El incordio de las comodidades

Mi vida como presidente del consorcio

Hong Kong, edificio

// Por Nicolás Artusi

Desde que se inauguró este bonito edificio con amenities soy miembro fundador de la asamblea de copropietarios, el triunvirato que decide la suerte de las 18 unidades funcionales y sus espacios comunes (ciertas aspiraciones republicanas me animan a presentarme como “el presidente del consorcio“; en fin, cosas mías). Es que soy el único votado para este cargo durante siete períodos consecutivos y si alguno pudiera sospechar de mi ambición de aferrarme al sillón consorcial, debería notar que el cargo es totalmente ad honórem, que insume interminables horas de reuniones para legislar siempre a favor de los vecinos y que nuestra carta magna (que vendría a ser el Reglamento de Copropiedad) no prohíbe la re-re-re-re-re-re-re-elección. La estimula. Nadie como yo conoce los meandros de la membrana asfáltica de la medianera que da hacia la avenida o los dilemas que entraña la administración del salón de usos múltiples (en términos catastrales e inmobiliarios, el SUM). 

Suele decirse que el problema fundacional de la Argentina es la ausencia de una autoconciencia común, que el país es, en cierta medida, la suma descoordinada de individualidades. El edificio sería entonces la maqueta a escala de una sociedad en la que cada uno tira para su lado, aunque “El Otro” viva a un palier de distancia: cada viernes o sábado a la noche, el SUM es entendido como discoteca por los púberes, que instalan parlantes que harían vibrar al mismísimo Monumental y que abandonan los vasos agónicos por los pasillos. Los mayores, por su parte, dejan las parrillas sucias y engrasadas, acaso en la esperanza patronal de que un peón imaginario recoja los restos de un asado dominguero.

Y ahí donde la anomia hace de la propiedad horizontal casi cualquier cosa menos un domicilio de particulares, cada temporada la asamblea decide y actualiza las reglas que, aunque antipáticas para muchos, empapelan las paredes del ascensor. A saber, desde este año, el SUM sólo podrá usarse hasta las 4 de la mañana los fines de semana, la limpieza quedará a cargo del usuario, cada reserva tendrá un costo de 60 pesos, el propietario deberá entregar una nómina de hasta treinta invitados al vigilador que, incluso en rebelión pasiva, se convierte en patovica renegado puesto a rebotar, con irrebatible lógica de boliche: “Usted no está en lista“. El salón, las parrillas, la terraza, las reposeras, las duchas, el deck : todas las comodidades se convierten finalmente en un incordio. Si el vandalismo es el drama del espacio público en las ciudades argentinas, en las zonas compartidas del edificio impera la misma ilógica nacional, incluso entre vecinos que, en la previsible cháchara meteorológica del ascensor, en realidad, piensan: “Lo que no es mío es tierra de nadie”.

Publicado en La Nación

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4 pensamientos en “El incordio de las comodidades

  1. Excelente Nico. Un placer leerte. Muy entretenida descripción de la loca realidad consorcial. Abrazo.

  2. al menos son un consorcio con todas las de la ley.
    en mi edificio son dos viejas dictatoriales.
    en fin…

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