La filantropía pop

Famosos obsesionados por los huérfanos de Malawi o por los niños desabrigados del Ecuador. En época de relativismos morales, la filantropía es un boom para las celebridades. ¿Madonna o Ashton Kutcher pueden salvar el planeta?

Postales de los tiempos modernos

Madonna, Malawi

// Por Nicolás Artusi

Siempre preocupado por las causas justas y urgentes, Bono baja de una avioneta en plena sabana de Uganda, acompañado por su esposa Ali. Llevan dos bolsos de cuero Louis Vuitton. “Cada viaje empieza en Africa”, reza el epígrafe del aviso de la supermarca francesa de lujo. ¿Cinismo o apenas inconsciencia? Un observador astuto podría calcular que, con el precio de dos carteras, comerían cientos de niños ugandeses durante cientos de días. Que lo solidario no embarre lo glamoroso: en épocas de relativismos morales, la nueva filantropía es un boom para los famosos, obsesionados por los huérfanos de Malawi o por los chicos desabrigados del Ecuador. Si es cierto que la ayuda al prójimo desventurado se inscribe entre los más nobles sentimientos, el humanitarismo vacuo y una visión ingenua del mundo nos repiten que, con buena voluntad y un eficiente jefe de prensa, Madonna o Ashton Kutcher pueden salvar el planeta. 

Desde que existe la televisión, cualquier desastre natural tendrá un pico de rating en el teletón donde los famosos atiendan el teléfono en vivo para recibir donaciones. En la era precámbrica del showbiz, Shirley Temple recaudaba fondos para la guerra y Katharine Hepburn viajaba al Africa como embajadora de la UNICEF. Pero en los últimos años, la ayuda “desinteresada” se profesionalizó al punto del cinismo: en las doradas playas de Santa Monica, en California, se fundó Global Philantropy Group, una empresa que gestiona las contribuciones monetarias de las celebridades, con clientes como Angelina Jolie y Brad Pitt, Ben Stiller y Shakira. El objetivo es encontrar nuevas estrategias para aprovechar la fama de sus representados en la recaudación de fondos solidarios. Y que se vea, claro. La industria mediática del gossip se regodea con mansiones, joyas y niños, sugiriendo que, para una estrella de Hollywood, es más fácil adoptar un bebé africano que pasar un test de alcoholemia.

Detrás del Global Philantropy Group está su presidente, el ambicioso Trevor Neilson. Ex asesor de Bill Clinton, se jacta de representar a casi 3.000 celebridades que recaudan dinero para casi 2.000 organizaciones, en campañas tan épicas y variopintas como la lucha contra el hambre en el Africa subsahariano o la defensa de las posibilidades reproductivas de los orangutanes maduros. ¿Hipocresía en clave pop? El mismo Neilson reconoció haber sido contactado por un célebre rapero que, después de pasar una temporada en la cárcel, necesitaba lavar su imagen. Una estrategia similar a la que ensayó la socialité Kim Kardashian en su visita a Haití después del terremoto: nadie creyó que ella tuviera un compromiso más que con sus agentes de prensa. Es que “la ética de la donación anónima está pasada de moda”, según declaró Neilson en la revista The New Yorker: “La filantropía ahora debe ser sexy y divertida”.

La mejor mujer del mundo

Si el viejo refrán repite “haz el bien sin mirar a quién”, la compulsión por el exhibicionismo exige que los quince minutos de fama que nos depara la modernidad se multipliquen al infinito y más allá: lo importante es que nos vean. Siempre. La cámara adorará a cualquier celebridad que abandone los oropeles de su residencia para ensuciarse con el polvo de Haití, Somalia o Darfur. Ahí donde Bill y Melinda Gates se hayan convertido en los mayores filántropos de los Estados Unidos, una nueva generación de actores, cantantes, presentadores de televisión y herederos encontraron en las campañas humanitarias una buena manera de mejorar sus identidades públicas: para ellos, una situación win-win. Todos ganan. Quienes reciben los dólares y quienes reciben los flashes de los fotógrafos en cada lodazal devastado por un tsunami, un tornado o una lluviecita fuerte.

Filantropía

La filantropía pop tuvo su fundación mítica el día en que Angelina Jolie conoció a Trevor Neilson. Ella había ganado un Oscar por su papel como perturbada mental en la película Inocencia interrumpida y, desde entonces, su comportamiento había sido, ejem, errático: se la vio con el nombre de su primer esposo, el actor Jonny Lee Miller, tatuado en sangre; se dijo que abusaba de las drogas y que sufría graves trastornos alimenticios; se insinuó que mantenía una relación incestuosa con su hermano; confesó una dependencia sadomasoquista de su segundo marido, Billy Bob Thornton. Pero en el año 2000, cuando viajó a Camboya para filmar Lara Croft: Tomb Raider, su primer encuentro cercano con la miseria real la animó en la idea: recrear un crisol racial en el playroom de su mansión. Viajó a Sierra Leona y a Sudán. Se convirtió en Embajadora de la Buena Voluntad de la ONU. Se divorció de Billy Bob. Se casó con Brad Pitt. Adoptó niños alrededor del mundo. Vendió las fotos de su familia multiétnica por millones de dólares, que donó desprendida. Alentó el transexualismo de su hija de… seis años. Y consiguió que la revista Esquire escribiera sobre ella: “Por qué no pensar que Angelina es la mejor mujer del mundo, en términos de generosidad, dedicación y coraje”.

Según Neilson, todas las personas tienen sentimientos altruistas. Su trabajo es sacarlos a la luz pública. Para encontrar el destinatario exacto de la bondad de un famoso (los ositos panda en peligro de extinción o los refugiados de una guerra civil en el Magreb), desarrolló el Cuestionario de las 100 preguntas: “¿Qué es lo que más rabia te da cuando mirás el noticiero? ¿Qué cosas despiertan tu empatía? ¿De qué habla tu familia alrededor de la mesa?”. Con la retórica del converso o del fanático religioso, la misión del Global Philantropy Group es derramar unos cuantos billetes de los millones que se derrochan en las mansiones de Hollywood. Y alumbrar una nueva generación de famosos con buenas intenciones.

Cómo ser buenos

Con las ventanitas de Windows abriéndose en casi todas las computadoras del planeta, y mientras donaba millones a las causas más diversas, Bill Gates era acusado por prácticas monopólicas: los mal pensados de entonces sugerían que su archifamosa fundación era una pantalla para encubrir los manejos oscuros del dinero. En esa época, Neilson, el Rey Midas 2.0, trabajaba para Bill: “Todo el tiempo la gente me decía ‘Gates hace eso para parecer bueno’”, declaró a The New Yorker: “Y yo contestaba: ‘Estoy seguro de que la gente también va a pensar que sos bueno si donás millones y millones’”. La filantropía pop hoy pone en discusión la publicidad de los actos privados: en una época marcada por el show on, y con la Vidriera de los personajes como máxima ambición social, el éxito se mide por la esencia y la ostentación: ser bueno y parecerlo.

A diferencia de las donaciones tradicionales, donde los ricos completan un cheque con una fila de varios ceros, la filantropía pop se vale de la fama de algunos… para que otros pongan dinero. Es un sistema piramidal, parecido al de algunas empresas de consumo masivo o estafas célebres, pero que ya no usa los aportes de los nuevos miembros (la base de la pirámide) para generar beneficios sino donaciones. El invento de Neilson consiste en que las celebridades “donen” parte de su fama y de su tiempo para atraer dinero y atención mediática. Fanático de U2, representa a Bono en sus gestas humanitarias y, según explica, el cantante irlandés no suele aportar grandes sumas de su propio bolsillo (aunque bien podría vender un par de carteras, je): usa su reputación para hacer lobby entre empresas y gobiernos a favor de las causas justas.

La época exige un certificado de santidad. Si cualquier escándalo puede disimularse con la ayuda humanitaria como la de quien paga la cuota de un club social, la empatía con el otro es anhelo legítimo porque, como bien describió el autor inglés Nick Hornby en su novela Cómo ser buenos, “a cualquiera le gustaría estar convencido de que es buena persona porque ayuda a los demás”.

Publicado en Guapa

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