Etiqueta de vestuario

Nada de fotos con el celular ni de charlas en la desnudez. Las duchas del gimnasio también tienen su código de caballeros.

Apuntes: vidas privadas

Havaianas

// Por Nicolás Artusi

Con toda su contundencia zoológica, las criadillas cuelgan fláccidas del otro lado del banco de madera. El caballero venerable que estaba justo al lado nuestro en la clase de spinning se despelota sin pudores en el afán por desprenderse del sudor y las gónadas se rinden a la implacable fuerza de gravedad cuando se sienta para entregarse a la discusión futbolera o la cháchara meteorológica. Si el gimnasio es un templo moderno con rituales paganos, una etiqueta del vestuario nos permitirá conservar la dignidad aun en el ahogo aeróbico o la desnudez propia de un documental del National Geographic. 

Somos apenas unos cuantos kilos de carne. Pero la visión del cuerpo ajeno despertará en el inmaduro una nostalgia campamentera que lo llevará a abusar de la toalla mojada como latigazo o a la recurrencia en la broma sobre jabones que resbalan en las duchas. Un natural espíritu competitivo masculino nos empujará a medirnos con el otro: ahí donde el vestuario haya sido escenario repetido para el imaginario XXX, que el socio dotado no abuse de la fantasía de ser pornostar. Aun sin los rigores castrenses de los boy scouts, en su eterna ambición de la castidad fraternal, es señal de elegancia que las conversaciones sean breves y se mantengan con la discreta protección de una púdica toalla. También es conveniente mantener una distancia prudente de otros caballeros, en virtud de evitar el exceso de confianza: el argentino promedio es muy toquetón y, en el ambiente húmedo donde impera la desnudez y la testosterona bulle como efecto del ejercicio, el estímulo amigable puede provocar la reacción instintiva. En tal caso, actúe naturalmente: no denuncie por acción u omisión, simplemente encuentre otro lugar hacia donde mirar. El vestuario no es una confitería ni una sala de espera (me tocó ver a un reputado profesor de mi gimnasio almorzar un batido de pollo y huevo que guardaba en un tupper adentro de un locker, completamente desnudo y descalzo sobre un charco. Es difícil recuperar el respeto del alumnado después de eso). Busque otro ámbito de socialización: si alberga alguna fantasía de hammam, donde pueda comentar las noticias o quejarse del desempeño deportivo de su equipo mientras se entrega al ocio como Dios lo trajo al mundo, compre un viaje en cuotas a los baños turcos de Estambul.

Una tara de adolescente tardío lleva a algunos hombres a dejar todo tirado, con la íntima ilusión del socorro de una madre abnegada que recoja los calzones sucios y las medias transpiradas. Ya no tiene 13 años, señor: sea ordenado en el espacio público, cuide sus pertenencias y evite el relojeo de los interiores ajenos (aunque el orgullo masculino todavía se mida según el talle de un bóxer, sea small, medium o large). Si el fisgoneo compulsivo de la época decreta el fin de la privacidad así en las redes sociales como en la vida, jamás use su teléfono para sacar fotos o grabar videos: en el vestuario, la discreción es el mayor atributo de los hombres respetables, aunque algunos puedan gozar con el despelote.

Publicado en Brando

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s