¡Arriba las manos!

En Estados Unidos renació una vieja corriente: la que desaconseja la masturbación para no “derrochar” energía. El onanismo resiste.

Apuntes: vidas privadas

Masturbación

// Por Nicolás Artusi

Las estadísticas son contundentes: un hombre heterosexual promedio se masturba 17 veces por mes y un homosexual, cerca de 40. Si fuera cierta la máxima de Woody Allen, aquella que glorifica la masturbación como el sublime acto de hacer el amor con la persona que uno más quiere, una nueva corriente de varones virtuosos se empeña en el celibato de la autosatisfacción como una manera práctica de ser hombres mejores. La insólita polémica copó los medios estadounidenses en las últimas semanas: ¿masturbación sí o no? Con su afición por los neologismos, los yanquis alumbraron la bella palabra “fapstinencia” (viene de la onomatopeya “fap, fap, fap”, el ruido que hace un hombre en la muda intimidad de su onanismo) y mientras el debate llegó a las revistas y los noticieros, una multitud de jóvenes saludables promueve la abstinencia total del manoseo como un método para resetear el sexo, el cerebro, el deseo. Tocata y fuga. 

Son unos vitalistas que prefieren las exigencias del deporte antes que la pereza del divague por YouPorn. Comparan el cuerpo humano con una computadora. Extrañan el higienismo victoriano que distinguía la salud como un mecanismo exacto. Reniegan del porno por su mercantilización del sexo. Pretenden resguardar su preciosa energía vital masculina para una relación auténtica (acaso demasiado productivistas, lamentan que en cada eyaculación se genere tal derroche de espermatozoides, ¡potenciales hijos!). “Más de un siglo después de que Freud haya declarado el autoerotismo como una fase saludable del desarrollo infantil, y que el pintor Egon Schiele haya dibujado a tanta gente tocándose, la masturbación sigue siendo la última frontera de la superación personal”, publicó la revista New York. De todos los vicios que existen, es uno de los menos nocivos y más placenteros (incluso saludable: cualquier médico lo recomienda). Pero los objetores de conciencia de la masturbación ya no se identifican con el combo tradicional que la demonizaba, desde los ascéticos ultracatólicos hasta los entrenadores de fútbol más ortodoxos, sino que esgrimen argumentos seculares: creen que cada eyaculación disminuye la testosterona y los niveles de vitamina. Que te quita la energía vital. Que reduce los niveles de dopamina, la hormona que activa el sistema nervioso central. Que te convierte en un zombie obsesionado con la satisfacción más efímera: la que se tiene a mano.

En un capítulo de la cuarta temporada de Seinfeld, Jerry, Elaine, George y Kramer apostaron a cuánto había llegado lo máximo que pudieron estar sin tocarse. Los récords no fueron memorables. Y si el manual (je) de los boy scouts desaconseja la masturbación como “un hábito que destruye rápidamente la salud y el espíritu”, una ola de onanistas convencidos salió en su defensa como un modo de conocer mejor las zonas erógenas, de explorar con el placer o de dormir sin pastillas. Y protegen el derecho de cada uno a hacer lo que quiera con su propio cuerpo, sin que se meta la paja en el ojo ajeno.

Publicado en Brando

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