y represión no hay democracia”, decía el título que resumía el pensar de personas que “trabajamos, estudiamos, sentimos, amamos”. Los militantes de la sexualidad minoritaria se organizaban, celebraban mítines con debates interminables, entregaban folletos en Plaza de Mayo, coordinaban los primeros esfuerzos colectivos en la lucha contra el sida, que la revista La Semana, en su infame edición del 11 de abril de 1985, había bautizado como “la peste rosa”. Soñaban con una Marcha del Orgullo Lésbico Gay (que recién tendría su primera y púdica edición en 1992, con unos pocos manifestantes camuflados detrás de caretas y con corazones de cartulina donde habían recortado las iniciales de sus nombres), y salían. Alargaban los cafés en las confiterías “de ambiente”, frecuentaban los boliches, a veces caían en cana. Tenían los pulgares gastados de “hacer el pianito” según las exigencias de la fuerza policial. Entre aquellos detenidos en democracia había muchos que habían encontrado en la híper codificación un mecanismo de subsistencia: cómo mirar, sobre qué vereda andar o qué color de pañuelo usar podían ser la diferencia entre la fugacidad de un amor ambulante y unas horas en la comisaría. “Era a partir de un ‘olfato’ especial que se tenía o se adquiría en las calles y los andenes del ferrocarril que podía accederse a aquella lengua singular”, escriben Rapisardi y Modarelli. Hoy todo eso no existe. Pero existen muchas de esas personas que, ya maduras y criadas en el secretismo del código, añoran el heroísmo de los primeros años de la democracia. “Hoy, los gays tienen un mundo efectivo al alcance efectivo”, compara el sociólogo Ernesto Meccia en el brillante libro Los últimos homosexuales, sociología de la homosexualidad y la gaycidad: “En cambio, los últimos homosexuales disponen de un mundo efectivo mucho más reducido y un extenso mundo de recuerdos irrecuperables”.

Buenos Aires, 2013. En un diario del 5 de mayo, una efeméride discreta recuerda que se cumplieron tres años desde la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario, “la segunda religión burguesa”, según el profesor italiano Paolo Zanotti. Los noticieros celebran que las elecciones primarias del 11 de agosto fueron las primeras en que votaron jóvenes de 16 años o ciudadanos transgénero que pudieron cambiar de nombre en el documento. Los treinta años de democracia crearon el campo fértil para una legislación que se inscribe entre las más progresistas del mundo (sólo 14 países admiten el matrimonio entre personas del mismo sexo y en más de 50 la homosexualidad todavía es penalizada). Si es cierto que “la gaycidad no es ningún regalo, es un trofeo ganado a fuerza de sangre, sudor y lágrimas”, según escribe Meccia, una generación de pioneros invertidos no encuentra su lugar en el mundo. En su libro, indaga sobre “el significado del fenómeno que podríamos denominar una ‘inadaptación’ a las urgentes transformaciones sociales y políticas de las últimas décadas por parte de un cierto número de individuos homosexuales”, según la socióloga Dora Barrancos, directora del CONICET. Para el antropólogo brasileño Sérgio Carrara, “habría una especie de abismo entre el régimen de la homosexualidad, caracterizado por el sufrimiento, la marginalidad y el silencio; y el régimen de la gaycidad, caracterizado por el orgullo, el reconocimiento y la visibilidad social”. Para una décima parte de la población, ésta es La Grieta, la auténtica: aquella matriz por la que se alumbra una nueva era aunque en algunos provoque el vértigo de un precipicio.

En los más feroces años de la dictadura, “los yirantes masculinos del deseo han utilizado para sus encuentros, más allá de las comunes calles del pecado, los cines X y los baños públicos, convirtiendo la expresión ‘salir del clóset y ganar las calles’ en algo más que en una figura del ‘darse a conocer’”, escribió María Moreno en el prólogo de Fiestas, baños y exilios. Con la llegada de la democracia, los sitios clandestinos empezaron a rozarse con los espacios públicos de socialización. Así, la Reserva Ecológica fue consecuente con su nombre y regaló discreción a los amantes furtivos de la Costanera Sur, las mesas de la confitería El Olmo ofrecieron refugio a los varones con cuitas domésticas y la esquina de Santa Fe y Pueyrredón se convirtió en peatonal para “los públicas” de Contramano, Experiment o Angel’s, las discotecas que, aun en contravención a los edictos policiales todavía vigentes, daban pista a aquellos que perseguían el levante non-sancto. En democracia, el deseo estaba codificado: una numerosa legión de “entendidos” compartía un rosario de códigos y lugares, de contraseñas y direcciones: en 1983, la revista Siete Días se preguntaba en tapa “¿Sabe usted cuál es la fortuna de Isabel Perón?” y, más abajo, advertía con el tono premonitorio de cualquier represión homofóbica: “El riesgo de ser homosexual en la Argentina”. Años antes de la tolerancia, y mucho más lejos todavía de la integración, ser gay era un peligro.

Así, el sociólogo Meccia identifica un fenómeno inverso al coming out que, desde la calle pero también desde la televisión aun en sus espacios más machistas, traza una elipsis de la identidad sexual en estos treinta años: el coming in, o meterse para adentro. Ocultarse. Con las más crueles lógicas del mercado aplicadas a la cosificación del deseo (hoteles temáticos, pases gratis en saunas para menores de 25 años, cirugías plásticas para rejuvenecer las carnes ahumadas y secas que dan los años), aquellos primeros homosexuales “visibles” son parias de un sistema que ni siquiera habrían imaginado: “Para los de su generación, la liberación gay le abrió la puerta a otras formas de opresión y ellos cayeron en la volteada”, escribe Meccia: “Llega entonces el momento del coming in (eterno, de ahora en más)”. Su libro recoge testimonios de gays veteranos y replegados, nostálgicos de las misteriosas posibilidades amatorias que ofrecía el recorrido de la Interisleña en el Tigre, asqueados de la ostentación mediática, excluidos de una sociedad donde todo parece ser gay en su versión más frívola y donde, más que la veteranía, se celebran las carnes duras, los culos parados y los pechos depilados. Reaccionarios, a su modo. Identificado como “Juan Carlos, de 57 años”, un hombre se queja de que “la vida gay te hace sentir más grande de lo que sos, como si ya no pudieras hacer más nada”. Y otro Juan Carlos, de 75, que en los años ’90 escribía para una revista gay, añora las épocas en que se ponía el cuerpo para defender una política del deseo, cuando asumirse públicamente era para valientes, locos o militantes: “La Marcha la veo desde la vereda. No me animo”.

Para Meccia, “si la homosexualidad tenía todos los atributos de una ‘institución’ (normas, usos, costumbres, imaginaciones, anhelos y temores relativamente estabilizados), habría que consignar que el paso del tiempo que la devoró y la transformó en otra cosa, pudo producir en las personas que usaron ese mundo instituido como marco de experimentación, el mismo pasmoso efecto que experimentaría quien, de pie delante de un espejo, descubre que no le devuelve su imagen o que le devuelve su imagen en los confines de lo reconocible”. Cercana a su trigésimo aniversario, la democracia otorgó derechos a quienes no los tenían y a los demás no les quitó nada. Cumplió con la misión de crear una sociedad más inclusiva entre las minorías sexuales siempre postergadas a las orillas de la legalidad. Pero también clausuró un mundo, que parece extinguirse junto con los teléfonos públicos, los cospe para el subte o los pizza-cafés.

Publicado en Le Monde Diplomatique

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